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Rebelión contra las élites

El filósofo Michael J. Sandel afirma que en los últimos años se ha derrumbado el mito de que la meritocracia conduce a la igualdad social

La ira contra las élites ha llevado a la democracia al borde del abismo. Esta es la conclusión a la que llega Michael J. Sandel en su muy esperado libro La tiranía del mérito. Filósofo del derecho y profesor en Harvard, Sandel goza de reputación internacional como uno de los más agudos analistas de la sociología política. En esta su última obra explica las razones del ascenso del populismo, la quiebra de la política liberal y la amenaza autoritaria, cuestiones que vienen siendo debatidas en los ambientes intelectuales desde hace décadas. Su originalidad reside en que, entre los culpables de la penosa situación por la que atraviesa el mundo, señala directamente a la cultura de la meritocracia que se practica en las sociedades desarrolladas.

En su opinión, fenómenos como la victoria del Brexit en el Reino Unido o la elección de Trump para la presidencia americana se deben no solo a las evidentes y lacerantes desigualdades económicas que se han profundizado en nuestras sociedades. Los agravios son también morales y culturales, y afectan a la estima social de las gentes, que los populistas prometen restaurar. Las élites dominantes, encarnación del poder político, económico y cultural, están ahora alarmadas por las tendencias autoritarias que el populismo promueve, pero no se reconocen a sí mismas como causantes del resentimiento social que ha desembocado en la actual confrontación.

Rebelión contra las élites

Las turbulencias que padecemos hoy son, sin embargo, "una respuesta política a un fracaso igualmente político de proporciones históricas". Los partidos tradicionales resultan los principales responsables de ello. De su servidumbre a la concepción tecnocrática del mercado se deriva la suposición de que para resolver los importantes y complejos asuntos de la gobernanza se requieren competencias que el común de los ciudadanos no tiene. Sin ir más lejos, entre nosotros son frecuentes las quejas de los líderes porque gobernar es muy difícil, como decía Rajoy, o más modernamente por las complicaciones que comporta la existencia de un Gobierno de coalición. Como consecuencia de todo ello, se vacía el contenido del discurso público y se empobrece el debate. Esta actitud es imputable tanto a las formaciones de derecha como de izquierda. Estas últimas son las responsables de abrazar una filosofía y una praxis que han terminado por alejar a la socialdemocracia europea y al Partido Demócrata americano de las clases medias y el electorado obrero.

Según el autor, las desigualdades económicas son mayores hoy en EE UU que en China entre las jóvenes generaciones

En el caso de Estados Unidos resalta el final del "sueño americano", derrumbado a ojos vista en los últimos acontecimientos vividos en Washington. La meritocracia proclama que, si tienes talento y trabajas duro, en América puedes conseguir lo que te propongas. Semejante promesa no se ve corroborada por la realidad. Incluso la movilidad social que la misma doctrina promueve (al ascender los mejores sin importar el sexo, raza o religión) no es ya más que un mito. Sandel asegura que entre las jóvenes generaciones las desigualdades económicas son mayores hoy en Estados Unidos que en China y menor, en cambio, dicha movilidad. Olvida no obstante advertirnos de que la cultura del mérito se ha instalado también en el corazón del Partido Comunista Chino, aunque el individualismo que inevitablemente genera se vea limitado por las prácticas confucianas y sancionado por la burocracia de la dictadura.

En un mundo como este, compuesto de ganadores y perdedores, la frustración de los que no logran el éxito es simétrica a la soberbia de quienes triunfan. Tienden a suponer que su victoria es fruto únicamente de su esfuerzo, ignorando el contexto social que les favorece y los aportes colectivos a su empeño. La insistencia tecnocrática en el crecimiento económico y el hecho de que el dinero se haya convertido en la medida de la mayoría de las cosas han apartado a los líderes políticos de la búsqueda del bien común. El autor dedica buen número de páginas a fustigar el sistema universitario de su país, al que considera responsable del mantenimiento de un arrogante elitismo de clase, huérfano de convicciones morales. Su juicio es extremadamente duro al respecto. Gobernar bien requiere sabiduría práctica y virtudes cívicas. "Ninguna de esas capacidades", señala, "es fomentada particularmente bien en la mayoría de las universidades actuales, ni siquiera en las que gozan de máxima reputación".


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