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Panamá y Colombia acuerdan organizar flujo migratorio

En las últimas dos semanas las autoridades colombianas han capturado a 16 personas

Las cancilleres de Panamá y Colombia acordaron organizar de manera controlada y segura el flujo migratorio principalmente de haitianos y cubanos con destino a Norteamérica que cruzan diariamente por la selvática y peligrosa frontera que comparten, y cuyo incremento inusual en los últimos meses amenaza con desbordar poblados fronterizos. En lo que va del año han transitado 49.000 migrantes.

Ambos países anunciaron que la próxima semana determinarán una cantidad de migrantes que podrán cruzar de manera controlada y segura desde el lado colombiano hasta Panamá. La ruta que seguirán y número de personas autorizado será determinado en una cita el próximo lunes entre autoridades de las áreas de seguridad y migración de ambas naciones y que se celebrará en Colombia.

Panamá y Colombia acuerdan organizar flujo migratorio

La canciller panameña Erika Mouynes informó que paralelamente organizarán una fuerza conjunta que tendrá la misión de judicializar a grupos del crimen organizado en un esfuerzo para hacerle frente común a personas que se dedican a la trata de personas y el tráfico de drogas y que se aprovechan de los migrantes. Por su parte, la canciller y vicepresidenta de Colombia, Marta Lucía Ramírez, dijo que buscan que los migrantes corran menos riesgos.

En el pueblo colombiano de Necoclí, a orillas del mar Caribe, permanecen más de 10.000 migrantes —el 95% de nacionalidad haitiana— a la espera de un transporte marítimo que les permita acercarse a la frontera con Panamá, según indicó el jueves el director de Migración Colombia, Juan Francisco Espinosa, quien ha descartado la posibilidad de expulsarlos a su país de origen.

En las últimas dos semanas las autoridades colombianas han capturado a 16 personas por el delito de tráfico de migrantes en el sur del país mientras transportaban más de 270 migrantes en buses de servicio público con destino a la frontera con Panamá.

En el albergue de San Vicente, que fue visitado por las cancilleres poco antes de que comenzaran la reunión, Otamaris Ojeda Pompa, de 50 años, y su pareja Yerald Montejo, de 44 años, descansaban sus pies heridos. Ambos cubanos los tenían agrietados e inflamados y los recuerdos del viaje de nueve días por el Darién hicieron llorar a la mujer.

"Lo que puedo aconsejar a las personas es que no lo hagan... No pasen por ahí; es lo mas terrible del mundo", dijo a The Associated Press. "Uno se topa con muchas cosas en el camino", narró al recordar que vio al menos once cuerpos a lo largo de la ruta.

"Las mismas personas... las tapan con hojas y siguen. Algunos de los restos quedaban solo huesos", contó, y agregó que vio "cuerpos recién descompuestos; mujeres y jóvenes también". Añadió que en el trayecto en bote su esposo se lanzó al río para rescatar a un niño haitiano de unos siete años que cayó al agua y se ahogaba.

Otamaris dijo que ella y su esposo se arriesgaron porque quieren darle una mejor vida a sus hijos. "Si no lo hacemos notros, ellos lo hacen. Mejor que lo hagamos nosotros que somos sus padres".

La pareja tiene un pequeño pedazo de tierra y cultiva arroz y crían animales para el consumo. En Cuba dejaron tres hijos de 17, 22 y 31 años. Salieron el 15 de julio de Cuba hacia Guyana, Uruguay y luego Colombia, desde donde salieron de Necoclí y caminaron luego nueve días para atravesar la jungla. Llegaron en la víspera al campamento de San Vicente.

Organismos humanitarios internacionales han llamado la atención sobre la cantidad creciente de menores de edad que viajan con sus familias. Según cifras oficiales, 16% de los migrantes que han pasado en lo que va del año son menores de edad. De ellos, la mitad corresponde a niños de hasta cinco años de edad.

También preocupa el aumento de migrantes durante la temporada de lluvia, cuando los ríos están crecidos, la selva está más tupida y el terreno fangoso. "Si el cruce de la selva en condiciones de temporada seca era peligroso, lo es más ahora", dijo Santiago Paz, jefe de la misión de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

La haitiana Elizabeth Henry, de 33 años, y su hijo Javier Jean Paul Henry, de tres años, aguardaban en San Vicente para ser trasladados a otro campamento en la localidad de los Planes, fronteriza con Costa Rica. La mujer trabajaba como aseadora en Chile y dice que su salario solo le alcanza para la alimentación de ella y su hijo y para pagara un alquiler. Aseguró que con lo que gana "no puedo ayudar a mi familia en Haití". Su plan es llegar a Estados Unidos y dice que "allá puedo trabajar por más plata". La mujer dijo que llegó a Chile hace cinco años y que su pequeño es de nacionalidad chilena.

De acuerdo con registros migratorios, los migrantes que más pasan por la jungla darienita son haitianos, cubanos, chilenos y brasileños. Paz explica que se trata de una segunda generación que haitianos, es decir, los hijos de migrantes caribeños que han llegado a países de la región desde hace años.

Ricardo Reneros, haitiano de 28 años, también estaba en San Vicente. Dijo que en Chile era maestro ceramista y electricista y que el trabajo era bueno, pero era muy complicado completar los tramites de residencia. A Chile llegó el 15 de noviembre y ahora espera llegar a Estados Unidos, donde viven algunos familiares. Su mujer y su hija viajarán desde Chile hasta México por avión para encontrarse con él. Dijo que es imperante que la personas que hacen la travesía por la jungla darienita sea tratados con psicólogos por los traumas que padecen en el trayecto.

"En ese camino nadie puede ayudar. Se ve la gente haitiana y de otras nacionalidades sufrir con los pies inflamados... Uno puede ayudar con un vaso de agua, con un dulce, compartir un poco de comida".


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