Domingo Cultural

Expansión portuguesa: un imperio construido con cañones y mantequilla

Cinco siglos duró la expansión portuguesa por medio mundo. Del porqué y el cómo de su éxito y sus fracasos trata este estudio

  • Por: Manuel Lucena Giraldo
  • 17 / Mayo / 2020 -
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Expansión portuguesa: un imperio construido con cañones y mantequilla

Detalle del planisferio de Cantino de 1502.

El imperio portugués ha durado cinco siglos. Más que el romano, el español y por supuesto el británico. Desde la toma de Ceuta en 1415, consecuencia de la expulsión de los musulmanes del territorio peninsular propio de la corona lusa, hasta 1999, su continuidad resulta indiscutible. En esta última fecha, fue entregado a China «de manera ordenada y pacífica» el enclave de Macao. Durante su etapa más boyante a nivel global, con la unión de las coronas ibéricas de España y Portugal, de 1580 a 1640, el imperio «de los Felipes» fue un mecanismo de precisión que sobrevivió al paso del tiempo mediante una combinación de estrategias, una mezcla de poder duro y blando, guerra y diplomacia.

La historiografía nacionalista portuguesa, que osciló entre el resentimiento hacia España y la amnesia más o menos voluntaria sobre los beneficios obtenidos, ignoró el acomodo tan beneficioso que los lusos, banqueros, comerciantes, traficantes de esclavos y mineros, encontraron en la monarquía global española. Esta defendió como pudo sus territorios de las depredadoras acometidas holandesas en Brasil y otras áreas geográficas. La independencia portuguesa de España en 1640 fue consecuencia de una contienda irresuelta, mal gestionada, en el seno de las elites imperiales hispanas. 

A finales del XIX, la centralidad de la India como centro del imperio luso dio paso a Brasil.

Este excelente libro del gran investigador portugués Diogo Ramada Curto propone, por encima de todo, la recuperación de una historia global del imperio y la nación portuguesa. Al contrario que España, durante el siglo XX esta no solo tuvo un relato homogéneo, sino que fue capaz de integrar en una versión oficial, al tiempo nacional y nacionalista, las peripecias históricas de los portugueses en Asia, África, América y Oceanía. El autor propone, sin embargo, romper con una «imagen excepcionalista, celebrativa y autocomplaciente que suele asociarse al imperio portugués», de modo que «los mecanismos de dominio, racismo y violencia que conllevó su expansión desde el Renacimiento hasta la era revolucionaria», queden expuestos. Como en toda historiografía revisionista, el ímpetu excesivo puede resultar contraproducente. 

Socios fiables

Antes de los holandeses, que inventaron una supuesta edad de oro en el siglo XVII, tolerante, burguesa y mercantil, fueron los portugueses quienes costearon África y llegaron hasta la India, China y Japón. También lograron, eso era lo difícil, regresar a Europa. Su imperio asiático perduró, porque lograron ser aceptados por los poderosos príncipes locales como socios fiables y predecibles. Si el hilo conductor del libro es la construcción de la confianza y el conocimiento intercultural en el transcurso de las empresas ultramarinas, un aspecto que se suele ignorar, el impacto de estas en Europa, es atendido de manera prioritaria. 

La primera parte, fascinante, «La lengua, la literatura y el imperio», estudia en cuatro epígrafes, que abarcan desde 1415 hasta 1570, asuntos tan relevantes como la comunicación mediante esclavos intérpretes, la propaganda de los descubrimientos y la corrosión de las buenas costumbres: «¿Qué hacen de nosotros todas las naciones de Europa? Nos chupan como sanguijuelas cuantas riquezas traemos de toda Asia. Solían los nobles tener casas de armas y las mujeres las tienen convertidas en casas de vidrios», llenas de cerámicas y abalorios inútiles. 

La segunda parte, de ocho capítulos, aborda la cultura escrita y su relación con las prácticas de identidad: qué significa ser portugués en Goa en la India, en Sao Paulo en Brasil, o en la costa de Guinea. Aborda el periodo comprendido hasta 1697 y muestra la evolución inevitable del imperio hacia entornos urbanos, criollos, estables, sin menoscabo de un avance hacia las fronteras que, para los españoles de América, mostraba la «fanática ambición» portuguesa. Lo consiguieron incluso en un escenario tan atroz como el de Angola y el Congo, donde fueron capaces de lograr, para admiración de los holandeses, el «orden y estabilidad» requeridos para un eficiente tráfico de esclavos. 

Huida a Brasil

La tercera y última parte, «Ilustración y prácticas de escritura», comprende hasta 1808, cuando la acometida brutal de los ejércitos napoleónicos obligó a la familia real encabezada por la reina María I y el príncipe regente, el futuro Juan VI, junto con 15.000 nobles y funcionarios, a huir a Río de Janeiro, sede de la corte de la dinastía Braganza hasta 1822. En esta etapa, la centralidad de la India como «diamante» del imperio luso dio paso al esplendor de Brasil.

La reivindicación de un «orientalismo» luso anterior al cultivado por británicos y franceses decimonónicos resulta convincente y pertinente. También abordan estas páginas finales el espectáculo de las academias y sociedades literarias de Brasil y los relatos de viaje «científicos». Las ambivalentes visiones de indígenas y mestizos, cuya existencia no pretendió alumbrar la colonización portuguesa.

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