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Los satélites civiles están mostrándonos la guerra de Ucrania

Las fotografías aéreas de la invasión rusa provienen de dispositivos civiles, no militares. Estos últimos tienen capacidades muy superiores

Esta imagen de satélite muestra un puente destruido en Irpin (Ucrania), el pasado 8 de marzo.Los satélites civiles están mostrándonos la guerra de Ucrania

Utilizan GPS o referencias estelares: cada imagen puede ir acompañada de otra que muestre la parte del firmamento visible y ayude a establecer exactamente su orientación en el momento de tomar la foto. Pueden registrar video y también operar en condiciones de muy baja iluminación. Tan solo las nubes representan un obstáculo insalvable; pero para eso existen otros satélites equipados con radar de apertura sintética. Son como una especie de enormes cámaras fotográficas con flash capaces de funcionar de día y noche, atravesar las nubes e incluso penetrar la capa de vegetación que cubre el terreno.

Se ha especulado también con que los satélites de reconocimiento podrían hacer uso de espejos deformables para compensar la turbulencia atmosférica. Pero esto es dudoso. Esa técnica funciona muy bien en observatorios astronómicos que miran hacia lo alto. De hecho, desde el suelo ya se consiguen fotografías que rivalizan con las del Hubble. Pero en sentido contrario, “de arriba hacia abajo” no parece factible. Se ha calculado que haría falta deformar el espejo con tanta rapidez que ni siquiera está al alcance de la actual tecnología militar. O quizás sí. Es difícil decir qué es exactamente lo que orbita cada día por encima de nuestras cabezas.

Un esfuerzo histórico

Los esfuerzos por curiosear más allá del telón de acero vienen de lejos. A finales de los años 40 del pasado siglo, cuando se daba por hecho que la URSS poseía armamento nuclear, Estados Unidos puso en marcha un programa de inspección mediante globos. Eran enormes bolsas llenas de helio, diseñadas para estabilizarse a unos 15 kilómetros de altura. A ese nivel aprovecharían las características acústicas de la atmósfera para escuchar los infrasonidos provocados por una explosión atómica. Los globos se lanzaban desde Alamogordo, en el Estado de Nuevo México; se dice que uno cayó cerca del pueblecito de Roswell, dando origen a la historia del OVNI capturado atrapado allí, con tripulantes y todo.

El siguiente paso consistió en equipar los globos con cámaras fotográficas. La idea era lanzarlos desde bases en Europa para que los vientos en la alta atmósfera los arrastrasen sobre la Unión Soviética. En poco más de una semana deberían haber atravesado toda Asia para caer en el Pacífico donde esperaban los equipos de recuperación. La idea sonaba bien, pero los resultados fueron escasos. De los más de 500 globos lanzados, solo uno de cada diez llegó a su destino; el resto se perdió o fue derribado por las defensas antiaéreas soviéticas, aprovechando que durante la noche el gas se enfriaba y el globo perdía altura, quedando así al alcance de los aviones.

En particular, resultó especialmente valiosa la película que cargaban, resistente a la radiación cósmica y que no estaba disponible en la URSS. En 1958, un rollo de ese filme recuperado fue a bordo de la sonda Luna 3, y en él se registraron las primeras fotos de la cara oculta de nuestro satélite. 

El programa de globos espía solo duró un mes, en lugar del medio año previsto. Su sobrevuelo o, peor, caída en territorio rival había provocado numerosas protestas diplomáticas. Fueron remplazados poco después por los primeros aviones U-2 que se demostraron muy eficaces, aunque sus vuelos representaban una clarísima violación del espacio aéreo ruso.

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