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T. S. Eliot, la emoción contemplada

Poeta, dramaturgo y uno de los mejores pensadores de la literatura inglesa, el autor de ‘La tierra baldía’ es el vigilante nocturno que ataca la estética romántica, defiende a los poetas metafísicos y se atreve a criticar a Shakespeare y Milton

La poesía no importa. Nunca dejaremos de explorar. El futuro es una canción pasada. Dante vivió en una época en la que los hombres aun tenían visiones. No tenemos más que sueños y hemos olvidado las visiones. Damos por sentado que nuestros sueños surgen desde abajo. Vivimos una disociación de la sensibilidad. La retórica es brillante pero la sensibilidad tosca. En el ciclo sin fin de la idea y de la acción, hay una rosa de la memoria y una rosa del olvido. Uno es la música, mientras la música dura. Todo el tiempo es un eterno presente. El placer del poema supone captar algo que no va dirigido a nosotros. Dudo que lo que he escrito tenga un valor perdurable. Nunca me he acostado con una mujer que me gustara. Ya ni siquiera lamento esa falta de experiencia.

Todas las frases anteriores las escribió Thomas Stearns Eliot (1888-1965), poeta, dramaturgo y crítico, uno de los mejores pensadores de la literatura inglesa, quizá sólo detrás de Coleridge. Su poética y opiniones, radicales e insolentes, sobrevuelan las de nuestros grandes críticos: Valente, Gil de Biedma, Cernuda o Paz. Es el vigilante nocturno que ataca la estética romántica, la espiritualidad excéntrica de Yeats, que se atreve a criticar a Shakespeare y Milton, defiende a los poetas metafísicos (Donne y Dryden sobre todo), y todo ello gracias a que, desde joven, ha obtenido entre los crédulos, “en parte por astucia, en parte por desfachatez y también por accidente, una reputación de sapiencia y erudición, de la que he tratado desde entonces de despojarme (una vez que ya no me servía para nada)”.

T. S. Eliot, la emoción contemplada

El pasado de Eliot es bien conocido. Nace en St. Louis (Missouri), en una de esas familias dinásticas, llegada a Nueva Inglaterra en el siglo XVII, que constituyen la aristocracia del país. Hijo de un próspero hombre de negocios y nieto de un ministro unitario que abandona Boston en 1884 para hacerse misionero en la frontera (al otro lado del Mississippi). Emerson lo llamará el santo del far west. Lucha contra el alcoholismo y la prostitución y por dar el voto a las mujeres. Niega, como newton, la Trinidad y, como el platonismo mal entendido, establece la enemistad del cuerpo y el alma. Su figura moral domina la infancia de Eliot. La madre, de gran inteligencia y sensibilidad, escribe, pero no puede ingresar, como era su deseo, en la universidad. Su vocación se realiza en su sexto y último hijo. El padre carece de entusiasmo religioso y se dedica con éxito a los negocios y a pintar gatos con destreza. Tom es un niño inteligente y sensible, le gustan los pájaros y crece, rodeado de mujeres, en la orilla amarilla del gran Mississipi. St. Louis es entonces la capital de ragtime. El ritmo de los negro spiritual forja el oído del poeta. José Emilio Pacheco asocia la cadencia de los Cuatro Cuartetos con las modulaciones rítmicas de Scott Joplin. La sintaxis se trasmuta en música.

En la revista de Harvard publica sus primeros poemas. Su tío le introduce en la sociedad de New England. Una cultura puritana y revolucionaria, elitista y democrática. Tiene fama de estudioso, es callado, distante y algo dandy. Aprende a navegar y los fines de semana sale con su balandro por la costa atlántica. En cierta ocasión, con un amigo, se refugian de una tormenta en una isla. Sobreviven dos días a base de langosta. Toma clases con Santayana. Irving Babbitt le introduce en el estudio del budismo y el idealismo de Bradley, para quien la mente es más influyente que la materia. Descubre a los simbolistas franceses. De Laforgue aprende el tono y la técnica, a no tomar en serio sus propias pasiones y cierto escepticismo irónico. De Baudelaire, las visiones de paseante urbano, a inspirarse en arrabales, cantinas y cabarets. Tras una breve estancia en París, regresa a Harvard para concluir su doctorado. Entre 1911 y 1913 estudia filosofía sánscrita en Harvard con James Woods y Charles Lanman, aprende algo de sánscrito y pali, pero quiere huir de la vida académica. Lo hace yéndose a Oxford con el pretexto de continuar con su tesis sobre Bradley. Mucho después, en una entrevista, confesará que pensó seriamente en convertirse al budismo. Asiste a las clases de Bertrand Russell, que se convertirá en otro de sus padrinos. 

Posteriormente, ya casado en Londres, Russell le prestará dinero y acogerá en su casa a la joven pareja. Lanza la carrera literaria de Eliot, le presenta a Lawrence, Huxley y Virginia Woof. Proponente del amor libre, Russell tendrá un breve y desastroso affaire con Vivienne, la esposa de Eliot, cuya demencia posterior Graham Green atribuye al abandono de Russell. Vivienne tiene algo de andrógino, es delgada y seductora. Se casan a los dos meses de conocerse sin el consentimiento familiar. El padre de Eliot le retira la pensión. Decide no regresar a Harvard. Abandona la filosofía y el proyecto de vida académica. Desde ese momento la lucha para ganarse la vida será incesante. Ezra Pound lo pone en contacto con otros escritores en París. Pretende vivir de clases particulares, artículos y reseñas. El simbolismo francés le permite desprenderse del provincianismo victoriano, ensimismada en sus propios mitos (¿qué ciencia o poética no lo está?). Baudelaire, Lafrogue y Mallarmé le hacen sentir de nuevo poeta, le ofrecen una imaginería y dicción nuevas. Trata de abrirse camino en Londres. En 1917 entra a trabajar en el departamento comercial del banco Lloyds. Consigue el puesto gracias a una combinación de azar, necesidad y desesperación. Aprende la ciencia del dinero. La contabilidad le quita mucho tiempo, pero es menos agotadora que las clases. Estará en el banco nueve años. El autor de The Waste Land es un funcionario de banca que pasa la mayor parte del día en un sótano. Emula así al más radical de los artistas, Bach, compositor de vida ordinaria y buenas costumbres.

Infierno y ortodoxia

Tras concluir La tierra baldía, Eliot sufre un colapso nervioso provocado por su situación profesional y su matrimonio. Vivien, su primera esposa, sufre insomnio y continuas jaquecas y él también padece depresiones y fuertes dolores de cabeza consecuencia de su angustia interior. Tiene miedo de sus emociones y tiende a desconfiar de ellas. Como dice William James, sólo desde ángulos torcidos puede verse lo insólito. Es entonces cuando una mente como la suya, penetrante, escéptica y corrosiva, se agarra a un clavo ardiendo: el clasicismo riguroso, los valores absolutos y objetivos, el orden y la autoridad. Es su modo de escapar de la tormenta interior. Como apunta el propio Eliot, la frialdad se atribuye erróneamente a quienes tienen un deseo ferviente de mantenerse serenos, de guardar la compostura frente a la vida. No extraña entonces que sea clásico en literatura, monárquico en política y anglo-católico en religión. Ezra Puond considera que es un crimen contra la literatura que Eliot pierda ocho horas al día en el sótano de un banco. Pero el trabajo contable le ordena y estabiliza sus nervios.

En su memoria perduran los episodios más convincentes del Inferno. Dante combina personajes reales e irreales (Brunetto y Ulises), como si esa distinción fuera ficticia o, al menos, traspasable. El infierno no es un lugar, sino un estado de la mente. El tormento surge de la naturaleza misma de los propios condenados. No hay torturadores sino autoexpresión. Existen infiernos, pero no está vigilados. Son prisiones que erige uno mismo y de las que puede resultar muy complicado salir. Eliot sabe que la condenación es mejor material poético que la beatitud. En el purgatorio (ese baño María, que decía Leibniz), las almas desean sufrir porque se purifican y esa es su vía hacia la liberación.

La turbulencia interior suele suscitar la necesidad de un orden externo. Eliot se acoge a la monarquía y al mundo medieval no sólo para recuperar la unidad desbrozada por la sociedad de masas y de mercado, sino para conjurar sus demonios internos. Sólo los que se han asomado al abismo acogen con gusto la disciplina externa. Huye del “abismo espantoso” que es la convivencia con su esposa. Ambos son inestables y nerviosos, pero ella pagará el precio más alto. Mientras Vivien se marchita en un hospital psiquiátrico, Tom se convierte en el crítico más importante de Inglaterra. Es el papa de Russell Square (sede de Faber & Faber), como lo será después Octavio Paz en México, recibe el premio Nobel y la Orden de Mérito del rey Jorge.

Peter Ackroyd considera que, en el centro de las creencias de Eliot, está su temor al infierno. La perspectiva del castigo eterno no sólo da sentido y tensión a la vida, sino que define la gloria del hombre: su capacidad para condenarse (una idea, por cierto, romántica). Es como si la aventura del Ser exigiera ese riesgo. Según Ottoline Morrell, Eliot tenía “demonios en la cabeza”, de ahí que rechazara el humanitarismo y el liberalismo, por su incapacidad de dar cuenta de la realidad abrumadores del mal.


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