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El quinto autobús de Iguala. Estrella Roja

En el quinto autobús podrían estar las respuestas al ataque y desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. En ese autobús viajaron ‘Relax’ y ‘El Fresco’, dos de los muchachos normalistas sobrevivientes al ataque en Iguala, quienes reconstruyen su estancia en el vehículo, la sospechosa actitud del conductor y de los policías que los obligan a bajar de él. Sus testimonios fueron recogidos por el escritor Tryno Maldonado, colaborador de emeequis, en el libro de su autoría Ayotzinapa. Los rostros de los desaparecidos, que editorial Planeta acaba de publicar y con cuyo permiso publicamos este capítulo.

  • Por: Tryno Maldonado
  • 23 / Octubre / 2015 - 08:22 a.m.
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El quinto autobús de Iguala. Estrella Roja

En cierto momento, los 14 muchachos escucharon las torretas de las patrullas a lo lejos, pero no le dieron importancia. El Estrella Roja siguió avanzando por la calle de Altamirano rumbo al Periférico Sur.

Relax se estaba arrullando con la marcha tersa del motor cuando el sonido de un celular lo arrancó de la modorra. Se tocó los bolsillos y se dio cuenta de que había olvidado el suyo.

¿Mi amor?, dijo el chofer.

Relax se incorporó en su asiento con el pelo revuelto y los ojos adormilados para escuchar con atención. El chofer del Estrella Roja le explicaba a alguien que decía ser su esposa la situación en la que se encontraba. Los muchachos de Ayotzi habían tomado su unidad. Ya no iría a Cuautla, su ruta de esa noche. Iría a Tixtla saliendo por el Periférico Sur hacia Chilpancingo.

Algo andaba mal, pensó Relax.

Mi amor, no sé cuántos días vaya a estar en Ayotzi con la unidad, dijo el chofer. Necesito que me traigas mis papeles.

Después de cortar la llamada, el chofer ralentizó la marcha, puso las luces intermitentes y estacionó la unidad con el motor encendido. No habían llegado aún al Periférico.

Muchachos, dijo en voz alta.

Los normalistas asomaron las cabezas por el pasillo.

Muchachos, tengo que hacer algo antes de salir a carretera.

Los activistas fruncieron el ceño. La actitud del operador los puso repentinamente de malas. El día de campo había terminado.

El Fresco, que era mayor que los pelones y miembro de la Cartera de Orden, se puso de pie y fue a ver qué era lo que quería aquel hombre.

Denme chance, dijo el chofer. Necesito que mi esposa me traiga unos papeles.

¿Papeles?, dijo El Fresco extrañado. A donde vamos no necesita papeles.

Apoyo la causa, dijo el chofer con las manos unidas. Apóyenme a mí.

Papeles, papeles… dijo El Fresco.

Los activistas parlamentaron algo y, no de muy buena gana, accedieron.

Tiene cinco minutos, chof. Ni uno más.

Pero los cinco minutos se extinguieron y nadie apareció por ahí. A los diez minutos de esperar en la calle los normalistas se estaban impacientando.

Esto está muy raro, dijo uno de los muchachos.

La alegría y la satisfacción iniciales se habían ido.

Sentados al filo de los asientos, muchos de los 14 miraban erguidos con las barbillas puestas en las cabeceras de los asientos de adelante.

Papeles… dijo El Fresco otra vez y chasqueó la lengua.

Los activistas se veían ansiosos. Miraban por las ventanillas con sospechas.

Se gastó sus minutos, chof. Arranque.

Mi mujer viene en un taxi. Ya no tarda.

Quince minutos y contando.

Pero… dijo.

Arranque.

Eran más de las 22:00 horas cuando sonó el celular del Fresco.

¡Nos están disparando!, dijo Güicho. Acaban de matar a uno.

Del otro lado de la línea llegaban las series de detonaciones aumentadas varias octavas del tono real por la pequeña bocina.

Ver....

Los 13 estudiantes vieron la cara empalidecida del Fresco y eso bastó para que entraran en pánico. Estaba todo dicho.

¡Arranque de una vez!

Pero…

¡Písele!

Los activistas perdieron la compostura al enterarse de lo que sucedía en Juan N. Álvarez con tres de los camiones. Los nervios se propagaron. Relax dejó su cómoda posición en el primer asiento. Se irguió, las rodillas apoyadas en el sillón, atento.

El Estrella Roja arrancó a una velocidad considerable hasta alcanzar por fin el Periférico Sur. Avanzaban por el Periférico cuando los normalistas notaron un comportamiento errático en la circulación. Los coches se echaban en reversa a lo lejos, daban la vuelta, y volvían en sentido contrario. Avanzaban cautos, las preventivas encendidas, y hacían titilar las luces altas como prevención de algo. Cuando pasaban junto al Estrella Roja realizaban señas para que se devolvieran. Relax vio cómo uno de los conductores de esos carros hizo ademanes de armas de fuego con las manos. Adelante había ocurrido una balacera.

El Fresco recibió una segunda llamada. Era Acapulco, desde Juan N. Álvarez.

¡Regrésense a ayudarnos!, dijo desesperado. ¡Nos están disparando!

A unos 100 metros de distancia del puente elevado conocido como el Chipote, cerca del Palacio de Justicia de Iguala, los tripulantes del Estrella Roja vieron las luces de las torretas de al menos tres patrullas. Un tumulto de coches de civiles había sido detenido. Una motocicleta atravesada en el carril bloqueaba el paso y el tráfico era devuelto por donde había llegado. Se distinguía bajo el puente una cortina de neblina o tal vez de humo.

Los muchachos ordenaron al chofer que diera vuelta de inmediato. Volverían para apoyar al convoy de Juan N. Álvarez.

El Estrella Roja se enfrascó en realizar la complicada maniobra para girar ciento ochenta grados en el tráfico. Entre la llovizna y las luces de colores de las patrullas, los pelones comprobaron con terror que el vehículo que se hallaba en el epicentro del cerco de la policía no era otro que el Estrella de Oro 1531 en el que casi todos ellos habían salido esa tarde de Ayotzinapa. Estaba baleado, vacío y sin luces. Quedó detenido como el cascajo de una ballena encallada sobre el carril derecho de la carretera.

Mierda.

No sólo eran municipales los que custodiaban la zona debajo del puente, sino policías federales y ministeriales.

Paisas, dijo El Fresco desde la cabina para alertarlos. Quítense las playeras.

Estaba sudando.

¿Qué pasa?

Una patrulla. Que no vean que somos de Ayotzi.

Los 13 muchachos obedecieron. Se empalmaron las camisetas que habían usado como pasamontañas sobre las que ya traían puestas.

Una patrulla federal le dio alcance al Estrella Roja por el carril izquierdo. El camión debió hacer alto.

No digan nada, dijo uno de los estudiantes. Hagan como que son pasajeros.

Los policías de la patrulla se apearon. El chofer abrió la compuerta neumática y bajó al arcén. El aire fresco de la noche se filtró como un fantasma que les provocó escalofríos en la espina.

Mientras platicaban despreocupados, chofer y policías miraban descaradamente hacia el Estrella Roja y a sus pasajeros. Al interior, la atmósfera no podía estar más electrificada. Los jóvenes corazones latían como uno solo y, por su intensidad, era casi posible escuchar ese latido colectivo al exterior. Ahora más que nunca les resultaba sospechosa esa llamada a la supuesta esposa del operador. ¿Qué tanto hablaba ahora con los policías? Y más sospecha adhería el hecho de que su autobús, el Estrella Roja 3278, hubiera sido el único de los cinco que salió intacto esa noche. Había sobrevivido sin un rasguño al complejo operativo de persecución, al vasto despliegue de brutalidad y acribillamiento montado por el Estado contra los normalistas para evitar que salieran, vivos o muertos, de Iguala esa noche, en los autobuses tomados.

Incluso un sexto autobús, de la empresa Castro Tours en el que viajaba el equipo infantil de los Avispones de Chilpancingo fue acribillado sin piedad después de las 23:00 horas, a la altura del cruce de Santa Teresa de la misma carretera. El equipo de futbol había sido confundido con normalistas. En el ataque murió uno de los niños, el conductor y una mujer, dejando a muchos heridos de gravedad.

¿Todas las corporaciones policiales y la inteligencia del Estado, los pistoleros del narco y el Ejército trabajando en coordinación y conjunto esa noche en Iguala para llegar a este último camión Estrella Roja y, cuando lo tienen delante como a los otros que acababan de despedazar a tiros, simplemente dialogan con el chofer y no lo tocan?

Para nadie era un secreto que se hallaban parados en el epicentro de uno de los mayores centros de cultivo de amapola y producción de goma de opio del continente. Tampoco que Iguala fuera el inicio de la ruta de heroína hacia Chicago. ¿Era eso? ¿Había un cargamento de heroína o de dinero sembrado en el Estrella Roja?

Lo cierto es que, durante la posterior investigación del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Estrella Roja presentado por el Estado mexicano como prueba no coincidía con el Estrella Roja de esa noche. Había desaparecido.

A Relax algo le olía tan podrido como el basurero en el que había nadado esa mañana.

Vamos a tener que bajar, dijo El Fresco.

¿Qué?

Actúen como si nada, paisas. Acuérdense, somos pasajeros.

Fueron arremolinándose en el pasillo. Se mordían las uñas o se tocaban mucho la cara. Pero nada más poner un primer pie sobre el suelo mojado de la carretera, el plan se vino a pique. Los catorce muchachos fueron venadeados con linternas y encañonados a unos seis metros de distancia por policías armados con pistolas 9 milímetros y fusiles AR-15.

Muévanse, cabrones, dijo un policía. Nada más muévanse y verán.

Somos estudiantes, dijeron. Vamos rumbo a Chilpancingo.

Hagan una pendejada y verán.

Vamos de vuelta a Ayotzinapa. Déjennos salir.

Hijos de la chingada, dijo otro de los policías. Pero querían venir a hacer su desmadre, ¿no?

Fueron momentos de alta tensión.

A ver, atrévete a disparar, dijo uno de los muchachos de pie sobre la carretera.

Se hicieron de palabras.

En lo que duró la bronca de gritos e insultos de ambas partes, varios de los catorce normalistas fueron recogiendo piedras de la cuneta que les quedaba a la mano.

Tiren esas piedras, cabrones, gritaron de repente los policías sin dejar de encañonarlos.

Los normalistas enseñaron las palmas vacías a la altura de los hombros.

Pendejo, dijeron ellos. ¿Por qué nos apuntas?

Pinches vándalos. Bola de revoltosos.

Baja tu arma, cabrón.

Hubo un segundo de duda entre los policías.

Los muchachos comenzaron a dar pasos hacia atrás, de espaldas sobre la cinta de asfalto. Retrocedían con mucha cautela. Las suelas de sus zapatos derrapando por momentos en el suelo mojado por la llovizna persistente que no se decantaba por completo.

Desde atrás, provenientes de Iguala, se dieron cuenta de que se aproximaban en su dirección tres patrullas más.

Relax cerró los ojos y meneó la cabeza. Suspiró. Por su mente cruzó la idea de que, para él y para sus compañeros, allí había terminado todo. El final había llegado a sus dieciocho años y él, sin más remedio y con cierta pereza, le daba la bienvenida.

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