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El punk es México: El Iti y un puñado de razones para romperlo todo

Un libro revive la memoria del baterista de Colectivo Caótico, músico legendario de los suburbios más ruidosos de la capital. El movimiento se renueva en el país por las causas sociales

México amanece hoy con problemas que ya tenía en las décadas de los ochenta y noventa: desempleo juvenil, violencia estatal, corrupción y hambre. Puñados de jóvenes emergieron entonces de hoyos clandestinos en las márgenes de las ciudades; vestían con cueros negros y remaches metálicos, alfileres en la piel, cadenas al cuello; enormes crestas pintadas les crecían en la cabeza y sus botas militares retaban al asfalto. Los punks pusieron el grito en los cielos de todo el mundo, tronaron sus altavoces, se retorcieron en el escenario y estrellaron su consigna de spray contra los muros de aquellas ciudades impías: ‘No hay futuro, hagámoslo nosotros’. Algunos de aquellos rebeldes defienden hoy las mismas causas, se han convertido en médicos, gestores culturales, artesanos o policías. Otros, muchos, murieron jóvenes, como El Iti, a los 37 años, un personajazo criado en Nezahualcóyotl, en calles de tierra donde la música rebelde estaba prohibida por la censura. Un libro donde habla en primera persona, en entrevistas que le hizo Carles Feixa en 1991, recuerda hoy su vida y la de todo un movimiento que en México se ha transformado, pero sigue muy vivo: El Iti y su banda., como decía él, no ha muerto.

Un joven punk al amanecer en Ciudad Neza en el año 1981.El punk es México: El Iti y un puñado de razones para romperlo todo

Su carisma creció e insistieron en guardar su memoria: un pequeño foro con gradas de cemento lució su imagen de grafiti en Nezahualcóyotl, y en 2014 se desveló una placa que conmemoraba los 10 años del fallecimiento. Para entrar ahí hay que apartar una trinchera de cachivaches, las aceras siguen levantando polvo y criando hierbajos espinosos. Y lo que es peor, el Ayuntamiento decidió hace unos años que el mural con su imagen ya no tenía cuento, agarraron la brocha y lo taparon con un dibujo infantil. La placa cerámica con el nombre de Valle Carreño se cubrió de negro. Pero hace falta más que un bote de pintura para ocultar toda una leyenda local.

El antropólogo catalán Carles Feixa recorre de nuevo aquellas calles de Nezahualcóyotl a las que llegaba en los noventa desde el DF después de varios metros y autobuses destartalados que costaban unos pocos pesos, pero El Iti y sus compañeros de estudio no tenían ni para pagar eso, le ofrecían al chofer un precio más barato sin que extendiera el boleto que dejaba constancia del pago: todos ganaban. Feixa grabó horas de conversación con aquel chaval greñudo, formal y brillante en los estudios, que empezó su historia por la vida de sus abuelos y las guerras cristeras de México, por Zapata y Pancho Villa, siguió con un padre mecánico y una madre ama de casa que dieron cuatro hermanos, una camada que él inauguró. Después llegaría el “ruido”, las tocadas que ellos mismos organizaban a falta de apoyo oficial de ninguna clase, los tianguis de vinilos y chinchetas (estoperoles en México), los alfileres imperdibles (seguritos en México).

Nezahualcóyotl era entonces la típica ciudad dormitorio que crecía en la periferia de la capital mexicana sin más orden que el que decidían los que llegaban a vivir allí. Hoy se mantienen enormes bolsas de miseria y una delincuencia que imprime capítulos de sangre y corrupción casi semanales. El centro cultural donde se presenta el libro de Feixa ha dispuesto el anfiteatro de sillas azules, pero no hay conexión para el sonido y la mesa del estrado ya no existe: “Se la llevaron los de la anterior administración cuando concluyeron su mandato, aquí las cosas son así”, dice Pablo Hernández, Podrido, uno de los colegas de El Iti. En los cuartos de baño, al plomero se le olvidó tapar el inmenso boquete que dejó en el techo cuando arregló las tuberías y no hay papel higiénico. Sin ser punk dan ganas de poner el grito en el cielo.

Esta ciudad, que la sorna rebautizó como Neza York, fue el corazón del movimiento punk mexicano. El campo estaba abonado: clase obrera, represión social, ausencia de ocio para los jóvenes, falta de servicios, drogas y sótanos que escondían la música de la policía. En aquellos antros se abría la noche cada tarde y allí recalaban todos los mierdas de la ciudad. Dice Pablo, Podrido, que los llamaban así porque iban al enorme tiradero que había en las afueras a recoger la ropa que les servía de uniforme de guerra. Escarbando en aquella basura ellos crearon toda una estética que adornaba a los Herejía, Los Gérmenes y el Podrido, Afaxia, Ruido 7, Viuda Negra o el Colectivo Caótico, donde El Iti rompía la noche con sus baquetas. Dos películas dejaron constancia de aquella vida suburbial y contestataria: Nadie es inocente y La neta, no hay futuro.

“A los policías no les gustaban nuestros atuendos, nos detenían a cada momento, pero fuimos muchos y cuando salíamos a las calles la gente se apartaba a nuestro paso, entonces nos sentíamos empoderados, en esos momentos el miedo era de ellos”, resume con brillantez la que fue novia del baterista durante años, Margarita Mares, que hoy viste de negro todavía y tiene un hijo músico que da la clave de hacia adónde ha ido todo aquel movimiento: el pospunk, el trash core, el rock progresivo. Margarita escuchaba entonces La Línea del Frente, en Stereo Joven 101.7, puro punk. Conserva todavía la cinta que grabó cuando sonaron en la radio los Eskorbuto y conoce bien a los Kortatu, Siniestro Total o La Polla Récord, que tocaron en el teatro Blanquita con el grupo de El Iti como teloneros.

“El impacto social y cultural de todo aquello ha sido impresionante tanto en las zonas urbanas como rurales de México”, empieza la profesora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia Maritza Urteaga. “No se les ve, pero aún se siente”. Quizá ya no está tan presente aquella estética asustaviejas de cueros negros y pelos de colores, pero la actitud de los chavos persiste, asegura esta especialista cuya línea de investigación se ha centrado en los jóvenes y las sociedades contemporáneas. “Hay en México todavía, una actitud contra el sistema político hegemónico, donde aún se lucha por las necesidades básicas. Se ve muy bien entre las jóvenes feministas, por ejemplo, cómo se organizan las colectivas y gritan en las calles, en las marchas, los campamentos de solidaridad, el movimiento zapatista, en la escena rockera subterránea. Muchos de estos grupos se han convertido en movimiento culturales que van por los pueblos rurales, por las aldeas indígenas, que les duele la migración y reivindican su idioma prehispánico. Son contestatarios. En Chiapas hay expresiones inequívocas que parten de aquella semilla punk, con letras que hablan del desempleo, la informalidad laboral, la represión”.

Para Urteaga, el caldo de cultivo en el que se desarrolló el punk no ha cambiado en muchas zonas de México, “que va de mal en peor”, y esa es la razón por la que goza de buena salud ese movimiento musical y social en este país, que ahora tiene manifestaciones culturales pioneras en un mundo que gobernaron los anglosajones en los ochenta. “Incluso en algunos reguetones, solo en algunos, se dan esas letras de desafío. Los punks que ya están grandes siguen armando sus conciertos, sus cotorreos con los chavos, en ciudades o pueblos. Montan sus jornadas culturales y musicales y después recogen y se van. Pero allí han dejado esa semilla, esa forma de ser de los punketas. Hay un contagio subterráneo, pero ya no son bandas ratoneras metidas en sus barrios, ahora se relacionan y se organizan de otra forma”, afirma.

Razones para dar una pedrada en el cristal no faltan en México y la misoginia es una de ellas, miles de muertes de mujeres al año. Imposible no atisbar entre las colectivas feministas y el tan denostado bloque negro la estética y la rebeldía punks. ¿Dónde está el Estado?, siguen preguntándose. Y la respuesta no ha cambiado: hagámoslo nosotros. “Eso es el punk”, zanja Urteaga.

En las madrugadas de El Iti, Neza York todavía olía a pescado y a limo que llegaba del lago de Texcoco, que después disecaron para construir el famoso aeropuerto que nunca fue. Se apagaba la noche y el muchacho proseguía sus estudios. “Era un maravilloso estudiante, cuando murió estaba en la universidad estudiando creo que Psicología, por ahí andan esos papeles…”. Su hermana Verónica trata de describir cuál era aquel carácter que forjó el carisma del baterista, engrandecido con una muerte joven: “Era sociable y noble, no le importaba lo monetario… los hermanos le ayudábamos a hacer aquellos recortes para sus collages, jugábamos a luchitas... siempre acabábamos madreados”. Un año antes de que muriera El Iti, que también se hacía llamar Ome Tochtli, tan dios de los niños inteligentes como espíritu del pulque, su hermana Verónica se metió a policía. “Qué horror ver a mi hermanita en la policía, pero si te gusta, estoy orgulloso de ti, me dijo”. Quería escribir un libro con lo que ella le iba contando de sus vivencias en el cuerpo armado. “Pero ya no se pudo, ya no pudimos hacerlo juntos”.

El Podrido llega hoy al foro dedicado a su amigo Francisco Valle, vandalizado por la Administración con pintura negra. Aparece con una camisa azul de cuadros, pero dentro, junto a la piel, está la playera punk. Por el día es Pablo Hernández, por la noche, Podrido. Se queja de las condiciones de su pueblo, de la corrupción de los que gobiernan y de quienes los sustituyen, de los centros culturales que no tienen las condiciones mínimas. Debajo de la playera negra está la playa. “Creo que el punk sigue vivo, y se ha vuelto objeto de coleccionismo, también. El rollo digital ha ayudado mucho, las nuevas generaciones arroparon el movimiento y lo han retomado con más brío”. Podrido trabaja en una casa cultural y vende herramientas para mantenimiento en los tianguis, esos mercadillos que también son espacios de empleo informal y protesta. En el del Chopo, cerca del museo que lleva ese mismo nombre en CDMX, se juntan todavía los sábados todos los Mierdas que quedan en la capital y sus alrededores. Es “un foco de infección”, como lo definió el baterista buscando aunar acepciones. Allí venden vinilos y cueros con estoperoles, toda clase de chácharas; les reúne la añeja nostalgia y la rabia que no cesa en México.



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