Escena

Juan Palomar, cazador de palabras

El diccionarista ilustrado

  • Por: Aníbal Santiago
  • 27 / Noviembre / 2014 -
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Juan Palomar, cazador de palabras

Cuando Juan Palomar inicia un diccionario, sabe que al acabarlo tendrá aún menos pelo en la cabeza, pero sobrevivirá. A los 83 años tiene la paciencia de un santo, de aquellos que habitaban las iglesias donde daba misas supersónicas cuando era cura y sus fieles de su natal España, Inglaterra o México le agradecían esa brevedad cargada de contenidos densos. 

Juan Palomar de Miguel señala con su índice 16 ficheros y cerca de 20 cajas de zapatos de la marca española Lázaro apiladas en lo alto de su librero. “Ahí adentro están todas las miles de fichas con todos los términos de todos mis diccionarios”. Ha dicho “todos” dos veces y “todas” una vez, y cuando abre las cajas y los ficheros entiendo el énfasis fortalecido por su férreo acento español: saca una tarjetita y me la muestra. Leo —en letra microscópica— una pequeña pero sustanciosa biografía que inicia con “Emilio Carballido Fentanes (Córdoba, Veracruz, 22 de mayo de 1925). Escritor y dramaturgo mexicano”. En este minúsculo estudio, bajo una lamparita que disipa una oscuridad de catacumbas, el diccionarista más célebre de México ha trabajado tarde y noche desde hace cerca de 40 años, cuando abandonó la carrera de sacerdote para escribir a mano las decenas de miles de definiciones que hasta hoy auxilian a los abogados que acuden al Diccionario para juristas (Porrúa), a cualquiera que abra el Diccionario de México (Trillas), a los niños que leen el Itacate de palabras mexicanas (Planeta) o a quienes indaguen en los otros diccionarios que ha escrito.

Cuando Juan Palomar inicia un diccionario, sabe que al acabarlo tendrá aún menos pelo en la cabeza, que las venas de sus manos serán más visibles, que sus ojos no responderán lo mismo, que sus hijos se habrán transformado o que el país donde vive será otro. Y sabe también que su esposa, Carmen Coll, estará a su lado para transcribir a computadora cada letra que él escribió a mano, para después enviar el material a la editorial. El trabajo de este hombre es una urdimbre finísima, como si tejiera una prenda que podría volverse infinita.

Eso sí: “Escribo en redondilla para que mi mujer me entienda bien”, aclara en referencia a la letra script.

—¿No es abrumador arrancar una obra que concluirá en años?

—Podría desalentarme si mirara el trayecto, pero siempre miro el final, la meta.

—¿Vale la pena su profesión?

—Es un trabajo de cincel, busco la esencia de cada cosa, de cada personaje. 

—¿Cuándo supo que tendría el carácter para una labor tan metódica?

—Cuando acabó la Guerra Civil en España, mis padres se reencontraron después de tres años sin verse. Mi mamá trabajaba de conserje y los domingos era la oportunidad de que mis padres salieran a pasear. Yo me tenía que quedar a cuidar el edificio. Para que no me aburriera toda la tarde, me compraban unos cartones para recortar y pegar castillos. Yo tenía una paciencia enorme. Enorme. Mi madre volvía y decía: “Juanito tiene mucha paciencia”. Paciencia significaba tesón. ¿Sabes lo que es este ficherío (sic), sabes los años de trabajo que hay ahí? Llevo escribiendo 27 años el Diccionario de Madrid. ¿Sabes qué paciencia hay que tener? Y estoy mal: decir paciencia es poco”.

Tiene razón, todavía no existe la palabra adecuada.

CUNA Y EUFORIA

Los inviernos gélidos e interminables asolaban el campo; la cosecha de trigo, avena y cebada no daba para vivir. Morcuera, una aldea con tantas casas como los dedos de dos manos, sentenciaba a Juan Palomar a una vida de penurias. Por eso, el joven labriego de 23 años no dudó en decir adiós a su madre. Viajó a la estación de Soria y abordó el tren que lo arrojó en la capital española. 

El conocimiento de Juan sobre la tierra, las plantas y las técnicas de cultivo fue aprovechado por el ayuntamiento de Madrid, que le encomendó los jardines de la Real Casa de Fieras del Retiro, el zoológico más importante del país. 

Apenas unas cuadras al norte, de hábito negro y gran toca alada sobre la cabeza, las Hijas de la Caridad de San Vicente Paúl buscaban una chica que les ayudara con los quehaceres. Requerían una mujer fuerte, activa. A la puerta del convento tocó Úrsula de Miguel, una joven nacida en Morcuera. 

Al saber que una paisana de su pueblo había migrado a Madrid, Juan Palomar se acercó a buscarla al convento. El noviazgo se dio con naturalidad y la pareja contrajo matrimonio en 1929. No había, sin embargo, suficientes pesetas para hacer planes grandes. Hasta que le llegó una oferta a Úrsula: ser conserje en las ruinas de un templo habilitado como edificio habitacional. Aunque la propuesta amenazaba con encadenarla de tiempo completo a ese inmueble de la calle Cuesta de Santo Domingo, había ventajas: gozaría de un sueldo fijo y las propinas de los inquilinos, y ella y su marido tendrían techo gratis. Difícil negarse en aquellos días en que España había sido arrastrada por la caída de Wall Street y la crisis de 1929.

Meses después perdían a su primogénito en el parto. La pareja lo intentó de nuevo. El 12 de abril de 1931, un día antes de que Úrsula diera a luz en su edificio, hubo elecciones. Los republicanos socialistas ganaron 41 de las 50 capitales de provincia a la derecha monárquica partidaria de Alfonso XIII. Por vez primera en la historia de ese país, las urnas definían la derrota de un gobierno.

Bajo el festivo estruendo que rodeaba al céntrico edificio, entre multitud de obreros que clamaban el surgimiento de la Segunda República Española, Juan Palomar de Miguel, hoy el escritor de diccionarios más célebre de México, se alimentaba del pecho de su madre.

MILLONES DE GOLPES TIPOGRÁFICOS

Se ha vestido como para un acto solemne: camisa almidonada, chaleco rojo y corbata negra. Ordena: “Vamos al rincón de la sabiduría”. Don Juan Palomar de Miguel sonríe irónico por lo que acaba de decir y sube las escaleras seguido de su mujer y asesora, Carmen, y su hija Caribel, que lo ve con ojos abiertos y brillantes, como quien atestigua el ascenso de un santo. 

El cuartito donde el lexicógrafo autodidacta ha creado varios de los diccionarios más leídos de México es apto para una persona. Las paredes, repletas de libros, consumen el espacio libre y dejan un lugarcito para que en su pequeña silla y escritorio este liviano hombre de 83 años escriba tarde y noche las decenas de miles de términos que niños, jóvenes y adultos han conocido por sus obras escritas desde hace 40 años, cuando de un día para otro dejó la sotana.

El trabajo que encontró fue, por exótico que suene, de “diccionarista”. 

En realidad, don Juan es una especie de cazador de palabras que sacia su red predadora, consistente en sus gafas, su mente y sus manos huesudas que pasan páginas. Cuando dejó el sacerdocio, comenzó a vivir entre bibliotecas, librerías, examinar documentos y analizar los miles de términos y locuciones con que las personas dan sentido a la vida. “Pero cargo mi cruz”, aclara. Se la impusieron los millares de horas en el escritorio con la espalda encorvada: “Tengo dos vértebras soldadas y mi cintura carece de juego. He tenido cuatro caídas… En caídas le gano a Cristo”, se ríe.

A don Juan le sale lo español en su atropellado hablar ceceado, como si hubiera aterrizado ayer en México y no hace 57 años, el día en que pisó una iglesia de la colonia Vértiz Narvarte con la misión de evangelizar al pueblo mexicano con la palabra y obra de Vicente de Paúl, santo de los pobres, los altruistas y el personal hospitalario. “Vosotros”, “debéis”, “pensad”, dice en su vocabulario antiguo. Poco o nada usa el habla de sus vecinos de Coyoacán, donde habita desde joven.

No puede sacarse a España de encima. Tanto así que apenas concluyó su descomunal Diccionario de Madrid. El compendio de palabras (cosas, lugares, sucesos, personajes) que tocan por cualquier costado a la capital de España contiene cerca de un millón 900 mil palabras, es decir, más de 9 millones de golpes tipográficos. 

Ahora sólo espera la buena oferta de una editorial. No es para menos: inició ese diccionario cuando era presidente Miguel de la Madrid.

SEPARADOS

POR LA GUERRA CIVIL

Si los vítores por la Segunda República fueron el sonido de fondo con que el pequeño Juan Palomar nació, creció con el sonido ensordecedor de los bombardeos de La Falange Española, integrada por grupos fascistas y nacionalsindicalistas, que saludaban con palma derecha extendida, como los nazis alemanes. En una de esas lluvias de plomo y pólvora que abatieron a Madrid en julio de 1936, las oficinas del ayuntamiento sufrieron daños. El padre de Juan, empleado de la Casa de Fieras, recibió la orden de ausentarse mientras la oficina se reacondicionaba. Decidió visitar a su madre en Morcuera y llevarse a su tocayo hijo mayor y a Gregorio, el segundo, para que vieran a la abuela. 

Úrsula, aún conserje, se quedó en Madrid con José, recién nacido y tercer hijo de la pareja. El 17 de julio de 1936, con apoyo de un sector del ejército, el “bando sublevado” había intentado dar un golpe de Estado a la Segunda República, y con ello se había desatado una Guerra Civil. Madrid, donde los republicanos gozaban de apoyo popular, había quedado aislado por grupos monárquicos armados e instalados en los caminos que daban acceso al interior del país. Buena parte de los madrileños resistieron el asedio a su ciudad por parte de los hombres del general Francisco Franco. La defensa se extendió 30 meses.

Juan padre, Juan hijo y su hermano se vieron obligados a quedarse en Morcuera, hasta que un día de la primavera de 1939 el pequeño Juan vio venir a su abuela sobre el lomo de un burro. A la desolación del campo la llenó un grito de la anciana: ¡Cayó Madrid!

DONDE CANTA

 AGUSTÍN LARA 

El coronel Segismundo Casado entregó Madrid a las tropas de Franco. El 28 de marzo de 1939 el Sitio de Madrid culminó con la victoria falangista y la huida del país de importantes líderes políticos de la Segunda República.

El labrador y sus hijos abandonaron Morcuera y volvieron al edificio donde los aguardaba Úrsula con su hijo José, ya de tres años. El país estaba hundido en una crisis. “No había dinero para nada”. La ropa era poca y la comida escaseaba, pero en un rincón de la vivienda había una bibliotequita. “Mi papá veneraba esos libros”, relata don Juan. Sólo se acuerda de uno de ellos: la biografía de Genoveva de Brabante.

 “Con el fin de la guerra hubo un vuelco bárbaro de religiosidad en España”, dice Juan. A los nueve años su madre lo inscribió a la Acción Católica, y desde ese momento destinó su energía a que su hijo fuera cura. A los 10 Juan declaró su deseo de ser sacerdote. Y a los 12 inició una larga carrera religiosa. En la Misión de San Vicente de Paúl del pueblo de Murguía estudió durante cinco años latín, griego y humanidades. En 1948 pasó al Noviciado de la Unión de San Vicente de Paúl en el distrito de Hortaleza. Ahí estudió mística y fue entrenado en el antiguo ascetismo cristiano, que “purga” el espíritu con la abstinencia corporal.  “Nos purificaban de cosas que teníamos dentro, pero muchos se quedaban en el camino. Y pasamos mucha hambre, sólo nos daban gachas (avena machacada con agua), una pasta horrible”. 

Una vez ordenado, fue enviado a Potters Bar, un pueblo inglés de muchas iglesias y pocos sacerdotes. Como decenas de españoles que llegaban para apoyar en las capellanías, el flamante cura Palomar bautizó, celebró matrimonios, dio misas en fiestas particulares. 

Un día de 1956 el Visitador de Madrid de la Congregación de los Padres Paúles, Vicente Franco, llegó a Potters Bar y mandó a llamar a Juan: el muchacho sabía que lo esperaba otro destino, quizá el definitivo en su vida.

—Veamos, padre Palomar, ¿usted a dónde cree que va a ir?

—A donde me manden.

—Le voy a dar una pauta, adivine. 

El visitador infló el pecho y cantó: Madrid, Madrid, Madrid / pedazo de la España en que nací / por algo te hizo Dios / la cuna del requiebro y el chotis…

—¿Me voy a Madrid?

—No.

—¿No reconoce la canción? ¡Se va a donde Agustín Lara canta Madrid! A México, donde usted va a estar muy bien.

El gobierno de Adolfo Ruiz Cortines avisó que estaba listo el permiso de ingreso de Palomar y de dos curas más. Los tres viajaron a Porto, Bahamas y La Habana; desde ahí se trasladaron a la ciudad texana de El Paso, cuyo refugio por una noche fue un lugar mítico: el hotel Paso del Norte. Pernoctaron en el mismo sitio donde habían estado el general Álvaro Obregon, el tenor Enrico Caruso, el periodista John Reed, la aviadora Amelia Earhart, la activista Eleanor Roosevelt o el presidente Richard Nixon. 

A los curas españoles no les importó demasiado. “Cómo estaríamos de nerviosos que nuestra última noche fuera de México no cenamos ni dormimos un solo minuto”.

UN REFRÁN

ES UN ATAJO

Es cierto que don Juan es hincha del Real Madrid y nostálgico de Di Stéfano, fanático de la zarzuela La Dolorosa de José Serrano y que se le hace agua la boca con la escudella barrejada de espinazo de cerdo, pero no le cales el orgullo diciéndole extranjero: desde hace ocho años trabaja en el que será último gran proyecto: El diccionario de refranes mexicanos. Y para eso saca de los cajones viejos refranes apuntados en sus días de sacerdocio, estudia libros con leyendas prehispánicas, revisa la escasa bibliografía local de paremiología (el estudio de los refranes) y emprende un ida y vuelta de cartas con 10 paremiólogos españoles que le ayudan a saber si los dichos son realmente mexicanos o adaptaciones de refranes ibéricos. Pone un caso: en México existe el “A quien le gustan los chicharrones, de oír chillar a un puerco se alegra”, que en España es “Quien quiere la col, quiere las hojas de alrededor”. Si es una adaptación cita los dos ejemplos, como para que nadie se sienta robado en su patrimonio cultural. “Un refrán es un atajo, ¿te das cuenta? Para una situación sacamos un refrán y nos quedamos tranquilos. Creo que somos flojos los de habla hispana”.

El ídolo de don Juan Palomar es un extraño personaje: Gonzalo Correas, un humanista español del siglo XVI que para escribir su Vocabulario de refranes y frases proverbiales iba al mercado de Salamanca y pedía a las personas que le vendieran por 2 reales los refranes que sabían. Oía y apuntaba. “Hacer un libro de refranes mexicanos no es fácil, porque hay mexicanos que creen que si te comunican algo que saben serás superior a ellos”. Para colmo, Juan no tiene para pagarles 2 reales.

No importa. “El proyecto de los refranes —dice con alegría infantil— me tiene más nervioso que el primer diccionario que escribí”. Lleva ya 3 mil 560 refranes mexicanos y 5 mil españoles que los mexicanos adaptamos. Y aún no acaba.

UNA A Y UNA E

Juan Palomar cruzó la frontera en 1957, llegó al DF y fue asignado a la Parroquia de la Medalla Milagrosa, recién construida en la colonia Vértiz Narvarte. 

—Y en esa época, ¿qué leía?

—Veamos —extiende la mano y se acerca a los lentes una minúscula caja de cartón repleta de libretas diminutas con hojas del tamaño de una tarjeta de presentación—. Saca una de portada azul marino y la abre en la primera página, un papel a rayas que en lo alto indica: “Libros que leo”. Bajo esa frase aparecen Flor de Santidad (Valle Inclán) y La Celestina (Fernando de Rojas). Reviso la libreta repleta de títulos y autores con una caligrafía diminuta, como hormiguitas indistinguibles. Montones de libros son enlistados metódicamente, divididos en apartados que corresponden a cada plaza donde fue sacerdote: Puebla, Mérida, Chihuahua; México, DF; La Fama, NL. Frente a mí discurren unos 400 títulos, alcanzo a leer Don Camilo (Guareschi), La ciudad y las sierras (Eça de Queiroz), El fracaso de la matemática moderna (Kline), España invertebrada (Ortega y Gasset), El pequeño libro rojo de la escuela (Hansen), El terapeuta radical (Agel), Obras completas (Shakespeare), La agonía del cristianismo (Unamuno), Historias de cronopios y famas (Cortázar). Libros de teología, sociología, estética, novelas, compendios de cuentos. Libros de autores del mundo entero y de cuanto tema uno se capaz de imaginar.

—Qué locura.

—Llevé la lista hasta 1989. Ahí dije “basta”.

—¿Un par de libros que lo hayan marcado?

—No te contestaré igual que el presidente (Enrique Peña Nieto) —se carcajea y se queda pensando—. El último que ves ahí arriba —señala el estante más elevado de su biblioteca—: La incógnita del hombre, de Alexis Carrel, una reflexión sobre el enigma que es el ser humano. Una maravilla.

La carrera sacerdotal de Palomar lo llevó como un péndulo del extremo norte al extremo sur de México en casi dos décadas de ejercicio. 

—¿Cuál era su estilo como cura?

—Tenía a mi iglesia atestada de gente.

—¿Cómo le hacía? 

—El secreto era acabar en 35 minutos y ¡fuera todo el mundo! No me iban las misas largas: como cura hablas ¡hasta cinco veces al día!, ¿qué tanto vas a decir? Un día (16 de julio) de 1969 me tocaba misa de ocho y el hombre estaba por llegar a la Luna. Estaba viendo la tele y ¡ya me tocaba misa! Me decía: “¡Joder, no aparece (el Apolo 11)! ¿Qué hago? ¡No puedo dejar a la gente sin misa!”. Llegué, en el sermón dije tres palabras, ¡apaga y vámonos! Volví y alcancé a ver cómo (Neil Armstrong) bajaba por la escotilla.


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