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Psicópatas de cuello blanco

El 1% de la población está catalogada como psicópata: no siente empatía, ni culpa. Ese porcentaje asciende al 4% entre ejecutivos, políticos y personas que ostentan cargos de alta responsabilidad

  • Por: Lola Morón
  • 28 / Octubre / 2018 -
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Psicópatas de cuello blanco

Si pensamos en un psicópata, nos viene a la cabeza la imagen de un asesino en serie. Sin embargo, hay muchos más psicópatas que asesinos en serie. Sujetos maquiavélicos en sentido estricto.

Se atribuye a Maquiavelo la frase "el fin justifica los medios". Además de escritor, el autor de "El Príncipe" era filósofo y diplomático. Estaba situado en la primera línea de las altas esferas, donde se libraban las luchas políticas sin cuartel en las que se decidía quién ocuparía qué trono o quién portaría el Anillo del Pescador. Maquiavelo fue un gran observador de aquellos que movían los hilos del mundo pero rara vez se manchaban las manos de sangre.

Es sencillo hablar de maldad y psicopatía cuando nos referimos a personajes situados en el límite de la sociedad: el asesino de niños indefensos, el alto ejecutivo que se llena los bolsillos a costa de personas que trabajan en condiciones infrahumanas a diez mil kilómetros de distancia o el político que encuentra armas de destrucción masiva donde básicamente hay petróleo.

Esos psicópatas están muy claros, aunque sólo el primero se ensucia las manos. Los otros dos son muchas veces admirados, pertenecen a esferas socioeconómicas de difícil acceso y sólo en ocasiones les persigue el oprobio.

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LOS CONTEXTOS EN LOS QUE TODOS PODEMOS SER MALVADOS

Fuera de ese límite social, nadie es malo en términos absolutos. El 1% de la población está catalogada como psicópata. Se trata de sujetos insensibles, egoístas, despreocupados por el bienestar ajeno, que no sienten empatía, ni culpa. Ese porcentaje parece ascender a un 4% en ejecutivos, políticos o personas que ostentan cargos de alta responsabilidad.

Si todo lo malo que sucede en el mundo cada día se debiera a esos pocos psicópatas que son capaces de cometer las peores tropelías, la vida sería más fácil. El problema es que la gran mayoría de nosotros somos capaces de mostrar esa falta de empatía y esa maldad, tal vez en menor grado o con menos frecuencia que ellos. La realidad es que ni todo lo malo lo hacen los psicópatas, ni todo lo que hacen los psicópatas es malo.

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LA MALDAD ES LA CONSECUENCIA DE UN ACTO

Cuando se habla de maldad no se habla de personas, ni de grupos de individuos, ni de profesiones, ni de posiciones sociales, ni de enfermos mentales, como tampoco no se habla de raza, sexo u orientación sexual.

La maldad es la derivada de una conducta o un pensamiento compartido —y por tanto una conducta—. Un pensamiento íntimo no llega a ser malvado si no se ejecuta. La maldad es una decisión tomada en un momento y en una circunstancia. No podemos saber qué haríamos cada uno de nosotros en una situación teórica. Podemos sospechar qué haríamos partiendo de la situación en la que estamos en el momento en el que nos hacen la pregunta, pero solo será una aproximación. Únicamente la persona que ha hecho lo que ha hecho sabe por qué lo ha hecho y bajo qué circunstancias. No existe el determinismo. Al psicópata le cuesta menos que al resto hacer el mal, pero la personalidad sólo es un factor más en el contexto.

El cerebro del psicópata funciona de manera diferente al de la mayoría de las personas, como de manera diferente funciona el cerebro de un músico. Genética y cerebro ponen las bases para el mal; la sociedad pone el contexto. Ninguno de estos elementos es suficiente y todos son necesarios. Nadie nace condenado a ser músico, como nadie nace condenado a ser malo. Para ser músico hace falta algo más que talento, para ser malo hace falta algo más que ser poco empático: hay que decidir hacer el mal en lugar del bien. Al psicópata lo define el precio que está dispuesto a pagar y a cambio de qué beneficio. Es decir, la maldad es el resultado de un dilema moral. Todos lo resolvemos de manera muy similar. Nos diferencia dónde colocamos los límites.

Son innumerables los contextos en los que todos —y digo todos— podemos ser malvados. Que no nos pongan a prueba. 


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