Domingo Cultural

Pensar en cuento

Brillante indagación en los sueños y dobleces de las relaciones sociales y familiares, ´Un corazón demasiado grande´ revela a Eider Rodríguez como una maestra del relato

  • Por: Carlos Pardo
  • 06 / Octubre / 2019 -
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Pensar en cuento

En algún momento que ha pasado inadvertido para buena parte de los lectores, Eider Rodríguez ha dejado de ser una excelente autora de relatos asociada al impreciso adjetivo "política" y se ha convertido en una verdadera maestra, a secas. Autora de cuatro libros de relatos —Y poco después ahora (2004), Carne (2007), Un montón de gatos (2010) y Un corazón demasiado grande (2017); cito las fechas de las ediciones en euskera—, parece que la editorial, tanto por la promoción como por la tarjeta que acompaña Un corazón demasiado grande, es muy consciente de esa importancia y se ha tomado en serio su obligación de hacérnoslo saber.

UN CERCO A LA ´CLASE MEDIA´

En esta tarjeta la autora presenta sus relatos como un cerco a la "clase media", sus sueños y dobleces. Pero, sin dejar de ser verdadera, esta demarcación empequeñece el alcance de la propia literatura de Eider Rodríguez. No es el propio concepto de clase media lo que aquí se pone en juego, sino algo más universal que tiene como principal diana la idea de normalidad; y como daños colaterales, todas las cualidades que suelen acompañar a una idea fuerte de "sujeto".

En primer lugar, la permeabilidad del espacio en el que las personas se convierten en jueces de sus propias acciones (donde nace lo que la filosofía llama "ética"); en segundo lugar, la dependencia de este espacio con la mirada ajena, la construcción a través del otro, visto a veces como una figura de poder (una madre que tiende a la frialdad, por ejemplo) o como un inesperado compañero (ese vecino cuyo gato decidiremos cruzar con nuestra gata). En la frontera con el otro, temido y magnificado, se tejen las normas sobre el comportamiento (lo que la filosofía llama "moral"). Y en la porosidad de estos dos conceptos filosóficos que nos hemos acostumbrado a considerar separados, es decir, en la imposibilidad de un comportamiento libre, autosuficiente, e incluso satisfactorio, se tejen las historias de Eider Rodríguez: sus personajes temen desaparecer en algo superior a ellos, pero también aborrecen (y creo que esto es lo principal) continuar siendo ellos mismos.

TRABAJO PRECISO

Pido disculpas si me paso de abstracto al comentar unas ficciones donde cada detalle es trabajado con exactitud: a veces un olor molesto, una manera de expresarse, un giro antipático o la oportunidad de comprarle un dulce a tu madre en la panadería donde ella misma te lo compró en tu infancia, venganza y homenaje al mismo tiempo. Las "aventuras" de estos personajes son siempre concretas: una mujer debe cuidar de su exmarido enfermo, con quien rompió hace 20 años; una mujer y su hija asisten al solitario cumpleaños de una niña que ha sobrevivido a un incendio. Incluso lo más difícil de encarnar se vuelve nítido en estos relatos: un mioma uterino guardado en un bote, una muela podrida conservada entre papel higiénico. Es decir, personificaciones desechadas, parodias de nosotros mismos, piezas rotas que nos han conformado hasta hace un minuto.

LA LECTURA COMO TERAPIA

Conviene recalcar que los personajes de Eider Rodríguez viven en la violencia del contacto, en la dialéctica entre su autonomía y su dependencia, su hambre de reconocimiento. Por eso estas historias se llenan de plantas a las que no se riega cuando toca, animales que exigen cuidados que no siempre sabemos dispensarles. Compromisos, en un sentido amplio del término: pactos no siempre buscados. Porque importa, ante todo, descubrir en el otro "cómo vamos convirtiéndonos en lo que somos". Y el lector asiste a una gozosa terapia interminable: uno no lee buena literatura para reconocerse en los personajes, sino para dejar de reconocerse en sí mismo.

Esta edición de Un corazón demasiado grande incluye, además de su último libro completo (por el que ha obtenido el Premio Euskadi de Literatura), una selección de toda su obra. Se comprende la voluntad editorial de mostrar de cuerpo entero, y en castellano, a una escritora menos conocida de lo que merece, y en este sentido se ha acertado tanto en la selección como en el orden de ésta. Comienza con los más recientes e intercala relatos salteados de sus anteriores publicaciones en una suerte de estructura que amplía las claves de su poética: la insistencia en los dúos protagonistas, sobre todo de madre e hija; las "coordenadas geográficas" de un terreno fronterizo entre Gipuzkoa y el País Vasco francés donde las historias (también la memoria política) se viven como un impreciso juego de identidades; los fogonazos de humor.

DE NARRADORA BRILLANTE A GRANDE ESCRITORA

No obstante, esta decisión evidencia en qué momento Eider Rodríguez ha pasado de ser una narradora brillante y flexible a la grandísima escritora que ahora es. El humor se ha afinado hasta convertirse en una especie de microcaricatura, más eficaz cuanto menos perceptible. La carga política se ha difuminado a la vez que la identidad de los personajes. Si en Y poco después ahora y Carne aún es posible distinguir los límites de un personaje, su parodia e incluso un hastío monocorde respecto a su vida, desde Un montón de gatos hasta su último libro los personajes acentúan su misterio, su imprevisibilidad: son fríos a ratos, autocomplacientes, levemente disparatados y con una punzante lucha moral... Rodríguez capta el gesto en que se pierden, casi voluntariamente. Cuestiona sus límites y también su libertad. Y los abandona en el momento preciso, en unos finales que son algo más que perfectos. Porque no es solo una cuestión técnica. Es que Eider Rodríguez devuelve al formato su pertinencia como género de la revelación moral, piensa en "cuento".

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