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“La música pop se ha vuelto demasiado egocéntrica”

Neil Hannon, líder de The Divine Comedy, celebra los 30 años de la banda con un nuevo álbum

Neil Hannon, líder de The Divine Comedy, en un retrato promocional.“La música pop se ha vuelto demasiado egocéntrica”

The Divine Comedy surgieron en plena conquista mundial del britpop, aunque siempre ocuparan un flanco lateral, algo así como un nicho voluntario. Su pop barroco y orquestal, marcado por una sofisticación lírica y melódica infrecuente, tuvo poco que ver con el de los grupos de mayor éxito. “Es más Noël Coward que Noel Gallagher”, escribió una vez The Guardian. Tal vez por eso, cuando el movimiento cayó en desgracia, allá por el cambio de milenio, Hannon logró sobrevivir. “Eso es lo que me gusta pensar ahora, aunque tampoco fue tan fácil. Me acuerdo de las malas críticas del disco Regeneration en 2001. La prensa dijo que pertenecíamos a la década anterior, que ya no éramos cool. Querían vernos muertos”, recuerda. Hannon conoció su primer fracaso con ese álbum, producido por Nigel Godrich, el hacedor de reyes que se disputaban Radiohead o Beck. Decidió entonces despedir a su banda, dejarse de experimentos con guitarras ruidosas y dar un golpe de timón para regresar a aguas conocidas, a aquellas canciones llenas de vientos y cuerdas con las que sobresalió en sus inicios, pensadas para una inmensa minoría de jóvenes melancólicos, de niños viejos como lo fue él.

“Sigo traumatizado por la violencia en la Irlanda del Norte de mi infancia. No puedo ver las películas de Tarantino con la misma alegría que otros”

“No entiendo todo ese ‘autotune’, todas esas letras sobre champán, limusinas y modelos. Echo de menos más canciones sobre las vidas ajenas”Queda algo en su rostro del seductor enclenque de los tiempos de Casanova (1996), del dandi exageradamente atildado que triunfaba en la patria de Serge Gainsbourg, aunque cada vez se parezca menos a Alfie y más a un padre de familia norirlandés que colgó los hábitos años atrás. Hoy ya no parece interpretar un personaje ni tomarse tan en serio como en otros tiempos, como revela la risilla autoparódica que acompaña cada uno de sus puntuales delirios de grandeza. Con todo, sabe que no es una proeza menor haber perdurado en un mundo dominado por el hip hop, el trap y el resto de sonidos urbanos, mientras tantas otras bandas veteranas se perdían por el camino. “Tal vez haya sido precisamente por eso, porque nadie hace lo que nosotros hacemos. Conseguimos una base de seguidores que se mantuvieron fieles porque no podían encontrar canciones como las nuestras en ningún otro lugar”, asegura. Y ahí llega la risilla.

Su mirada sobre el pop contemporáneo no es benevolente. “No entiendo todo ese autotune, todas esas letras sobre champán, limusinas y modelos. Echo de menos más canciones sobre las vidas ajenas. Es algo importante en toda forma de arte: ponerse a uno mismo en la piel de otras personas. Y no veo mucho de eso en el pop actual, que se ha vuelto demasiado egocéntrico”, responde. Es una crítica curiosa, viniendo de un tipo que nunca dudó en escribir sobre sus amoríos. “Sí, pero quise hacerlo desde un punto de visto moral, desde una cierta culpabilidad. Intenté poner mis sentimientos en un contexto, en lugar de limitarme a decir que estaba cachondo. Y, entre usted y yo, lo estaba mucho”. De los compositores actuales, salva de su juicio a algunos de sus coetáneos: “Me gustan Rufus Wainwright y Stuart Murdoch, de Belle and Sebastian. Y Arcade Fire, que siempre me han encantado. El pop más mainstream lo controlo menos. Me parece divertido, pero no lo escucho. Adele, por ejemplo, creo que lo está pasando muy mal. Me gustaría que algún día escribiera una canción feliz sobre un tema que no sea su vida sentimental. Hay muchos otros asuntos en el mundo. No sé por qué un cantante decide encasillarse así”.



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