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1800: la revolución intelectual de los pensadores alemanes

Alemania inició a principios del siglo XIX una revolución tan importante como la francesa

El joven filósofo alemán Peter Neumann (Neubrandenburg, 1987) se doctoró en Filosofía con una tesis sobre la influencia de Kant en Schelling, en la actualidad imparte clases en la Universidad de Oldenburg. Aparte de tres libros de poemas y la tesis académica, Jena 1800 es su primer ensayo. En Alemania ha tenido mucho éxito. Con un estilo ágil, Neumann se las ingenia para narrar con amenidad la historia —e historias— de personajes claves en el pensamiento, la literatura, el arte y las ciencias germanas justo al inicio del siglo XIX. De la confluencia de sus fogosas personalidades, de la potencia de sus ideas, nació el primer romanticismo, se afianzó el idealismo alemán en la filosofía y brotó un pensamiento de la libertad ya enteramente moderno.

Neumann comienza describiendo el impacto de la Revolución Francesa en Alemania. Primero causó alborozo, después llegó la decepción ante la brutalidad de los revolucionarios; Europa entera se blindó contra lo que venía de Francia. Napoleón se proclamó emperador y se lanzó a la conquista de otras naciones. También Jena, la pequeña ciudad universitaria de Turingia, cayó en 1806 ante su fuerza. El mismo día que Napoleón entró en la ciudad, el joven filósofo Hegel ponía punto final a su obra cumbre: Fenomenología del espíritu. Pero este ensayo no trata de la caída de Jena, sino del espíritu que reinó allí en torno al año 1800, cuando Alemania inició una revolución tan importante como la francesa, una revolución espiritual, intelectual. En Alemania no se decapitó a nadie; al contrario, fueron varias las cabezas que destacaron o florecieron en torno a aquel año magnífico.

Goethe, visto por Andy Warhol.1800: la revolución intelectual de los pensadores alemanes

Los héroes del libro son un grupo de intelectuales —jóvenes y no tanto— que eran filósofos, poetas traductores y filólogos: Fichte y Schelling; Novalis y Tieck; los hermanos Schlegel —Wilhelm y Friedrich—; así como los dos escritores más célebres de aquel tiempo: Goethe y Schiller. Y como es raro que haya grandes hombres sin grandes mujeres que los soporten, junto a ellos destacaron dos féminas excepcionales: Caroline Schlegel (luego Schelling) y Dorothea Veit (luego Schlegel). Ellas eran el alma de la "comunidad de espíritus libres" que se formó en la casa donde residían los hermanos Schlegel en Jena (Lautragasse, 5), cerca del edificio de la universidad. Allí se reunían estos talentos, compartían ideas y consagraban sus días al arte y el pensamiento; también al amor. El joven Schelling, que adoraba a Caroline —casada con Wilhelm, pero sin mucho afecto—, esbozó un sistema de filosofía según el cual la naturaleza es espíritu y eso debe sensibilizarnos al tratar con ella.

La idea le cae en gracia a Goethe, que jamás aguantó la filosofía especulativa, pero cree en la naturaleza como macrocosmos, a la manera de Spinoza. Y fue también Goethe, al que le gustaba provocar, quien influyó para que el filósofo Fich­te impartiera clases en Jena; éste proclamaba la libertad absoluta del Yo desde la cátedra. La libertad es lo máximo, y es deber del ser humano aspirar a conquistarla: no hay límites; todo lo que se emprenda a favor de la libertad humana es lícito, ¡abajo los tiranos del espíritu! ¡Lo mismo que los tiranos de la Tierra! Todos se exaltan con estas novedosas ideas. Al igual que con los dramas recientes de Schiller —la trilogía de Wallenstein—, estrenados con esplendor en la cercana ciudad de Weimar, la "corte de las musas", muy bien relacionada con Jena.

=Friedrich Schlegel está escribiendo la segunda parte de una novela rompedora: Lucinde. La primera entrega causó furor por la libertad que otorgaba al amor, desligándolo de las costumbres burguesas; y ahora se devana los sesos para mantener la misma altura. Su lema reza: "Aunque este mundo no sea el mejor ni el más útil, yo sé que es el más bello"; Dorothea, divorciada de su rico marido, al que no quería, enamorada ahora de Friedrich, tiene que animarlo recordándole que donde reine el amor, el resto se sobrelleva con más facilidad. Ella escribe su primera novela y colabora como todos en la redacción de la revista literaria Athenaeum, que dirigen los dos Schlegel. En cuanto a Caroline, aparte de admirar el desparpajo filosófico de su enamorado Schelling —con quien terminará casándose—, colabora con Wilhelm en las traducciones al alemán que éste hace de Shakespeare. Nadie lo traduce tan bien como él: hoy es un clásico. Su amigo Tieck tradujo el Quijote al alemán, otra maravilla.


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