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Movimiento Tipográfico

La generalización de ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, ha convertido a cualquier ciudadano en un potencial impresor con decenas de letras diferentes para elegir. Contagiada por la imagen, la tipografía puede pasar de vestir las palabras a sustituirlas por gestos espectaculares que las aplasten

  • Por: Andrés Tapiello
  • 13 / Enero / 2019 -
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Movimiento Tipográfico

La tipografía o "arte de imprimir" es el traje con el que vestimos las palabras. Cada época tiene sus propios gustos y encuentra por lo general el suyo más elegante y acertado que el de sus padres y abuelos y por eso cambia de patrones, telas, colores (la corte española de los Austrias impuso el negro, como es sabido, en los nobles europeos y la Corte de Parma hizo lo propio con los tipos bodonianos en toda Europa).

A veces es sólo una cuestión de moda (el pantalón campana o el cuello de las camisas), pero otras va más allá de la moda y ha desempeñado un papel importante en la transformación de la sociedad y en la conquista de las libertades (minifalda, bikini).

Sólo con ver un sombrero sabemos a qué época, clase social o incluso ideología pertenece la persona que lo lleva (tubular, bicornio, gorra). "Los rojos no usaban sombrero", fue el famoso eslogan con el que una sombrerería celebró la entrada de las tropas de Franco en Madrid, intentando con ello resarcirse de tres años de pérdidas. Tschichold y sus amigos de la Bauhaus consideraron que la sociedad sin clases, por la que luchaban, merecía un alfabeto sin mayúsculas: todas proletarias trabajando para el sentido (el Estado). 

Lo primero que hizo Hitler al subir al poder fue postergar y evitar la letra Futura y otras parecidas por izquierdistas, al tiempo que inició la persecución de los bauhaustas, muchos de ellos judíos y restablecer como letra oficial del tercer Reich la Gótica, que en Alemania había sido hegemónica hasta bien entrado el siglo XX.

Para el que no esté habituado a leer en ella, es una letra endiablada. Puede que lo fuese incluso para muchos alemanes y los editores modernos la olvidaron. Pero Hitler pagó "por do más pecado había": al comenzar la invasión de Polonia que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial y la consiguiente expansión hacia el norte, sur y este de Europa, se vio obligado a sustituir en los rótulos de carretera e impresos la letra Gótica, impenetrable para los aliados del Reich, por una versión de la letra Futura (una mucho más clara y funcional), justificando el cambio en que la Gótica era una letra judía.

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LA TIPOGRAFÍA, OTRO  SENTIMIENTO MÁS

"En edición diferente, los libros dicen cosa distinta". Esta cita nos recuerda al poeta Juan Ramón Jiménez, el primero de los autores españoles que se preocupó y se ocupó de verdad de estas cuestiones tipográficas. Porque él creía que la tipografía debía transparentar algo del pathos de lo escrito. Si reconocemos que lo que nos emociona del arte y de la literatura es el sentimiento que se nos da en uno y otra, a la tipografía hemos de tratarla como otro sentimiento más.

La palabra amor no dice lo mismo escrita en letra gótica, inglesa o psicodélica (esta última muy apreciada todavía en los rótulos de discotecas y bares). Resulta muy difícil hoy en el país vasco entrar en una taberna cuyo rótulo no esté compuesto por una clase de letras vascas tan corrientes en ese territorio (se llaman así y siempre en mayúsculas). E igual sucede con muchos restaurantes, cuyas muestras están compuestas en letra gótica de efecto disuasorio, porque parecen sugerir que los corderos que nos vayan a servir llevan asados desde la Edad Media.

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LA IMPORTANCIA DE LA TIPOGRAFÍA

Quiere decirse con ello que la tipografía ha tenido y tiene una importancia capital en el desarrollo de la sociedad mediante la comunicación y propaganda y en el conocimiento humano. A veces la comprensión o legibilidad de un texto depende únicamente del ojo de la letra y eso hace más versátil la Helvética que la Futura. Los pequeños detalles determinan pues el texto y el mensaje, por insignificantes que le parezcan a un profano y François Mitterrand no ganó unas elecciones presidenciales hasta que sus asesores de imagen lo convencieron para que acortara sus colmillos, que le daban un parecido preocupante con Drácula.

Con la irrupción en nuestras vidas de los ordenadores personales y por primera vez en la historia de la escritura humana, todos nos hemos convertido en tipógrafos, al igual que los smartphones han hecho de nosotros unos fotógrafos aficionados. Y desde que instalamos en nuestras casas una impresora, tenemos a la mano, a cualquier hora del día y de la noche, una pequeña imprenta. Diríamos, el sueño de todos los libelistas desde hace cinco siglos.

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CON SÓLO UN CLICK

En apenas 20 años tenemos a nuestro alcance fondos bibliográficos incalculables y las enseñanzas que hasta hoy tardaban años en pasar de maestros a aprendices, se nos dan con un sólo click. Sin el menor problema de almacenaje, en nuestros ordenadores se guardan un sinfín de tipos de letras. Cada vez que abrimos un documento en nuestra pantalla y escribimos algo en él, la palabra amor, por ejemplo, estamos haciendo de tipógrafos, como aquel personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo. Lo lógico pues, sería que nos tomáramos en serio la tipografía, porque puede que sin saberlo, usted esté diciendo o sugiriendo algo diferente de lo que quiere decir, sólo porque no es consciente de cómo lo está diciendo.

La tipografía es una ciencia sencilla y sutil, hecha de proporciones, cuerpos de letra, tamaño de caja y blancos de página. Se aprende, como la mayor parte de los oficios, viendo y copiando. Se puede y se debe copiar, desde luego.

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´MOMENTO TIPOGRÁFICO´

En 1957 se publicó "Momento tipográfico", una selección de cabeceras de cartas comerciales, obra del tipógrafo José García Almagro. Una joya, una obra maestra de nuestra modesta tipografía. Está a la altura de Ámster y Giralt-Miracle, dos de los mejores tipógrafos del siglo XX. Y sin embargo, es un libro original a medias, porque algunos de los modelos los ha tomado del extranjero "para que sirvan de comparación".

Los suyos propios no tienen nada que envidiar a ninguno de los foráneos. "Cabría haber introducido una mayor variedad en los modelos con más diferentes tipos. Pero no lo he creído conveniente por estimar que con unos cuantos tipos de letra (los normales en una pequeña imprenta) y un poco de imaginación pueden lograrse infinidad de modelos. Y añadiré un dato de la mayor importancia: la totalidad de la obra está impresa en una imprenta de plato (la más pequeña y rudimentaria", señala.

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ENTRE VERSALES, VERSALITAS, MINÚSCULAS...

La enseñanza de García Almagro es la de cualquier buen pedagogo: no son necesarios ni grandes medios, ni grandes alardes para componer un libro o diseñar un logotipo. En los ordenadores suelen venir por defecto un centenar de familias tipográficas, cada una de ellas con sus versales, versalitas y minúsculas, redondas y cursivas, negritas y finas.

Lo primero que debería hacerse es tirar la mayor parte de ellas a la papelera y quedarse con una docena; suficiente. A menudo las tropelías tipográficas son consecuencia tanto de la ignorancia de la tradición como de la sobreabundancia de medios. Cómo escoger las que se quedarán y las que se irán es un arte. Desde luego no por el nombre. Son engañosos, como los de los vinos. Sólo los que no saben nada de vinos lo escogen por lo bonita o fea que sea la etiqueta o el nombre que le han dado los bodegueros. 

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EN TIPOGRAFÍA MENOS ES MÁS Y MÁS ES MENOS

Digamos que bastaría con dos o tres para textos (Minion, Sabon, una Garamond bien escogida, por ejemplo), dos o tres para titulares (Helvética, Univers, Gill Sans), una inglesa (Kuenstler), una normanda (Poster Bodoni).

Cada época se refugia en tipografías especiales, que hace suyas. Los tipos usados durante el Romanticismo eran diminutos. Sugieren acaso que el de la lectura fue el ámbito de la intimidad, tanto como el temor ante una modernidad deshumanizante. Los del Siglo de Oro confirman algo que sigue estando vigente: los libros que han cambiado nuestras vidas, como el Quijote, suelen estar mal impresos y son feos. Y los del siglo XVIII, la edad dorada de la tipografía, lo contrario: muy bien hechos, pero la mayor parte de los libros que se escribieron entonces no hay quien pueda leerlos.

La profusión de modelos y la facilidad con la que las nuevas tecnologías los difunden, hacen imposible aquí un resumen de lo que se está haciendo en todo el mundo. Se compone y edita más y mejor que nunca, pero también más y peor. El verdadero momento tipográfico es este, el que estamos viviendo.

La excelencia, lo detestable, lo ejemplar y lo abyecto comparten a diario con indiferencia el mismo escaparate, quiosco o mesa de novedades. En cualquier rincón del planeta podemos encontrar tipógrafos excelentes, pero desde que los libros, periódicos o revistas han entrado en el mercado como un bien de consumo, se rigen por las mismas reglas que muchos otros productos.

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UNA AMENAZA A LA PALABRA

La imagen, tan importante en nuestro tiempo, amenaza con devorar a la palabra y desnudarla. A veces, absurdamente, con ayuda de la tipografía. Acaso el reproche que pueda hacerse a buena parte de la tipografía contemporánea es este: contagiada por la imagen, no trata de vestir las palabras, sino de sustituirlas por tipos y cuerpos espectaculares.

La consecuencia es terrible: los periódicos, reducidos a titulares, no se leen, se ven y los libros no se ven, se miran y mirotean, escudados todos en que se edita mucho más de lo que podemos leer, lo que nos llevaría a un gran aforismo: "para leer mucho, comprar poco". Pero ese es otro capítulo.

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