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Contrabando de tabaco y géneros en Reynosa, 1817-1818

Segunda parte

Desde que llegaron los primeros pobladores a establecer el primer asentamiento de Reynosa fue de gran importancia las bestias caballares y mulares, tanto para el transporte de las personas como de los productos del comercio.

Desde principio del siglo XVIII, en la región del bajo río Bravo y su litoral costero se sabe que ya contaba con manadas mesteñas. Estos hatos de animales salvajes atraerían tanto a los grupos apaches y comanches durante la primera parte del siglo XIX.

Contrabando de tabaco y géneros en Reynosa, 1817-1818

El noreste de México y el sur de Texas fue un gran productor de mulas.

Esto se vio marcado durante el conflicto de la Independencia de México y las necesidades en la frontera con la Luisiana de los Estados Unidos. Ni que se diga de las mulas de nuestra región que ayudaron al ejército de Zacarías Taylor  en la intervención de los Estados Unidos en México en 1846.

ANTECEDENTES

Un extenso expediente del Fondo Colonial de la Serie de Causas Criminales del Archivo Municipal de Reynosa (AMR) nos da luz, de cómo el tabaco y otros enseres extranjeros fueron utilizados para obtener en una forma furtiva estos animales de nuestra región.

En la nota anterior en este matutino, contábamos sobre el reo Bernardino Zamora, quién estuvo involucrado en el contrabando y en el saqueo de los equinos.

No solo Zamora fue arrestado por contrabando y el robo de animales. En esta historia los compradores que venían del norte, desde Texas y la Luisiana, incitaban a los mayordomos y vaqueros de los ranchos para que les robaran a sus amos e intercambiaran los

caballos y mulas por andullos o manojos de tabaco y otras mercaderías traídas desde el extranjero. Todo tipo de personas y autoridades también se vieron involucradas, desde Laredo a El Refugio (actual Matamoros), en las inmediaciones del litoral costero.

LA DECLARACIÓN DE JOSÉ SILVESTRE LOYA

El día 21 de noviembre de 1817, el alcalde de 1ª elecciones de Reynosa, don Antonio Abarca, había estado ocupado recibiendo los bienes de la testamentaria del finado don Juan Hinojosa, quien fuera el padre de la terrateniente Rosa María Hinojosa de Ballí, y en otros asuntos del juzgado de Reynosa.

Fue entonces que mandó comparecer al reo José Silvestre Loya sobre el destino que le había dado a un tabaco conseguido por contrabando. Éste era un sirviente de 24 años de edad, de profesión vaquero.

Silvestre declaró que no había comprado ningún tabaco, pero que sí sabía se habían vendido 56 andullos de tabaco.

Explicó que había sido su hermano Pablo Loya, quién había recibido el tabaco que tenía un costo de $30.00 pesos, de manos de Bernardino Zamora.

No sabía a quienes, su hermano se los hubiese vendido. Éste había entregado a cambio una partida de bestias mulares y caballares, siendo más grande el número de las primeras.

 Su hermano Pablo les ordenó a él, a su hermano Felipe y a su hijo José María a que fueran a recolectar la partida de bestias y a que las entregaran en el corral del rancho de Carricitos.

Silvestre explicó que en ese entonces andando corriendo reses en el campo con don Nepomuceno Cavazos se toparon con Bernardino Zamora, quién a su vez se encontraba con una de las personas que habían venido con el contrabando de la Bahía (Presidio del Espíritu Santo), de las inmediaciones de lo que es hoy en día Goliad, Texas.

Ahí en el campo platicaron entre ellos y se enteró que Mauricio Fernández había entregado tres machos de su amo, el Padre Ballí, y otros animales a Bernardino Zamora. El Padre Nicolás Ballí era hijo de Rosa María Hinojosa de Ballí. La Isla del Padre en la parte sur del

actual litoral costero de Texas, lleva el nombre de este religioso originario de la antigua Reynosa.

Silvestre supo también que se entregó una manada del finado Ramón Hinojosa. Entre los fierros de las bestias intercambiadas por el tabaco, contabilizó los fierros de don Felipe Abarca, don Vicente Parás, don Nicolás Ealo, don Ramón Hinojosa, del Padre Ballí y otros. No tenía presente ni del número de la partida de bestias ni cuántas eran de cada propietario.

 En el rancho Carricitos donde se hizo el intercambio estaban Plácido de la Garza, José de la Merced, Felipe y Juan Loya, Benito Munguía, Francisco Ballí, Juan Ortiz y Joaquín Grande.

Poco después de la entrega de los animales llegó al lugar Fabián Cavazos.

José Silvestre Loya explicó que cualquiera podía saber de lo que ocurrió en ese lugar. También sabía que, unos caballos que se habían robado en el potrero de Eugenio Fernández, se los había llevado al lugar del intercambio, el desertor Eligio Munguía. Ahí éste le prestó uno de ellos como remuda a Silvestre, pero éste afirmó que nunca robó nada.

Expuso Silvestre que, sin motivo alguno, él se había fugado con solo un caballo del servicio de su amo, el alférez Pedro Falcón.

Fue entonces que, el alcalde 1º de Reynosa pidió al Juez encargado de la Mesa (en las inmediaciones del actual Nuevo Progreso) para que hiciese comparecer en el Juzgado a Pablo, Felipe y José María Loya, los hermanos y sobrino de José Silvestre. También envió oficio al alcalde de El Refugio (hoy Matamoros), para que hiciera comparecer a Mauricio Fernández. El 27 de noviembre de 1817, el alcalde Felipe Antonio Abarca les tomó las declaraciones a Pablo y a su hijo José María Loya y a Mauricio Fernández.

LA DECLARACIÓN DE PABLO LOYA

Pablo Loya concretó que era verdad que había recibido los 56 andullos de tabaco y 30 pesos de Bernardino Zamora, en la junta que hicieron en Carricitos.

Pablo explicó que el dinero que le dieron en reales era por un par de mulas que le había fiado a Bernardino desde hacía un año. El tabaco se lo dio el mismo personaje para que lo vendiera, pero no pudo realizarlo. Bernardino Zamora le dijo a Pablo que, él no venía a ser daño, que solo traía las intenciones de robar mulas de los europeos (sic criollos).

Pablo le respondió que él no se metía en nada. Pero viendo la determinación de Bernardino, Pablo tuvo recelo que se llevaran algunas bestias que estaban a su cargo, por lo que decidió mandar a sus hermanos José Silvestre y Felipe y a su hijo José María Loya para que hicieran la junta y entregaran a los animales.

Pablo dijo que no supo el fin de la operación con las mulas y caballos, ni supo de números ni quiénes eran los propietarios. Sabía que solo se gastaron cinco andullos, incluyendo tres que le dieron. Por ésto le dio a Bernardino un caballo oscuro de dos riendas. También le prestó una yegua mansa de la hacienda de su amo don Felipe (Abarca), que hasta entonces no se la había devuelto. Más tarde, ya estando preso Bernardino Zamora, mandó traer los cuatro últimos andullos.

 Pablo Loya no estaba en su casa cuando el Juez Antonio Domínguez pasó a registrar su casa. Lo mandó llamar para ponerlo preso en el calabozo, dejando solos los bienes que estaban a su cargo. Fue a los ocho días que vino su amo, sin reconvenirle, el Juez lo dejó en libertad, para que fuera a entregar unas mulas del finado don Manuel de la Fuente, que las tenía a su cargo.

LA DECLARACIÓN DE JOSÉ MARÍA LOYA

José María Loya, hijo de Pablo, explicó que él vio el tabaco sobre unos palos en el paraje nombrado como Sombrerito,

a donde lo trajeron Bernardo Zamora y Vicente Olivares, dejando solo ocho, de los cuáles Nazario Munguía tomó cuatro. Los otros cuatro los llevó Gregorio de la Garza a Bernardino, estando éste último preso en la villa de Reynosa.

Su padre, Pablo Loya, lo había mandado con sus tíos Silvestre y Felipe para que observara la entrega de las bestias en el corral de Carricitos. Estando con Bernardino y los contraventores de la Bahía, tenía la orden de su padre de que no se llevara animales de su amo.

Pero reconoció que llevaban siete de ellos y al reconvenirle esto a Bernardino Zamora, no quiso que los separaran.

Por lo que se lo notificó a su padre. El joven José María, de 17 años de edad, no supo si se llevarían más bestias de su amo, pues la partida era grande.

Entre los fierros que reconoció iban animales de don Felipe Abarca, de don Andrés Muguerza, del finado don Manuel de la Fuente, del Padre Ballí y otros varios. También recordaba de un macho de don Antonio Domínguez, otro de don Manuel Ballí, una yegua que entregó Silvestre Loya de Joaquín Grande, un caballo de don Jorge Cavazos que entregó su sirviente Felipe Loya, tres machos que entregó Mauricio Hernández de su amo y un caballo y una yegua que adjudicó Francisco Ballí.

LAS DECLARACIONES DE MAURICIO FERNÁNDEZ

Estando con un pie de caballada en el corral de los Mulatos, Pablo Loya le dijo a Mauricio Fernández que Bernardino Zamora con tres españoles (sic criollos) les solicitaban que robaran mulas de los europeos. Los fuereños traían 56 manojos de tabaco para gratificar a quienes los ayudaran. Mauricio dijo que solo quería tratar unas mulas que traía. Pero después vino Francisco Ballí con la misma solicitud de Pablo, y bajo su persuasión se animó y se comprometió a seguir esta causa, pasando al paraje de Sombrerito donde se habían citado.

Cuando supieron que Bernardino Zamora le habían entregado el tabaco a Pablo Loya ya no quiso participar en la junta de animales. Solo vendió tres machos de su amo por cuatro manojos de tabaco. Bernardino le dio otros dos manojos para que los vendiera, sin decirle cuanto costaban. También vendió un caballo suyo y una yegua de Lino Cavazos por una ollita de acero y una camisa. Francisco Ballí y Mauricio Fernández vendieron cuatro caballos por dos manojos de tabaco.

Todos los involucrados acordaron en hacer la junta de las bestias para los contrabandistas de la Bahía. Primero convinieron que fuera en Sombrerito, pero luego Pablo Loya les dijo que fuera en Santa Rosa. Don Fabián Cavazos les dijo que podían ser vistos por los indios o por don Antonio Domínguez, el alcalde 2º de Reynosa. Por lo que la mejor decisión fue entregarlos en Carricitos. Fernández dijo que oyó que en la junta anduvo ayudándoles también don Nepomuceno Cavazos, pero de eso no estaba seguro, porque del Sombrerito, él y Francisco se fueron a sus negocios.

 Para diciembre de 1817, todo se empezó a saber sobre el contrabando y el robo de las bestias, que ya tenía tiempo efectuándose en la parte baja del río Bravo. Muchas personas respetables a lo largo del río estuvieron involucradas en la compra de las mercaderías traídas de contrabando.

El escándalo pronto llegó a oídos del gobernador del Nuevo Santander.

Varios de los personajes se vieron obligados a pedir el indulto, para no ser castigados por las leyes coloniales.

Pero esos hechos serán contados en una próxima ocasión.

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Lista de las bestias entregadas a los contraventores de la Bahia. AMR.


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