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El punto ciego

Montserrat Soto repasa la iconografía del libro según la pintura antigua para indagar en ese otro espacio del arte que es la censura

  • Por: Bea Espejo
  • 08 / Julio / 2018 -
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El punto ciego

Dato primitivo 5-37 (2016), de Montserrat Soto.

Hay exposiciones que funcionan por acumulación de ruido. Muchas contienen otras exposiciones dentro, juegan con el unívoco de los significados y pretenden otro lenguaje alejado de las certezas. Son como cajas de resonancia que hacen del eco el sonido principal y que proponen un paseo alternativo por lo que aparentemente vemos. Algo de eso ocurre al visitar la de Montserrat Soto (Barcelona, 1961) en la Sala Alcalá 31. Sintetiza mucho de su trabajo de los últimos años, centrado en pensar cómo se construye la herencia cultural, la memoria a través de su ausencia, lo no autorizado, lo borrado, la censura y la autocensura. Justo esa idea da el título, Imprimatur, con el que se remonta a la Edad Media y el lenguaje que manejaba el Tribunal de la Santa Inquisición cuando aceptaba la publicación de un texto.

Decía que hay exposiciones que funcionan por acumulación, y ésta lo hace de textos. También de fotografías de pinturas, desde la Edad Media hasta la Ilustración. Un inmenso collage-bodegón con el que la artista repasa la representación del libro a lo largo de la historia de su representación. También otros lugares más conceptuales si cabe, como el papel que tuvo la imprenta, que tanto amplió el acceso al conocimiento por un lado, pero que también posibilitó el absoluto control de esos textos, permitiendo así a los poderes eclesiásticos, políticos y económicos ejercer la persecución de ideas. Un terreno nada remoto si pensamos en Internet y sus formas de acceso, control y censura bajo su apariencia de accesibilidad e imparcialidad. Ese punto ciego tan contemporáneo.

A esos parajes remotos de la historia, esos lugares extinguidos en el tiempo, Montserrat Soto llegó hace tiempo reflexionando sobre las líneas de pensamiento de la actual situación política y social, que nos ofrecen signos que obligan a que revisemos nuestro pasado de una forma diferente. Lo suyo son paisajes entre abismos. A los que ha encontrado en la dinámica del viaje ha dedicado gran parte de su producción desde los noventa. En otro lado están los espacios del arte, sobre los que reflexiona también aquí, en una sala de exposiciones convertida en museo de historia, en una clase de universidad o en un gran libro todavía por escribir. Un territorio donde impera la lógica del límite. 

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