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Si se te fue el camión

Cuando tenía 14 años, un amigo me invitó unas vacaciones a la ciudad de México. Pasé una semana con su familia en un departamento que tenían allá, tras lo cual, como me tenía que regresar antes que ellos, me embarcaron en un flamante Ómnibus de Oriente que me regresaría a Reynosa. 

Lo de "flamante" lleva cierta dosis de sarcasmo. Aquellos armatostes no tenían nada que ver con las comodidades de los autobuses modernos. Si viajabas en verano (como fue mi caso), rezabas porque te tocara una ventanilla que se pudiera abrir para tratar de mitigar el calor y los aromas humanos provocados por el sobrecupo que le metían (iba hasta gente parada en los pasillos).

Si se te fue el camión

Los asientos, durísimos, aunque con un poco de suerte sí se reclinaban. Ver esos autobuses descompuestos en la carretera era cosa de lo más común. De por sí un viaje corto era casi un tormento chino, imagínense uno de casi 16 horas como el que me tocó en esa ocasión.

Bueno, pues hete ahí que, "aiga sido como aiga sido", soporté estoicamente largas horas de ese sufrido trayecto. Al llegar a San Fernando, el camión se detuvo en la terminal. Mis "pompis" acusaban ya franco deterioro y reclamaban un descanso, así que me bajé para estirar las piernas – y volver a redondear las pompis - y entré a las oficinas a tomar un refresco. No me di cuenta de que, en el ínter, mi camión se cambió de carril y otro autobús se puso donde éste había estado.

Imberbe chamaco de 14 años, no se me ocurrió que debía haber checado el número de autobús, yo solo salí de la oficina y vi que – según yo – mi autobús seguía parado donde había llegado. Tranquilamente, reclinado en un muro, vi que el autobús de al lado iniciaba su marcha, se echaba en reversa, y solo cuando enfiló su camino me pareció ver que en el letrero de destino decía "Reynosa". En ese momento tuve un feo presentimiento; volteé a ver "mi" camión" y vi que decía "Valle Hermoso". Todavía pensando que tal vez le habían alargado el trayecto y que después de Reynosa seguiría a Valle Hermoso, subí a checar "mi" asiento, pero en mi lugar había ahora una señora bastante gordita, con un chivito en los brazos y sin la menor intención de levantarse. Por si me quedaba alguna duda, en lugar de mi maleta había ahora un atado de yerbas malolientes. En ese momento mi subconsciente me susurró suavemente: "Se te fue el camión..." y agregó: "¡ANIMAL!". 

No les niego que me dieron ganas de llorar, pero la situación ameritaba actuar rápidamente, así que no tuve tiempo de hacerlo. Me fui a hablar con el encargado para explicarle mi tragedia, habló a Reynosa para que rescataran mi equipaje y me embarcó en el siguiente camión que pasó. A mi madre ni le platiqué lo ocurrido, solo le dije que el camión se había retrasado. Ya con la "animaleada" que me había dado mi subconsciente era más que suficiente, no necesitaba una más.

La vida a veces nos "receta" experiencias de corte similar. A veces invertimos nuestras horas, nuestros años, viajando en un camión en el que sentimos que ese será el medio para llegar a nuestro destino, para alcanzar nuestro sueño de vivir una vida plena. Incluso en ocasiones el viaje es sufrido, pero aceptamos ese sufrimiento por lo que esperamos recibir finalmente.

Y sucede a veces que el camión nos deja, se nos va, las cosas cambian de un día para otro, perdemos aquello en lo que tanto tiempo y esfuerzo invertimos y nosotros nos sentimos abandonados, frustrados, ciertamente, con ganas de llorar, y pensando que ya no podremos llegar a nuestro destino, a ese anhelo de vivir felices y realizados.

Pero yo te digo, por experiencia propia (simbólica y literal): Si se te fue el camión, no te preocupes, no es el único. Hay otros camiones, otras maneras de encontrar tu realización, que tal vez no serán las que tenías planeadas, pero que igual te llevan a tu destino. No desesperes, no maldigas al chofer que te dejó, no te "animalees" ni te fustigues. Solo mantén la convicción de que hay un destino para ti, que mientras sigas respirando hay una razón para que estés aquí. Así que toma aire, relájate, y disponte a abordar otro camión. Y quién sabe, tal vez la señora gorda con un chivito en los brazos sea una compañera de asiento mejor, o al menos más divertida, que la que tenías antes.

jesus_tarrega@yahoo.com.mx

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