Columnas - Rolando Zapata Bello

México: adiós a la neutralidad

  • Por: ROLANDO ZAPATA BELLO
  • 10 ENERO 2026
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México: adiós a la neutralidad

Durante décadas, México construyó una política exterior reconocida por su prudencia, su apego al derecho internacional y una convicción clara: la Doctrina Estrada. El principio de no intervención siempre fue una herramienta útil para proteger nuestra soberanía en un mundo marcado por la Guerra Fría, las presiones entre bloques y las tentaciones intervencionistas de las grandes potencias. Sin embargo, convertir ese principio en coartada automática frente a cualquier atropello contemporáneo no es una defensa de la soberanía; es una renuncia moral y política. 

El caso de Venezuela obliga a decirlo con claridad. México, bajo el actual gobierno de Morena, ya no puede excusarse en la no intervención. No porque ese principio haya perdido valor, sino porque el propio Estado mexicano lo ha abandonado de facto. La política exterior no se define por lo que se proclama, sino por lo que se hace. Y lo que México ha hecho en los últimos años dista mucho de la neutralidad. 

La historia reciente es contundente. México ha reconocido gobiernos de facto en distintos contextos, ha financiado regímenes ideológicamente afines, ha otorgado refugio político de manera selectiva, ha acusado con dureza a unos gobiernos y ha guardado silencio frente a otros, ha mediado activamente en conflictos internos ajenos y ha utilizado su política exterior como extensión de una narrativa política doméstica. Eso no es neutralidad: es alineamiento. Y un alineamiento, además, que privilegia afinidades ideológicas por encima de principios democráticos universales. 

El régimen que encabezó Nicolás Maduro dejó hace tiempo de cumplir con los estándares mínimos de una democracia constitucional. Elecciones sin competencia real, poderes públicos capturados, persecución sistemática de opositores, censura, exilio forzado y una emergencia humanitaria reconocida por organismos internacionales no son "asuntos internos". Son violaciones graves y documentadas a los derechos humanos. México lo sabe. Y lo sabe porque ha sido protagonista, no espectador.  

Conviene recordarlo: la no intervención nunca significó indiferencia frente al autoritarismo. Significó respeto entre Estados soberanos, no licencia para que un gobierno avasalle a su propia sociedad sin consecuencia alguna. Benito Juárez lo expresó con claridad meridiana: "Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz." Cuando un gobierno viola sistemáticamente los derechos de sus ciudadanos, rompe ese principio esencial y deja de ser un asunto estrictamente interno. 

Hay, además, una dimensión ética que no puede ignorarse. Como advirtió Hannah Arendt, "el mayor triunfo del totalitarismo no es imponer el terror, sino normalizar la indiferencia". Guardar silencio frente al autoritarismo, relativizarlo o justificarlo en nombre de una doctrina mal entendida no es prudencia diplomática; es contribuir a esa normalización. 

México, que alguna vez fue refugio de demócratas perseguidos y voz respetada en foros multilaterales, corre hoy el riesgo de convertirse en protector pasivo, cuando no activo, de regímenes autoritarios. 

Eso no fortalece nuestra soberanía ni nuestra política exterior. La vacía de contenido, la vuelve predecible y la subordina a una lógica ideológica de corto plazo. 

El argumento central es simple y debe decirse sin rodeos: México ya no es neutral. Y si no es neutral, no puede esconderse detrás de la no intervención. La neutralidad fingida no es un principio. Es una ficción conveniente. Y las ficciones, en política exterior, siempre terminan pasando factura. 


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