Editoriales

Sin capitán de barco

  • Por: RAYMUNDO RIVA PALACIO
  • 19 MAYO 2017
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Sin capitán de barco

El asesinato de Javier Valdés Cárdenas esta semana, fue el catalizador de que algo está sucediendo en la guerra contra el narcotráfico. No está claro qué es, pero que enseña que esa lucha no puede seguir analizándose con las categorías hasta ahora utilizadas. El asesinato de Valdés Cárdenas fue producto de una inteligencia criminal diferente. El fundador y director del semanario sinaloense Ríodoce no firmaba los textos más penetrantes sobre el narcotráfico, por lo que la hipótesis sobre el qué había escrito para buscar pistas sobre presuntos asesinos es endeble. Es decir, pese a haber realizado una crónica a lo largo de los años a través de varios libros sobre el narcotráfico, no estaba directamente en la línea de fuego. Sin embargo, el respetado periodista, galardonado internacionalmente, era un símbolo en esta profesión que sobrevive en el ecosistema de la violencia, por lo que se puede argumentar que el crimen fue contra un objetivo de alto impacto pensado para que sacudiera todas las estructuras.

Ese crimen abriría una década de turbulencia narcopolítica. Casi una década después fue asesinado en Guadalajara el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, durante un extraño intento de asesinato de Joaquín “El Chapo” Guzmán, por parte de matones de los hermanos Arellano Félix, del Cártel de Tijuana. Posadas Ocampo fue acribillado en el aeropuerto de esa capital, a donde había ido a recoger al nuncio apostólico, Girolamo Prigione, quien lo iba a acompañar a la inauguración de una mueblería de un amigo del obispo, Eduardo González Quirarte, lugarteniente de Amado Carrillo, el inmortalizado -por las telenovelas- “Señor de los Cielos”, y quien era el encargado del Cártel de Juárez para penetrar y reclutar a generales.

Visto en la línea de tiempo histórica, el crimen Buendía comenzó una década de turbulencia, donde los sobresalientes de esa época incluyeron el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar, que había infiltrado al Cártel de Guadalajara, por lo que sus jefes, Rafael Caro Quintero –a quien la PGR en el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto no actuó para impedirle que recuperara su libertad por un tecnicismo jurídico-, y Ernesto Fonseca, quien logró del Poder Judicial su liberación anticipada por enfermedad, y la irrupción maldita del narcotráfico en el Ejército, con la compra de protección del general de tres estrellas, Jesús Gutiérrez Rebollo, quien era el zar contra las drogas en el gobierno del presidente Ernesto Zedillo. Esa época trajo el magnicidio del candidato del PRI a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio, y del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu. Durante esos años, las instituciones se fueron debilitando y los cárteles de la droga fortaleciéndose y penetrando las estructuras políticas nacionales.

El asesinato fue un año después del perpetrado en Guadalajara en contra del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, durante un extraño intento de asesinato de Joaquín “El Chapo” Guzmán, por parte de matones de los hermanos Arellano Félix, líderes entonces del Cártel de Tijuana. Posadas Ocampo fue acribillado en el aeropuerto de esa capital, a donde había ido a recoger al nuncio apostólico, Girolamo Prigione, quien lo iba a acompañar a la inauguración de una mueblería de un amigo de él, Eduardo González Quirarte, lugarteniente de Amado Carrillo, el inmortalizado por las telenovelas “Señor de los Cielos”, y quien era el encargado del Cártel de Juárez para penetrar y reclutar a generales para el narco.

Visto con la línea de tiempo histórica, el crimen del cardenal Posadas Ocampo comenzó una décadas de turbulencia, donde los puntos sobresalientes de esa época fueron el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar, que había infiltrado al Cártel de Guadalajara, por lo que sus jefes, Rafael Caro Quintero –a quien la PGR en el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto no actuó para impedirle que recuperara su libertad por un tecnicismo jurídico-, y Ernesto Fonseca, quien logró del Poder Judicial su liberación anticipada por enfermedad, y la irrupción maldita del narcotráfico en el Ejército, con la compra de protección del general de tres estrellas, Jesús Gutiérrez Rebollo, quien era el zar contra las drogas en el gobierno del presidente Ernesto Zedillo. Esa época incluyó el magnicidio del candidato del PRI a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio, y del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu. Durante esos años, las instituciones se fueron debilitando y los cárteles de la droga fortaleciéndose y penetrando las estructuras políticas nacionales.

Lo que se sembró en aquellos años llegó a niveles de rebase en el gobierno del presidente Vicente Fox, donde Michoacán y Tamaulipas se habían convertido prácticamente en narco estados, lo que propició la guerra contra las drogas en el gobierno del presidente Felipe Calderón. La llegada de Enrique Peña Nieto a la Presidencia trajo consigo una gran estrategia de lengua que se hizo añicos en el primer año de administración, y un rezago en la lucha contra la delincuencia organizada. 

El asesinato de Valdés Cárdenas se inscribe en el desbordamiento en el que se encuentra el gobierno frente a los criminales, y la notable falta de estrategia para combatirlos, pero no sólo como consecuencia de la incompetencia en materia de seguridad pública, sino como un desafío al Estado Mexicano.

Es ese algo que no se puede definir pero que se ve que existe, donde cambió la dinámica del crimen organizado y, por tanto, deberían de cambiar también las formas de combatirla. El secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, estuvo en Washington este jueves para concretar una nueva estrategia con Estados Unidos en este campo, donde abordarán el fenómeno desde un punto de vista del negocio que representa para atacarlo en todas sus facetas. Es decir, un combate integral que deje atrás el énfasis policial de Calderón. Pero un día antes, en respuesta a las presiones por el asesinato de Valdés Cárdenas, Peña Nieto anuncio un paquete de medidas para proteger a periodistas que sólo comprende un enfoque policial. La transversalidad acordada por Videgaray en Estados Unidos, ignorada por un presidente que, o no entienda nada de lo que le plantean, o no escucha lo que le dice su canciller. En todo caso, qué preocupante. El barco no tiene capitán.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

twitter: @rivapa


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