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Incendio en el Plan de La Llorona, 1910

En el lugar observaron la huella de un vaquero que venía desde donde estaba el incendio. Supusieron que era el autor del delito, por lo que los dos monteros, Víctor y Abraham, siguieron esas huellas, sin volver a reunirse con los que fueron a sofocar el incendio

Cronista Municipal de Reynosa

Al mediodía del viernes 21 de enero de 1910, Víctor Llamas junto con Blas Vargas y Abraham Cardoza cabalgaban por el Potrero de los Borregos, cuando divisaron hacia el sur un incendio. Supusieron de inmediato que era por fuera del potrero por donde iban y que era en el punto llamado como Plan de La Llorona, propiedad de la Compañía La Sauteña. 

Potreros y cercas de la Compañía Agrícola La Sauteña.Incendio en el Plan de La Llorona, 1910

Víctor, al igual que sus compañeros, eran monteros de esa Compañía Agrícola. El primero era originario de San Fernando y era un hombre casado de 43 años de edad, avecindado en el rancho La Llorona.

Víctor envió a Blas Vargas para el rancho a proveerse de agua y a traer a otro vaquero, para que les ayudase a sofocar el incendio. Inmediatamente con Abraham, un viudo de 39 años de edad originario de Méndez, se dirigió hacia donde estaba el siniestro, donde tuvieron que romper el alambre de la cerca; pues esa era la orden que tenían de la Compañía para esos casos.

    En el lugar observaron la huella de un vaquero que venía desde donde estaba el incendio. Supusieron que era el autor del delito, por lo que los dos monteros, Víctor y Abraham, siguieron esas huellas, sin volver a reunirse con los que fueron a sofocar el incendio. 

En el camino los alcanzó José María Cavazos, mayordomo de un campo de trabajadores en La Llorona Nueva, y quien se hacía acompañar de un mozo. Cavazos era originario de Cruillas, un hombre como de 42 años de edad, avecindado en La Llorona. Éste les preguntó qué era lo que hacían. Víctor contestó que iban siguiendo la huella de un vaquero.  

José María Cavazos y su acompañante también seguían la misma huella, la cual habían tomado desde el punto del incendio.  Estos dos habían divisado la lumbre desde un punto conocido como Laguna Nueva

    Los cuatro llegaron hasta el rancho La Pinta, en donde se encontraron con el vaquero Rosalío González, quien acababa de llegar con su caballo fatigado y sudoroso, por la carrera que había hecho.  

Cuando se le interrogó, Rosalío les dijo que venía con licencia y dinero del mayordomo del rancho la Nutria para ir a Congregación Garza, a donde se dirigía a comprar un fuste (montura). Éste les expresó que había pasado por los ranchos del Conejo, el Chapul, un punto llamado Las Latas y el Puerto en el Plan de La Llorona. Cuando pasó por ese último lugar, dijo que no vio ningún incendio, que ni siquiera había hecho lumbre para comer y que tampoco vio a nadie en el trayecto. 

   González llegó al rancho La Pinta a ver a sus padres de crianza.  

Víctor hizo dar unas vueltas al caballo que montaba el vaquero con objeto de comparar la huella, resultando ser la misma que habían seguido. Por estas razones, Rosalío fue presentado ante el Juzgado Constitucional de Reynosa el día 24 de enero de 1910. 

La averiguación

Al siguiente día, Rosalío González, de 27 años de edad originario de Matamoros y avecindado en el rancho del Conejo, declaró ante el Alcalde 1º Gerardo M. Gutiérrez. El acusado, descrito como trigueño, barbilampiño, de pelo y ojos negros, de un metro y 66 centímetros de altura, declaró que salió con el encargo del mayordomo de la Nutria al Conejo y de ahí llegó al Chapul, donde Francisco Velasco Garza le pidió le llevara una carta a su hermano Demetrio en Congregación Garza o Charco Escondido.  

    De las notas del primer Cronista de Reynosa, Donato Palacios, sabemos que Francisco Vargas fue un hombre de estudios, fue maestro en la Escuela Oficial en Reynosa y profesor de la Escuela Normal del Estado en Cd. Victoria. Actualmente los ranchos la Nutria y el Conejo se encuentran dentro del municipio de Méndez. El Chapul se encontraba en la parte sur del municipio de Reynosa.

    Rosalío tomó el camino real del Chapul a Congregación Garza, pero después de un punto siguió en travesía para ir al rancho La Pinta, pasando por El Puerto en el Plan de la Llorona. El vaquero mencionó que tal vez el incendio ocurrió porque en ese lugar había mucho zacate seco de fácil combustión y supuso como iba fumando, alguna chispa del cigarro o al arrojarlo haya sido la causa de la deflagración. El inculpado decía que no lo había hecho intencionalmente.

    Ese mismo día 25 de enero, el montero José María Cavazos declaró que, al siguiente día del incendio, el sábado 22, hubo otro incendio en la orilla del camino entre el Chapul y Congregación Garza, en propiedad de la Compañía La Sauteña. 

Cuando el montero fue a apagarlo con su gente vieron a distancia unos individuos que iban a caballo, uno de los equinos era de color canelo o “charaqui.” En la tarde habló con Prudencio Garza del Charco Escondido para que hiciera las investigaciones.  Dos días después decían que el culpable era un tal German Reyna de la jurisdicción de Méndez. 

El alcalde 1º, Gerardo M. Gutiérrez, por falta de pruebas contundentes dio la libertad bajo caución protestataria a Rosalío González el 27 de enero de 1910.

La sentencia inconclusa

Seis semanas después, el 10 de marzo de 1910, el Juez de 1ª Instancia en Matamoros, Lic. Juan Villarreal, reabriría el caso pidiendo que Rosalío González se pusiera en prisión, revocando el auto de libertad dictado a su favor en Reynosa. El Juez lo declaró formalmente preso por el delito de incendio. 

El Lic. Villarreal solicitó al presidente Municipal de Reynosa le informara sobre la conducta previa del acusado, pedía se le informara si se le había instruido causa alguna por algún motivo. Pidió se interrogara a los testigos Blas Vargas y a Francisco Velasco Garza, que se ratificaran las declaraciones anteriores en contra del acusado y los careos correspondientes. 

El Lic. Villarreal reclamaba que se nombraran peritos que valoraran los daños y que se practicaran las diligencias necesarias antes que le devolvieran la causa y remitieran al reo bajo custodia.   El Juez de Paz de Congregación Garza informó que el presunto responsable del incendio se encontraba en el rancho del Conejo en la jurisdicción de la villa Pedro J. Méndez, trabajando al servicio de la Compañía Agrícola La Sauteña.  El 18 de marzo se pidió al Alcalde 1º de esa villa para que ordenara la aprehensión del procesado. 

    El 8 de abril de 1910, el Alcalde 1º Suplente en turno en Reynosa informaba que no se había logrado la reaprehensión del procesado, ni la comparecencia de los testigos citados. A finales de ese mes, el Juez de Paz de Congregación Garza, notificaba que el testigo Francisco Velasco Garza estaba viviendo en Matamoros.

Las propiedades de La Sauteña

El latifundio Colonial conocido como La Sauteña abarcaba una gran extensión del Nuevo Santander, en lo que es hoy el Estado de Tamaulipas; incluía las tierras desde los límites de Nuevo León hasta el litoral costero del Golfo de México, entre las márgenes de los ríos Bravo y San Fernando. Si bien no incluía los fundos de los pobladores de las villas de Reynosa y San Fernando. Desde la penúltima década del siglo XVIII los propietarios ausentistas (de apellido Urizar) habían vendido la mayoría de sus tierras a lo largo del río Bravo y un cuadrado conocido como Santo Domingo, al sur de las Porciones de Tierras de la villa de Reynosa.

Algunos vecinos adquirieron tierras dentro del latifundio a través del gobierno del Estado desde la primera parte del siglo XIX cuando estaba en manos de la familia de apellido del Conde. Tal fue el caso del Charco Escondido adquirido por José María de la Garza Adame. Fue durante la penúltima década de los años de 1880, que los herederos de Mariano del Conde vendieron sus grandes extensiones de tierras a la “Sociedad Civil y en Comandita La Sauteña” y a otros particulares. 

Sería en mayo de 1907, que la mayoría de las tierras pasaron a manos de la “Compañía Agrícola La Sauteña, S.A.”, cuyo principal accionista fue el empresario Iñigo Noriega.  A finales del siglo XIX y principios del XX, los empresarios mantuvieron a raya a los antiguos vecinos de la región que ya poseían algunas propiedades dentro del territorio del latifundio.

 La Llorona, La Llorona Nueva (jurisdicción de Reynosa), La Nutria y el Conejo (jurisdicción de Méndez), mencionados arriba en el caso del incendio, eran parte de la Compañía Agrícola La Sauteña. Esos ranchos se encontraban en las secciones principalmente ganaderas de Reynosa. 

    A unos cuantos meses de que iniciara la Revolución Mexicana, el valor de los inventarios de los bienes de la Compañía Agrícola eran extremadamente superiores al del resto de los vecinos de Reynosa, según los expedientes de la Sección de Tesorería en el Archivo Municipal de Reynosa de ese año de 1910.

Presa en La Llorona, de la Compañía Agrícola La Sauteña a principios del siglo XX. 


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