Editoriales

De Miguel Ángel a Diego

  • Por: FORTINO CISNEROS CALZADA
  • 14 SEPTIEMBRE 2019
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De Miguel Ángel a Diego

El júbilo patrio tiene un sentido muy superficial si no se asienta en una idea cabal de lo que es la nación mexicana y lo que ha venido a aportar a lo largo de la historia local, regional y mundial. Sin abundar en lo político, económico y social, campos en los que, sin llegar a exagerar, México ha sido faro de luz , habría que decir que la Escuela Mexicana de Pintura, emanada de la Revolución Mexicana, recobró una de la expresiones más grandiosas de la creación artística: el Muralismo.

Del siglo XV, cuando Miguel Ángel Buonaurroti pintó los frescos de la Capilla Sixtina por orden del Papa Julio II, al siglo XX, concretamente al 1922, cuando Diego Rivera pinta su obra La Creación (¿sería coincidencia?), en los muros del antiguo Colegio de San Idelfonso (donde se gestó la idea de una nación libre con motivo de la Guerra de Independencia, bajo la rectoría de Ignacio López Rayón, maestro de Guadalupe Victoria), debieron transcurrir 500 años, y debió ser en este país.

Indiscutiblemente, las figuras más relevantes del muralismo mexicano son Diego Rivera, a quien Pablo Picazo copiaba su estilo de caballete, David Alfaro Siqueiros, un auténtico soldado revolucionario que también participó en la Guerra Civil Española y los atentados en contra de Trotsky, cuando vino a refugiarse a la nación más libre del continente, y José Clemente Orozco. No son los únicos; pero sí los más representativos de este movimiento pictórico altamente innovador.

El paisajismo magistral de José María Velasco al inició de la centuria pasada, el uso de la simbología autóctona de Saturnino Herrán y la adopción de la temática nacionalista de Roberto Montenegro, llevaron, inexorablemente, a la técnica de los colores propios del suelo¬† mexicano y la transformación de un arte puramente decorativo para convertirlo en vehículo de la lucha de clases, de Diego Rivera, pintor que estuvo comprometido siempre con las corrientes progresistas.

Después de vivir y pintar en Francia, su fama fue tanta que en 1933, el magnate Nelson Rockefeller lo contrató para pintar un mural en el vestíbulo de entrada del edificio RCA, en la ciudad de Nueva York. Era el edificio principal de un conjunto de construcciones que habría de conocerse con el nombre de Rockefeller Center. Por haber pintado en la obra El hombre en la encrucijada el rostro de Lenin, el mural fue destruido. Diego lo pintó de nuevo en el palacio de Bellas Artes en la Cdmx.

No hay uniformidad de criterios en cuanto a la maestría de David Alfaro Siqueiros, pues sus aportaciones al muralismo mexicano fueron tantas y variadas que escapa del ámbito nacional para incursionar en horizontes totales. Como el mismísimo Dr. Atl, dejó atrás las leyes de la perspectiva para situar al observador en planos novedosos que permiten la apreciación prácticamente continua de pasajes separados por la temática o los espacios físicos del lugar que alberga la obra.

Lo mismo ocurre con José Clemente Orozco y su propia perspectiva a la que agrega colores nuevos en contraste con los grises y terracotas de otros autores. Quizá su obra más conocida sea la que se encuentra en el Centro Cultural Cabañas, llamada El hombre en llamas, a la que se considera que es una síntesis de todo lo que existe en la Tierra: los elementos naturales y la humanidad, que puede ser gloriosa y miserable a la vez. Muchas interpretaciones señalan que Orozco hizo una crítica a la condición humana con este mural pintado en la cúpula principal. Se le considera una obra cumbre del género en muchos sentidos. Mide 11 metros de largo, situada a 27 de altura.

La obra fue elaborada por el artista utilizando la técnica de pintura al fresco como las pinturas de Miguel Angel. En los tratados de arte, El hombre en llamas, también conocido como Hombre de fuego, representa al mundo prehispánico, sus rituales primitivos y en ocasiones sangrientos ante el sacrificio de otros humanos que conformaban una sociedad que aparentaba vivir bajo lineamientos inflexibles que la alejaban de la compasión y los más humildes sentimientos humanos. Sin embargo, es posible que la obra sea una crítica social que Orozco realiza a las injusticias, el desorden, la corrupción y la traición de una sociedad contemporánea que sigue recayendo en la barbarie. Justino Fernández dijo: "El canto del hombre en llamas, que en verdad es doloroso lamento, nos hace estremecer, porque sugiere que al acabarse el fuego, todo será tinieblas".

Como parte del fervor patrio que anida en los corazones de los que en esta tierra han nacido o se han acogido, resulta pertinente saber que México recuperó y, sin duda alguna, llevó a nuevos estadios un arte que estuvo perdido durante cinco siglos, luego de las obras magnificas del Renacimiento y los grandes maestros del fresco.

En el siglo XV la temática era religiosa, en el siglo XX fue libertaria y justiciera.

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