Domingo Cultural

Del 11-S al Covid-19: testimonios del tiempo

Ni la investigación histórica más rigurosa puede captar esa tonalidad específica del tiempo vivido y observado en presente

  • Por: Antonio Muñoz Molina
  • 22 / Marzo / 2020 -
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Del 11-S al Covid-19: testimonios del tiempo

Mujer en el 11-S.

El desasosiego de los días me hace echarme a la calle y pasar horas caminando. Voy a paso muy rápido, casi siempre en una dirección determinada, el lugar donde he quedado con alguien o donde tengo que hacer algo, y a donde tal vez, en otras circunstancias, iría en metro o en autobús. He ido en taxi a un encuentro con lectores ciegos porque me he distraído y se me hacía tarde, pero al terminar he vuelto a casa dando un paseo, aunque estaba muy lejos, más de siete kilómetros según el medidor de pasos de mi teléfono.

Estos ciegos con los que voy a encontrarme han formado un club fervoroso de lectura que se reúne una vez al mes en una sala de un restaurante, por las lejanías corporativas y en otro tiempo futuristas del norte de Madrid. Antes leían los libros en Braille y ahora los escuchan en grabaciones de muy alta calidad que les facilita la ONCE. 

El momento de los saludos es algo incierto porque a la precaución sanitaria de no tocar se contrapone la necesaria cercanía del tacto. Alrededor de una mesa como de banquete se van congregando los lectores al mismo tiempo que debajo de ella se acomodan perros guía de gran docilidad. La simultaneidad de tantas presencias tan extraordinariamente alertas al sonido y al valor de las palabras crea una especie de campo magnético de la literatura. "Nosotros vemos el mundo a través de las palabras", me dicen.

El mundo exterior que casi todos damos por supuesto, es una construcción frágil que el cerebro urde a partir de las percepciones de los sentidos

La sala está en un sótano y eso acentúa el sentimiento de inmersión. 

El mundo exterior de la agitación diurna y de la primacía visual queda lejos. Estamos conversando sobre una novela que he escrito yo, pero ahora la descubro a través de estos lectores de atención infalible que tienen una capacidad particular para apreciar en el relato indicios sensoriales que no son los de la vista. En el título de la novela reconocen una percepción puramente auditiva: el sonido de unos pasos en una escalera. Me hablan de toda la información que pueden transmitir los pasos de alguien, tan singulares y tan reveladores como una voz. Dicen que hay libros más valiosos para ellos porque están llenos de alusiones a todo lo que no pertenece al reino de la vista: los sonidos, los olores, la textura de las cosas, la cercanía de los cuerpos, los sabores. En ese libro yo quería contar algo que había aprendido de mis amigos investigadores de neurociencia, que la realidad, el mundo exterior que casi todos damos por supuesto, es una construcción aproximada y muy frágil que el cerebro urde a partir de las percepciones de los sentidos, y que basta cualquier mínima alteración, cualquier peculiaridad en el equipaje cognitivo, para que ese mundo que parecía tan firme se desmorone o cobre otro aspecto inusitado. En esa sala, en el club de lectura, mi novela eran palabras que suscitaban imágenes despojadas de connotaciones visuales: ciudades hechas de pasos, voces, ruidos de tráfico, resonancias que delimitan espacios, olores de mar, de río, de comida, presencias exactas sugeridas tal vez por el olor de una colonia y el ritmo y la fuerza de unos tacones sobre el pavimento.

La incertidumbre de los tiempos se filtraba en la conversación, en las lecturas. La sensación de que cualquier cosa inaudita puede suceder en cualquier momento, de que el tejido complicado y cotidiano de la realidad es tan frágil como las construcciones imaginativas del cerebro, hizo inevitable el recuerdo del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, que está muy presente para mí estos días.




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