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Batman, el superhéroe de la masculinidad neurótica

Como demuestra la nueva película de la saga, el personaje enmascarado comparte con James Bond la incapacidad para establecer relaciones de igual a igual con las mujeres

Los actores Robert Pattinson y Zoe Kravitz, protagonistas de ‘The Batman’.Batman, el superhéroe de la masculinidad neurótica

No es casual que los últimos planos de la película de Matt Reeves ofrezcan al superhéroe la posibilidad de escapar a esas dinámicas de masculinidad neurótica, surgidas de la frustración y las fantasías de poder. El hombre murciélago observa por el retrovisor de su moto cómo Catwoman escapa de Gotham City y de su mirada, y se ve obligado a fijar sus ojos, quizá por primera vez, en los desafíos tangibles que han salido a su encuentro a lo largo del metraje. En este sentido, The Batman es una película digna de nuestro tiempo, es decir, tan confusa e irregular como estimulante en sus esfuerzos por someter al superhéroe a una profunda revisión que deja al descubierto su inmadurez, su incapacidad para pensarse a sí mismo y empatizar con su entorno, y sus intentos baldíos por soslayar a golpe de uniformes, máscaras y tecnología su impotencia para desenvolverse en la realidad.

Batman y Bond representan arquetipos inalterables, pero se percibe en ellos una autoconciencia cada vez mayor en cuanto al sentido de sus disfraces, sus máscaras, su fuerza bruta

Cabe recordar que 007 fue objeto hace unos meses de una deconstrucción similar en Sin tiempo para morir (2021). Es probable que el Batman cinematográfico —el de los cómics hace mucho que ha trascendido este debate— y James Bond reiteren en próximas aventuras su esencia como supersoldados al servicio del sistema. Ambos representan un arquetipo con un arraigo sociocultural profundo, inalterable pese a los espejismos de cambio. Pero al menos se percibe una autoconciencia cada vez mayor de uno y otro personaje en cuanto al sentido profundo de sus disfraces, sus máscaras literales o metafóricas y todos los útiles mortíferos que puede pagar el dinero a la hora de hacer el bien. Al fin y al cabo, el homo tecnologicus encarnado por superhéroes y agentes secretos —abocado en nuestros tiempos a su disolución en el paradigma digital— marcó la pauta de lo asignado masculino desde que la era de la razón dio al traste con la legitimidad de la fuerza bruta. Lo masculino hubo de sofisticar a partir de entonces su pretensión de dominar la realidad con el pretexto de honrar una verdad y una justicia que los nuevos órdenes sociales parecían amenazar.

El vigilante enmascarado, que todo lo ve salvo las anomalías de su propia identidad, que todo lo sabe sobre avances técnicos pero nada sobre su potencial para mejorar su comunidad, se adueña de la cultura popular. En especial, cuando esta afronta su conversión en cultura de masas y las copias y emulaciones reafirman ciertos modelos. Percy Blakeney, alias Pimpinela Escarlata, personaje imaginado en 1905 por la dramaturga y novelista Emma Orzcy, oculta bajo la fachada de un disoluto noble británico a un maestro del disfraz y prodigioso espadachín que salva a nobles franceses de la guillotina popularizada por la Revolución Francesa. El talante conservador de la obra teatral de Orczy y sus muchas secuelas literarias es rastreable de hecho en la tercera y última aventura de Batman protagonizada por Christian Bale para Christopher Nolan, El caballero oscuro: La leyenda renace (2012); una película que, a juicio del crítico Jordi Costa, revelaba cuán lejos estaba Christopher Nolan de compartir el espíritu de movimientos sociales como el 15-M u Occupy Wall Street.

Batman y su alter ego Bruce Wayne beben por tanto, como El Zorro (1919) o La Sombra (1930), de la idiosincrasia de la Pimpinela Escarlata, pero también de Sherlock Holmes, el detective por antonomasia. El personaje de Arthur Conan Doyle no necesita antifaz porque sus pesquisas heterodoxas jamás le han puesto a merced de la opinión pública y, además, porque su rostro impasible, aguileño y de ojos clínicos es en sí mismo una máscara: la negación de las emociones en favor de un raciocinio de orden cuasidivino. Aunque bajo el mismo vibren una alienación profunda y una pulsión de muerte transferida a sus presas mediante el ejercicio de una violencia no siempre física sino, como en el caso de Holmes, dialéctica.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el arquetipo cambia para adaptarse a tiempos de cultura pop marcada por la Guerra Fría, la gentrificación corporativa y el desarrollismo económico y turístico. Frente al romanticismo gótico que caracteriza a Batman, un animal rabioso atrapado en el cuerpo de un ser humano, es el momento idóneo para la aparición de James Bond, el sueño húmedo del oficinista medio. Por mucha emoción que queramos aportar a su condición de espía al servicio secreto de Su Majestad —e Ian Fleming, su propio creador, se abstuvo de hacerlo— Bond es un funcionario, un ejecutor sin conciencia. Un tipo gris, que no crea sus trajes de lujo ni las invenciones con las que escapa o liquida a sus enemigos. Bond es el tecnócrata perfecto, un gestor eficaz de las órdenes recibidas que tampoco tiene necesidad de máscara puesto que su rostro y sus ojos son lienzos en blanco… Gracias a Sin tiempo para morir hemos tenido por fin la oportunidad de ver, transcurridos sesenta años desde Agente 007 contra el Dr. No (1962), algo de la esfera privada de Bond, frente a la importancia que tienen en el imaginario de Batman y Holmes las fortalezas de la soledad desde donde preparan sus asaltos al simulacro de la civilización.

Batman y Bond comparten sin embargo algo importante: la incapacidad para establecer relaciones de igual a igual con las mujeres, camuflada en el primer caso por una actitud de severidad patriarcal insufrible y, en el segundo, bajo la actitud displicente de Don Juan. Por fortuna, los personajes femeninos de una y otra franquicia han puesto de manifiesto con mayor o menor sutileza película a película que han descubierto la verdadera faz de uno y otro. No parece casual que el hombre murciélago en The Batman y James Bond en Sin tiempo para morir se vean atrapados en su rincón de jugar, mientras ellas se atreven a explorar otras posibilidades de la ficción.



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