¿Tiene el hombre futuro?

Es difícil encontrar un hombre más polifacético y más creativo que Bertrand Russell, quien vino al mundo el 12 de mayo de 1872 y vivió a plenitud cada una de las grandes transformaciones del siglo XX. Filosofo y matemático, busco siempre conciliar ambas disciplinas en una sola para deslindar de las teorías subjetivas. Fue maestro en el Reino Unido, Estados Unidos, la Unión Soviética y China, criticando a sus sistemas políticos.
Sus 60 libros, algunos de ellos casi opúsculos, son el testimonio de su época y de cómo fue evolucionando su pensamiento, hasta llegar a ser una de las mentes más lúcidas, que lo mismo se opuso a la guerra, que la apoyó con ciertas reservas, de tal manera que fuera un instrumento para generar el bien y no para la destrucción. De una forma casi permanente, expresó que la vida era creación, no destrucción.
En Principios de reconstrucción social, publicado en 1916, señala que: “En el mundo en que vivimos existe un activo y dominante deseo de muerte que, hasta ahora, en todas las crisis, ha podido más que la cordura. Si hemos de sobrevivir, este estado de cosas no debe continuar”, palabras que tienen vigencia todavía, pues “La cuestión es muy simple: ¿es posible para una sociedad científica continuar existiendo, o ha de llevarse a sí misma, inevitablemente, a la destrucción? Es una cuestión muy simple, pero vital. No creo que sea posible exagerar las posibilidades de mal que residen en la utilización de la energía atómica”. Energía atómica que siguen pendiendo como espada sobre el mundo.
De origen noble, aunque huérfano desde temprana edad, Bertrand Russell fue hijo de John Russell, vizconde de Amberley y de Katrine Louisa Stanley. Su abuelo paterno fue lord John Russell, primer conde de Russell, quien fue dos veces primer ministro con la reina Victoria. Su abuelo materno fue Edward Stanley, segundo barón Stanley de Alderley. Además, era ahijado de John Stuart Mill, filósofo, político y economista quien ejerció una profunda influencia en su pensamiento político a través de sus escritos.
En 1961 escribió un librito titulado ¿Tiene el hombre un futuro?, en el que plantea ideas avanzadas que hablan de la necesidad de un gobierno universal, que nada tienen que ver con la globalización financiera y el capitalismo salvaje; por el contrario, propone: “Un Gobierno único para el mundo basado, no en el poder y la fuerza, sino en la paz, la colaboración y la solidaridad”. Hace una explicación precisa de cómo a lo largo de la historia, es lo mejor que han aportado los hombres lo que ha permitido su pervivencia: “la humanidad es como un bebé al borde de un precipicio que, sin saber cómo, siempre se salva de caer al vacío”.
Luego, recomienda: “No debemos asustarnos ante nuestro futuro por muy extraño y amenazador que nos parezca. Nuestra especie, quizás con mejoras muy aceptables, puede seguir evolucionando durante muchos miles de años todavía, aunque también podría desaparecer a no muy largo plazo. La inclinación hacia una u otra alternativa depende en parte de nosotros mismos y de las ideas e iniciativas que desarrollemos. La tecnología es una parte sustancial de nuestro mundo y hay que contar con ella para la solución de nuestros problemas”.
En 1955, firmó el Manifiesto Russell-Einstein, redactado con Albert Einstein y otros nueve líderes científicos e intelectuales más, que condujo a las Conferencias Pugwash a partir de 1957, en las que se trata del desarme nuclear y la responsabilidad social del científico en temas como el crecimiento demográfico, el deterioro medioambiental y el desarrollo económico; promovieron tratados de no proliferación de armas nucleares.
En 1958 se convirtió en el primer presidente de la Campaña de Desarme Nuclear. En 1961, ya casi cerca de los noventa años, fue encarcelado por una semana por incitar a la desobediencia civil, durante las protestas en el Ministerio de Defensa de Reino Unido y en Hyde Park, Londres.
Obtuvo innumerables reconocimientos, entre ellos el Premio Nobel de Literatura. Hasta su muerte a los 98 años de edad, en 1970, fue un líder de la juventud, a la que recomendó siempre ser escépticos.
Una de sus últimas reflexiones fue: “He vivido en busca de una visión, tanto personal como social. Personal: cuidar lo que es noble, lo que es bello, lo que es amable; permitir momentos de intuición para entregar sabiduría en los tiempos más mundanos. Social: ver en la imaginación la sociedad que debe ser creada, donde los individuos crecen libremente, y donde el odio y la codicia y la envidia mueren porque no hay nada que los sustente. Estas cosas, y el mundo, con todos sus horrores, me han dado fortaleza.




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