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Desfiguros

Tendría yo unos 13 años cuando en los scouts decidimos participar en un torneo municipal de futbol. Nuestra lógica era muy simple

Desfiguros

Nos inscribimos en el torneo y llegó el día del primer partido. Íbamos con nuestras flamantes camisetas con la flor de lis (símbolo de los boy scouts) en el pecho, tachones relucientes, ánimo desbordado y muchas ganas de demostrar nuestro “poderío deportivo”. Ese primer partido, lo perdimos 4 a 0 (auch!). A la semana siguiente fuimos al segundo partido y perdimos 5 a 0 (recontra auch!). Entonces nos dimos cuenta de que éramos un equipo muy predecible y dijimos “el próximo de seguro lo perdemos 6 a 0”. Pero no fue así, solo perdimos 3 a 1.

En todo el (brevísimo) tiempo que duramos en el torneo (antes de salir por debajo de la mesa) solo ganamos dos partidos. Uno lo ganamos 1 a 0 por un penal que cometieron los otros, y el otro lo ganamos por default porque el otro equipo no se presentó (ese día pegábamos brincos de gusto). Creo que a partir de ahí fue que empezó a dejar de gustarme el futbol.

Así que, como verán, no solo hacía yo unos osos individuales bellísimos como los que les platiqué la semana pasada. También hacíamos osos en manada, es decir, ahí andábamos todo el montón de animales haciendo el oso con una perfección que rayaba en lo sublime.

Elige tu maestría

Lo que me quedó como aprendizaje de éste, mi efímero paso por las canchas futbolísticas, fue que para hacerla en algo, no basta tener ganas. Además, hay que estar preparados.

En una de las conferencias que les doy a mis alumnos, les comparto la historia de un leñador que salió un día a talar árboles. Trabajó ciertas horas y taló cierto número de árboles. Al día siguiente trabajó más horas, pero para su sorpresa, taló menos árboles. Al siguiente día trabajó todavía más horas, y taló todavía menos árboles. Confundido, le comentó lo ocurrido a un leñador de más experiencia y éste le preguntó: “¿Cuándo fue la última vez que afilaste tu hacha?”. El leñador tenía muchas ganas de cortar árboles, pero no se había dado el tiempo de prepararse para esa actividad, afilando su hacha. No basta tener ganas. Yo les digo a mis alumnos: “Cuando ustedes terminen su escuela, van a salir allá afuera a talar árboles. Al igual que ustedes, va a haber otros cientos, o quizá miles de jóvenes que van a competir con ustedes. ¿Quiénes se van a llevar los mejores árboles (los mejores puestos en las empresas, las mejores promociones)? Aquellos que se hayan preocupado (y ocupado) de afilar su hacha, de pulir sus habilidades, de adquirir los conocimientos necesarios. Sí, aquellos que mejor se hayan preparado”.

No siempre es fácil el lograr nuestra preparación. Requiere esfuerzo, requiere dedicación. Siempre será más cómodo aventarnos “a lo borras”. Es el camino del menor esfuerzo y, desafortunadamente, es el que muchos prefieren tomar. O creemos, como nos pasó a nosotros, que ya estamos suficientemente preparados, cuando en realidad nos falta mucho. Pero el tiempo que dedicas a prepararte, paga dividendos. Y por el contrario, cuando le regateamos tiempo y esfuerzo a nuestra preparación, se nos cobra la factura, y con intereses muy elevados. Decía un pugilista famoso: “Si un boxeador hace trampa en el entrenamiento, se descubrirá bajo las potentes luces del ring”. Y Dale Carnegie, gran maestro de la oratoria, decía: “Lo mismo me daría aparecer semidesnudo ante un público, que aparecer semipreparado”.

Así que ya lo saben, sea lo que sea el asunto en el que se vayan a meter, asegúrense de prepararse bien y evítense andar haciendo desfiguros como los que hicimos nosotros con nuestra lamentable actuación en las canchas. Thomas S. Monson dijo: “Cuando llega el momento de actuar, el tiempo de la preparación ha terminado”. Invierte tiempo en pre-pararte para que cuando te toque pararte, cuando llegue tu momento de actuar, tu desempeño te permita obtener un M.D. que sea un Master Degree (grado de maestría) y no una Maestría en Desfiguros.



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