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¿Se puede derrotar al yihadismo?

El yihadismo constituye todavía una grave amenaza pese a sus derrotas en Mosul y Raqqa. Una nueva generación, cada vez más radical, se hace fuerte en el Sahel africano

  • Por: Javier Martín
  • 12 / Agosto / 2018 -
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¿Se puede derrotar al yihadismo?

Campo de refugiados en el Estado de Borno, Nigeria) territorio de Boko Haram, en septiembre de 2016.

El pasado 17 de octubre, un escueto y optimista comunicado castrense propagó una sensación de ansiado alivio en la opinión pública mundial.

Apenas cuatro meses después de la cruenta victoria en Mosul, Irak, las milicias kurdas enroladas por Estados Unidos como unidades de vanguardia celebraban la expulsión del Estado Islámico de Raqqa, su capital en Siria y con ello el anhelado y supuesto epílogo del turbador califato salafista proclamado tres años antes por Abu Bakr al Baghdadi desde el púlpito de la Gran Mezquita de la citada ciudad iraquí, hoy reducida a escombros.

Una impresión de misión cumplida, de sortilegio colectivo, que contribuyó a desviar el interés mediático y condujo en Occidente a la falaz idea de que aquella maldad que aterrorizaba sus propias calles había sido finalmente conjurada.

Sin embargo, el pasado mayo una nueva ofensiva militar devolvió el foco a la zona e hizo aflorar las sospechas latentes en torno a la pretendida contundencia y eficacia del triunfo aliado sobre el enemigo yihadista.

Lanzada por el Pentágono desde el portaaviones Harry S. Truman —anclado en aguas del Mediterráneo a escasas millas de la principal base rusa en la costa siria—, a ella se sumaron tanto comandos de élite del Ejército francés como agentes de inteligencia de ambos países, además del vecino Irak y las citadas mesnadas kurdas.

EN BUSCA DE NUEVOS CAMPOS DE BATALLA

El objetivo declarado era perseguir a los yihadistas que habían huido de los núcleos urbanos reconquistados, limpiar esas amplias bolsas de resistencia radical que todavía hoy controlan numerosas poblaciones rurales a ambas orillas del río Éufrates y contener el daño que infligían las guerrillas del Estado Islámico —ISIS, en inglés— cada vez más activas y eficaces. La operación pretendía acallar el creciente debate público sobre el destino futuro y el grado de amenaza que le resta a esta organización política y militar que como el propio yihadismo global, ha empezado a mutar y a recomponerse en busca de nuevos campos de batalla.

Investigadores locales y analistas internacionales coinciden en que el fracaso a la hora de capturar al propio Al Baghdadi y a su cúpula política y militar, tanto en Siria como en Irak, así como el pródigo número de combatientes extranjeros que han conseguido retornar en los últimos tres años a sus países de origen —tanto en Europa como en Asia, Oriente Próximo y África—, son indicios suficientes para considerar que tanto el Estado Islámico como el yihadismo en general constituyen aún hoy una grave amenaza estructural, en especial para el devenir del Viejo Continente. E insisten en establecer de forma acertada un paralelismo con el desenlace de la guerra librada a principios de este siglo en Afganistán, donde también se logró expulsar por la fuerza de las armas a los talibanes de Kandahar y otras áreas urbanas menores, pero no desarraigarlos de las montañas, valles y otras zonas rurales de compleja orografía, como ocurre ahora en el este de Siria y el oeste de Irak.

CONTEXTO

La estrategia de Estados Unidos y Europa ha trasladado al Sahel los mismos errores que marcaron la lucha en Afganistán, Siria e Irak

Tres lustros más tarde, el antiguo protectorado soviético es todavía un polvorín y los estudiantes islámicos una de las principales fuerzas desestabilizadoras con capacidad efectiva para atentar, recursos financieros sobrados para recuperarse y evolucionar y una base popular sólida agarrada al nervudo rizoma que el salafismo radical conserva en el sur de Asia Central.

"No hemos solucionado el problema", subraya el periodista tunecino Hedi Yahmed, uno de los mayores expertos en movimientos extremistas en el norte de África. "El yihadismo sigue enraizado de forma profunda en nuestras sociedades", recalca. Autor de dos libros clave para entender las tendencias ideológicas en la región, el escritor reitera que el numen del problema reside más allá del campo de batalla e insiste en que las eventuales soluciones —que pasan por apostar por el desarrollo educativo— ni siquiera se han llegado a plantear.

¿Se puede derrotar al yihadismo?

Una pancarta da la bienvenida al Estado Islámico en Gao, Malí, en 2013.

¿SEGUIRÁ EXISTIENDO EL ISIS?

"Somos testigos de una transformación que va a seguir desarrollándose a lo largo de los próximos años. La pregunta es ¿seguirá existiendo el ISIS? Y en verdad podemos decir que se le ha combatido, que se han liberado Mosul, Raqqa y otras ciudades ocupadas y que está casi destruido.

"Pero no se trata únicamente una organización armada. Más bien representa una ideología, una forma de pensar y de vivir y contra esto no se ha hecho lo suficiente", explica Yahmed en el estrecho salón de su casa, un minúsculo y discreto apartamento de la capital al que por motivos de seguridad hubo de mudarse tras publicar su última obra "Yo estuve en Raqqa", editada en árabe y que narra el periplo vital de un joven combatiente tunecino que decidió desertar del Estado Islámico.

"Debemos hacer una reforma social profunda si lo que queremos es extirpar el Daesh. No sólo combatirlo militarmente, sino también culturalmente", remarca el autor, convencido de que la esquizofrenia en la que viven las sociedades árabe-musulmanas, incapaces de conciliar tradición y modernidad, es el alimento vital que nutre el yihadismo.

Esta reflexión es compartida por numerosos expertos. Pero es necesario añadir otros dos aspectos que avanzan al margen del debate primordial y que sin embargo son esenciales para ajustar el enfoque, aclarar en qué momento y situación se halla el Estado Islámico y tratar de vaticinar el futuro.

Al igual que en combates anteriores, fuerzas locales y extranjeras ejercen un control férreo en las principales ciudades, pero apenas tienen presencia en el campo, analfabeto y proclive por tanto a la propaganda radical. Especialmente en el norte de Burkina Faso y el sur de Argelia, donde las fuerzas armadas afrontan serias dificultades para blindar las fronteras.

El Ejército de Níger, por ejemplo, está ausente de las áreas al norte de la ciudad de Dao, último gran núcleo urbano antes de la frontera con Libia. Ahí, en una amplia franja de arenas rojas, confluyen todas las rutas tradicionales de contrabando de personas, combustible, alimentos y armas que enhebran el Sahel y el norte de África desde tiempos inmemoriales. Las mismas que utiliza también el yihadismo 5.0.

Un recorrido rápido por los foros radicales en la web profunda demuestra asimismo que Europa y Estados Unidos están perdiendo de nuevo la guerra de la propaganda. El paradigma ha cambiado. Por encima de los llamamientos a la acción, tan copiosos en los últimos tres años, abundan ahora los versos coránicos que instan a la paciencia, a la resistencia y a la construcción de "una nueva comunidad de Alá que alumbrará el mundo desde las tierras de África".


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