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Bienvenido, Mr. Miedo

La corrección política condiciona la política expositiva de los museos, como demuestra la polémica suspensión de una retrospectiva de Philip Guston por cuatro centros de arte

Un cuadro sobre el Ku Klux Klan en una muestra de Philip Guston en Hamburgo, en 2014. Bienvenido, Mr. Miedo

El caso de Guston es la punta del iceberg de un colapso llamado a convertirse en guerra cultural, la idea que mejor define al mundo del arte este 2020 y que se suma a la cultura de la cancelación, el término estrella en 2019. Hablamos de miedo, y de muchos tipos. Miedo al espectador, a la lectura errónea, a un tono incorrecto, a patrocinadores inquietos, a romper el amor filantrópico. Miedo a la violencia, a las protestas y al neofascismo. Y hablamos de autocensura. De cuatro comisarios blancos ampliando los textos de sala de la exposición a destajo tras el asesinato de George Floyd en junio. De cuatro museos que, con este gesto, admiten no tener la suficiente confianza en sí mismos como para contextualizar la obra de un artista, por otro lado, indiscutible.

La presión es extrema y no es nueva. En los últimos tres años, los museos se han puesto cada vez más a la defensiva para hablar de violencia racial. En 2017 la Bienal del Whitney se enfrentó a una reacción violenta por presentar Open Casket, de Dana Schutz, que representaba el cuerpo mutilado de Emmett Till, un adolescente negro que fue linchado por dos hombres blancos en Misisipi en 1955. Ese mismo año, el Walker Art Center de Minneapolis retiró una obra del artista Sam Durant, llamada Scaffold, una escultura en forma de horca destinada a conmemorar varias ejecuciones, entre ellas el ahorcamiento de 38 hombres en Dakota después de la guerra con Estados Unidos en 1862, después de que las comunidades nativas americanas locales se opusieran a ello. Este mismo v erano, el Museo de Arte Contemporáneo de Cleveland canceló una exposición de los dibujos de Shaun Leonardo sobre los asesinatos policiales de niños y hombres negros y latinos después de que varios activistas negros y algunos miembros del personal del museo se opusieran a ella. La directora del museo, Jill Snyder, no tardó en arrepentirse públicamente y en dimitir dos semanas después.



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