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La joven de las estrellas

Hace un año escribí un mensaje llamado "La niña de mis sueños"; hablaba de un sueño que tuve en el que visitaba una pequeña comunidad en donde había muchos niños a los que me gustaba contarles cuentos.

Entre esos niños había una niña vivaracha e inteligente, con una inmensa alegría de vivir, a la que le encantaba ver las estrellas, y a quien le pedía que nunca dejara de disfrutar de hacerlo, que nunca olvidara su esencia y lo que la hacía feliz, advirtiéndole que podría llegar un momento en el que "los huercos" empezarían a llamar su atención, y tal vez se olvidaría de ver las estrellas por voltear a verlos a ellos.

La joven de las estrellas

En un ejercicio de imaginación, me volví a encontrar con esa niña varios años después. Les contaré lo que ocurrió, solo que ahora lo haré como una narración en tercera persona. Aquí va:

El hombre caminaba pensativo por la calle cuando casi se topó de frente con una cara que le resultó vagamente familiar. Cuando aquella joven levantó sus ojos y lo vio, recordó quién era.

"Hola" le dijo "¿Te acuerdas de mí?". Después de observarlo por un momento, ella también se acordó de él. "¡Sí! eres ´el contador de cuentos´, así te decíamos en mi pueblo". Después de un breve saludo, ella le comentó que estaba estudiando en esa ciudad. Platicaron un buen rato. Él la escuchaba y la observaba atentamente. Aunque su plática era amena y en sus ojos seguía brillando la luz de la inteligencia, notó algo diferente en ella. Percibió cierta tristeza, sintió como que le faltaba aquella "chispa" que la caracterizaba cuando niña.

"Bueno" le dijo él "ya me has platicado muchas cosas; ahora cuéntame de ti. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? No sé si me equivoque, pero percibo que sí lo hay, te noto diferente".

Ella sonrió con nostalgia y bajó la mirada, antes de decir: "¿Sabes? Ahora que estamos platicando me acuerdo de lo que me dijiste la última vez que nos vimos. Me dijiste que llegaría un momento en que ´los huercos´ – esa fue la expresión que usaste, lo recuerdo muy bien – empezarían a llamar mi atención. Recuerdo también que me reí y te dije que estabas loco. Pero ocurrió. Y no ha sido algo muy agradable que digamos. En cada ocasión en que entregué mi corazón, he salido lastimada. Algunos ´huercos´ solo querían mi cuerpo, y después de obtener lo que querían, me hicieron a un lado como un trapo usado. Eso sí, antes de obtenerlo, sus promesas de amor parecían eternas, y al final resultaron ser solo palabras huecas. Con otro de ellos, descubrí que andaba con otra chica mientras me decía que yo era su único amor. Todo esto me ha hecho sentir que no valgo mucho, que no soy suficiente mujer para retener a un hombre a mi lado, y eso no me deja ser feliz".

Después de escucharla con atención, el hombre le dijo: "Tengo algo que decirte, pero no lo haré en este momento ni en este lugar. ¿Confías en mí? Dime dónde puedo recogerte hoy a la medianoche para que me acompañes a cierto lugar". Se pusieron de acuerdo y se despidieron. Más tarde, esa misma noche, llegada la hora acordada, él pasó por ella y enfiló con su carro por la carretera. Cuando ya se habían apartado bastante de la ciudad, él detuvo el carro, le pidió que cerrara los ojos y la condujo entre el follaje hasta un pequeño montículo. Ahí le dijo "abre tus ojos".

La joven se sintió sobrecogida por lo que vio. Bajo la bóveda celeste, millones de estrellas brillaban espectaculares integrando una sublime sinfonía visual. La joven se quedó mirando aquel portento de la creación y le pareció ver, ahí entre las estrellas, a la niña que ella había sido, alegre, llena de vida. Y una voz llegó directo a su corazón diciéndole: "Tú eres mi hija amada. Te creé con más amor que el que puse para crear estas estrellas. Y puse dentro de ti todo lo que necesitas para ser feliz. Nunca dudes de tu valor. Todo lo que realmente necesites para cumplir la misión que te asigné, te lo daré en su momento. Solo déjate llevar por mi mano, y algún día, cuando tu misión haya terminado, te esperaré aquí, para jugar entre las estrellas por toda la eternidad".

No hubo necesidad de más palabras. Con lágrimas en sus ojos, la joven volteó a ver al hombre y, con una sonrisa, asintió con su cabeza. Siguiendo las únicas palabras que él le había dicho en ese lugar, ella había abierto sus ojos, en todas las formas posibles de esa expresión, y nunca más los volvería a cerrar.

jesus_tarrega@yahoo.com.mx

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