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Una columna de fin de año

Hay varias maneras de escribir una columna de fin de año.

Una pasa por olvidarse del calendario, asumir que diciembre es febrero y escribir sobre los eventos del día, aún si en el día no sucedió nada que pudiera ser considerado un evento. Esto le gana a uno puntos por persistencia, pero a costa de perder lectores: en estas fechas, nadie trae muchas ganas de comentarios agudos sobre la triste actualidad.

Una columna de fin de año

Si no hay nada inmediato, se vale ponerse estructural y discutir algún tema de importancia global e interés nulo para la mayoría de los lectores. La ventaja: uno se muestra como pensador de altos vuelos, capaz de levantar la mirada por encima de la realidad cotidiana. La desventaja: nadie va a leer y a nadie le va a importar lo que uno escriba.

Otra posibilidad es hacer un recuento del año, de lo bueno, lo malo y lo horrible de los doce meses previos. En paralelo, uno puede ponerse la cachucha de Nostradamus y hacer predicciones sobre el año que está por iniciar. Para mi desgracia, ya cubrí ambos expedientes, la columna retrospectiva y la lista de pronósticos.

También cabe la alternativa del espíritu festivo y reflexionar sobre el significado de la temporada. Puede uno arrancarse con observaciones históricas sobre el origen pagano de la Navidad y su relación con el solsticio de invierno. Como opción, se vale el comentario sociológico, aderezado con anécdotas de las navidades de la infancia, para discurrir sobre la comercialización de nuestras tradiciones. Pero tomar cualquiera de esas rutas sin caer en el cliché es asunto complicado.

En un año normal, se podría escribir una columna de viaje. Esta puede adquirir varias formas. La primera es meramente descriptiva: mostrar las maravillas culturales, naturales, arquitectónicas o gastronómicas que el columnista está disfrutando (y no sus lectores). La segunda es reflexiva: hacer algún apunte sobre los asuntos candentes de la localidad visitada, con la inevitable comparación con la patria dejada atrás. Esto permite narrar, por ejemplo, la conversación sostenida con un taxista y su reacción al descubrir que el cliente era mexicano (y comentar sobre la buena o la mala imagen que tiene el país en el exterior). Pero en año de pandemia, con media humanidad confinada y ómicron acechando, esto se antoja como de franco mal gusto.

El fin de año también se presta a las recomendaciones culturales. Uno puede, por ejemplo, reseñar un libro recientemente leído (o que se piensa leer sin falta en el futuro próximo). Aquí se valen los comentarios personales o la simple reproducción de citas, tomadas de manera más o menos aleatoria del libro en cuestión.

En mismo tono, es posible construir una lista de libros, películas o series. Esta puede ser retrospectiva, catalogando lo que el columnista considera lo mejor del año, o idiosincrática, con recomendaciones sin restricción temporal. Esta fórmula tiene sus virtudes: se cubre la cuota de palabras con algo de navegación por Amazon o Netflix. Claro que, por esta vía, uno se abre a las recriminaciones de los lectores por andar sugiriendo algo que resulte un churro infumable.

Ahora, si ninguna de las alternativas previas parece atractiva, se puede escribir (por segunda ocasión) una columna de fin de año sobre las muchas maneras de escribir una columna de fin de año.

Solo es cosa de ponerse metanarrativo.

alejandrohope@outlook.com