Editoriales

La esencia de lo mexicano

  • Por: FORTINO CISNEROS CALZADA
  • 26 JULIO 2015
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La esencia de lo mexicano

Rulfo, Paz y Fuentes tuvieron una visión precisa de la esencia de lo mexicano, aún cuando alguno de ellos la menciona para negarla; negó la existencia de algo que pudiera llamarse netamente mexicano y con ello se negó a si mismo. Pero, quienes mejor han definido la mexicanidad son un extranjero y un político: Bruno Traven y Gustavo Díaz Ordaz. Uno a  través de sus obras magistrales, de lectura obligada, otro con su acciones.

El 26 de marzo de 1969, mientras las cenizas de Traven eran arrojadas al río Jalaté en la selva Chapaneca, fue leída su propia esquela: “En cuanto sienta que se aproxima mi fin, me refugiaré como una bestia en la maleza más tupida, donde nadie pueda seguirme. Ahí esperaré la sabiduría infinita con gran devoción y reverencia y volveré, en paz y con tranquilidad, a la gran unidad de la que surgí al nacer. Daré las gracias a los dioses si tienen a bien saciar con mi cadáver el hambre de zopilotes famélicos y perros abandonados, para que no quede ni un huesito blanco”. De Alemania, amo a México.

Díaz Ordaz, tan vilipendiado por las hordas neoliberales, dijo, en su Sexto Informe: “En medio del gran cambio que en otras latitudes ha alcanzado extremos de convulsión y aun de agonía, no hemos estado sordos; pero tampoco hemos tolerado que se rompiera la paz en que nos desenvolvemos y que es la única garantía de que el quehacer de los mexicanos cobrará, en la libertad, los frutos que nos son apetecibles; frutos que, sin paz y sin libertad, nada significan, pues sin ellas se abate la fuerza creadora.

Entre los estremecimientos del gran cambio que sacude y subvierte de raíz a muchos conglomerados del orbe, hemos podido seguir creciendo en la libertad y en la paz, conscientes de que nuestra marcha tiene una sola bandera que ha sido consagrada por centuria y media de azarosa y cruenta definición de lo mexicano, y de que bajo su sombra han de ordenarse aun las más amenazadoras turbulencias y adecuarse las soluciones a nuestra peculiaridades, a nuestras más puras esencias”.

¿A qué se refería don Gustavo? Al siglo y medio que vivieron los mexicanos al amparo de su propia naturaleza, como pueblo que emergiera del mestizaje de dos culturas que en su mayor parte no se destruyeron ni se excluyeron sino que se complementaron para dar lugar a la raza de bronce de la que habló Vasconcelos. Un pueblo que se conforma políticamente como república federal, representativa y popular; que se confirma con las Leyes de Reforma, y que se reivindica con la Revolución Mexicana.

Un pueblo que se ama y respeta a sí mismo como ama y respeta a la naturaleza, de la que todo proviene; que trasciende las limitaciones del teocentrismo, que todo lo pone al servicio de la divinidad, y la del antropocentrismo, en que el hombre es el centro del universo, para llegar a la más elevada concepción de lo ecocéntrico, en que lo más importante es el planeta del que depende la vida de hombre y de todas las demás criaturas. Amar, respetar y cuidar al paneta es lo mas importante, según Traven y Díaz.

Este último, en congruencia con lo que pensaba, decía y hacía, destinó, según el informe rendido: “En plena ejecución se encuentra el Programa de Inversiones para 1970, que asciende a $ 30,250 000,000.00, de los que corresponde el 37.2% al sector industrial, 26.4% al de bienestar social, 21.5% a transportes y comunicaciones, 13.2% al fomento de las actividades agropecuaria y pesquera y 1.7% a la administración y defensa”.

Números muy distintos a los que ejerció la actual administración federal durante el pasado periodo fiscal, que fueron de $4,467,225.8 millones de pesos, de los cuales: $319,875.0, que equivalen al 9.2 por ciento, se destinarán a gastos de gobierno; $1,130,751.4, el 9 por ciento, a desarrollo económico; y $2,043,045.6, esto es, el 58.5 porciento a desarrollo social. Como es fácil observar, se gasta más en administración y en programas clientelares que en fomentar el desarrollo económico en el territorio.

No puede, entonces, decirse que quienes vendieron o se apropiaron de las más de mil quinientas empresas del Estado mexicano y han dilapidado irresponsablemente las colosales fortunas que han ingresado por el petróleo, sean mejores que los otros.

Entregar a México y su luminoso legado, no tiene nada de admirable. 

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