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La niña de mi sueño

Hace días tuve un hermoso sueño. Soñé que iba de visita a un pequeño poblado rural y me dedicaba a conocer a las personas que ahí vivían. Pasaba varios días en ese apacible lugar conviviendo con esa gente sencilla, pero muy hospitalaria.

Había en esa comunidad un grupo de niños de entre nueve y 11 años. Entre todos ellos destacaba una niña inquieta y vivaracha. Sus ojos brillaban con una gran inteligencia natural. A su corta edad, proyectaba una inmensa alegría de vivir. A esta niña le encantaba observar las estrellas que en ese lugar, apartado de las grandes urbes, brillaban de manera majestuosa por las noches, en silenciosa alabanza hacia aquel que las había creado.

La niña de mi sueño

De noche, mientras los demás niños jugaban a las escondidas o a “la roña”, la pequeña se apartaba a un lugar silencioso y ahí pasaba mucho tiempo viendo al cielo, dibujando a veces las constelaciones, que conocía bien. Cuando regresaba, nos decía emocionada: “¡hoy vi dos estrellas fugaces!” o cuatro, o a veces decenas de ellas cuando había “lluvia de estrellas”.

Yo me había hecho amigo de los niños porque me gustaba contarles cuentos, algunos aprendidos en mi infancia, algunos otros inventados. Y me gustaba ver cómo esta niña no sólo escuchaba mis cuentos. Ella cerraba sus ojos y creo que literalmente se transportaba hasta esos lugares mágicos que los cuentos evocaban. A veces reía, a veces lloraba, según la temática del cuento. De ese tamaño era la intensidad con que ella vivía.

Una noche, tras regresar de su acostumbrada contemplación nocturna, la noté pensativa. Anticipándose a mi pregunta, la niña me dijo: “bueno, sí, me gusta ver las estrellas. ¿Pero luego qué? ¿Qué más tengo que hacer?”. Yo le dije: “nada, sólo disfrútalas y nunca dejes de hacerlo”. Y agregué: “a medida que crezcas, va a llegar el momento en que estos ‘huercos’ (le dije señalando a los niños que corrían cerca de ahí) empezarán a llamar tu atención y entonces es probable que tu gusto por las estrellas encuentre en ellos un sustituto”.

La niña rió divertida y dijo: “¡claro que no, estás loco, no te creo!”. Y yo le dije “claro que sí y no lo estoy, así que quiero que me prometas que nunca vas a dejar de disfrutar el ver las estrellas y mucho menos perder tu alegría y esas inmensas ganas de vivir”. Al ver que no bromeaba, la niña quedó pensativa, pero cuando volteó a verme para responder, la alarma de mi despertador sonó y ya no supe cuál sería su respuesta.

Esa niña de mi sueño tal vez fuiste tú, jovencita que estás leyendo esto. A esa niña de mi sueño, a esa niña que alguna vez fuiste, le insisto y le vuelvo a decir:

espero que nunca olvides el gran valor que tienes y que radica en el hermoso espíritu que llevas dentro, un espíritu capaz de dar un gran amor a los demás. Espero que te valores por esa capacidad de dar amor y no por la manera en que otros reciban ese amor o lo dejen de recibir.

Tal vez algún día descubrirás que no todos los “huercos” saben apreciar o valorar el que una niña como tú deje de ver las estrellas por voltear a verlos a ellos. Cuando en tu camino se cruce uno de esos a los que la cabeza no les alcance para apreciar tu enorme valor, no te aferres ni sufras por él. Tu felicidad no depende de ninguna persona, tu felicidad sólo depende de ti misma. Cuando eso suceda, si es que llegara a suceder, sólo vuelve a ver las estrellas y siente su cobijo. Siente cómo, entre esos millones de ojos que parecen verte, están los de uno que te conoce a la perfección y que sí te valora en toda tu verdadera belleza, la belleza de tu corazón.

Cuando eso suceda, si es que llegara a suceder, siendo tú ya una jovencita, regresa al campo o al lugar en donde a tu niña le encantaba estar, salúdala con amor, dale un abrazo y vuelvan juntas a disfrutar de las estrellas y de todas las hermosas creaciones. Entonces estarás en paz contigo misma y podrás seguir embelleciendo tu mundo de la manera que Dios dispuso que lo hicieras.

Y a esos “huercos” que deambulan por ahí, sólo les digo una cosa: si encuentran a una niña que esté dispuesta a dejar de ver las estrellas por verlos a ustedes, traten al menos de apreciar ese sacrificio y de ser merecedores de él.