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Alex Katz, teoría y práctica del glamur

La obra del pintor estadounidense, que protagoniza una retrospectiva en el Thyssen de Madrid, persigue la verdad que reside en la superficie

La palabra apenas tiene ya sentido, devorada por el uso indiscriminado y paródico que se ha hecho de ella. En su momento y lugar, ambos modernos, apuntaba al destello inasible, a medias imaginario, que irradia de una persona, un lugar o un objeto, distinguiéndolos del masivo mundo industrial. Esta dimensión presencial y a la vez instantánea —algo que tiene que ver con el tiempo— es propia de las pinturas de Alex Katz. Su calidad es física, estética. En 1983, el coreógrafo Paul Taylor, célebre por introducir ritmos y formas de la actualidad más banal en la rigidez histórica de la danza clásica, puso en escena Sunset, con música de Edward Elgar y decorados y vestuario a cargo de Katz. En una foto el pintor aparece con una brocha en ristre, tan larga como una escoba, sobre el telón desplegado en el suelo. Al verlo, es inevitable acordarse de Jackson Pollock salpicando de pintura sus lienzos, sumergido en ellos, envuelto por ellos. Señalar las enormes diferencias entre ambos, también.

‘Round Hill’ (1977), de Alex Katz.Alex Katz, teoría y práctica del glamur

Katz incorporó a sus pinturas realistas el colosalismo abstracto y la síntesis gráfica del cartelismo callejero. Así fue eliminando, como Hemingway, todo lo informativo de sus escenas y retratos, hasta acuñar un arte de la superficie de la vida

Aquellos exitosos artistas, que ya no eran pintores, recogían imágenes para jugar con ellas conceptualmente. Pero Katz estaba dispuesto a hacer lo más difícil: incorporar a sus pinturas realistas, por un lado, el colosalismo abstracto, y, por otro, la síntesis gráfica del cartelismo callejero. Así fue eliminando, como Hemingway, todo lo informativo de sus escenas y retratos, hasta acuñar un arte de la superficie de la vida, de su apariencia, cada vez más normal, más soso y más magnético. No es extraño que un telón teatral le sirviera como modelo para sus propósitos: el telón no es una ventana que recorta el espacio, sino un ambiente que te invita a pasar. Lo mismo ocurría con los gigantescos paneles de Times Square, sobre los que sus rostros de mujer fueron ampliados a escala cinematográfica a finales de los setenta.



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