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El quinto autobús de Iguala. Estrella Roja

En el quinto autobús podrían estar las respuestas al ataque y desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. En ese autobús viajaron ‘‘Relax’’ y ‘‘El Fresco’’, dos de los muchachos normalistas sobrevivientes al ataque en Iguala, quienes reconstruyen su estancia en el vehículo, la sospechosa actitud del conductor y de los policías que los obligan a bajar de el. Sus testimonios fueron recogidos por el escritor Tryno Maldonado, colaborador de emeequis, en el libro de su autoría Ayotzinapa. Los rostros de los desaparecidos, que editorial Planeta acaba de publicar y con cuyo permiso publicamos este capítulo.

  • Por: Tryno Maldonado
  • 22 / Octubre / 2015 -
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El quinto autobús de Iguala. Estrella Roja

A las 20:35 de la noche del 26 de septiembre, Bernardo Flores, titular de la Cartera de Lucha, recibió una llamada de auxilio. Diez de los normalistas que habían tomado un camión en el entronque de Huitzuco fueron secuestrados al interior de la terminal de Iguala. El Estrella de Oro 1568 arrancó a toda velocidad desde los alrededores de la caseta de Iguala para ir a liberarlos. El Estrella de Oro 1531 en el crucero de Huitzuco hizo lo mismo.

Vamos a sacar a nuestros compañeros de la terminal, dijo Bernardo Flores. Es el objetivo. Después nos regresamos a Ayotzi. Ya saben lo que hay que hacer. No deben separarse. ¿Entendido? 

Las más de 45 cabezas en el Estrella de Oro 1568 asintieron en silencio.

Minutos después de las 21:00 horas, los estudiantes se embozaron las cabezas con las camisetas y bajaron a toda prisa en los andenes de la terminal. Liberaron con piedras a los diez detenidos y decidieron que, ya que estaban en el nido de las líneas de autobuses, no se irían con las manos vacías.

Estamos en la mera mata, dijo uno, frotándose las manos. 

Fue así que los casi cien muchachos se repartieron a toda prisa. Güicho, el delegado del Comité que se sentía responsable por sus paisanos de Xalpatláhuac, hizo subir al Estrella de Oro 1568 a sus amigos Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Marcial Pablo Baranda y Jorge Luis González Parral. A su pequeño hermano Doriam González Parral no le había permitido bajar del autobús en ningún momento porque consideraba que sería una actividad peligrosa.

Fueron tres los nuevos autobuses que tomaron los normalistas. Dos de la línea Costa Line, con números económicos 2510 y 2012. Y, además, entre las prisas y el caos, catorce muchachos se apropiaron de un Estrella Roja adicional con número 3278, ya enfilado hacia la salida y con el motor en marcha.

Ese Estrella Roja 3278 fue el único de los cinco autobuses que tomó la salida correcta, la del arco sur por la calle de Altamirano, con la intención de alcanzar la carretera a Chilpancingo.

Los otros cuatro autobuses salieron por la entrada, en dirección norte, imitando al chofer del Estrella de Oro 1531 que por meras circunstancias quedó a la cabeza del convoy.

En la nueva repartición de estudiantes en la terminal hubo confusión. Muchos de los normalistas se separaron de su grupo original. Iban con las caras cubiertas por las playeras que debían portar durante las actividades de lucha. Casi nadie se reconocía en los momentos de mayor prisa y tensión. Tenían que actuar rápido. La policía había recibido reportes de su presencia en la estación.

* * *

Relax es un muchacho esmirriado y de aspecto soñoliento del pueblo de Amolonga. Dieciocho años. Es capaz de aprender en un día a programar en distintos códigos sin jamás haber tenido una computadora en su casa, pero tardaría otro día más en levantarse de la cama si de ello dependiera su vida. Su padre es un ingeniero en Sistemas graduado del Politécnico Nacional que optó por abandonar su carrera y regresar a la vida de campesino en las tierras de su padre en Amolonga. Fue así que Relax aprendió el trabajo del campo. Sembrando jitomate con su padre y, algunas temporadas, como jornalero sin derechos en los campos de Baja California por unos pocos pesos.

Relax es alumno de recién ingreso de la generación 2014 y uno de los veinte miembros de la Casa del Activista. La decisión de entrar a Ayotzinapa la tomó en parte por solidaridad con su mejor amigo de la infancia, Marco Antonio Gómez Molina, a quien conocían como el Pelón por su frente amplia, pero que en Ayotzi fue bautizado como el Tuntún. Marco Antonio mide metro cincuenta. Relax y Tuntún se dejaron de dirigir la palabra en la secundaria por un lío relacionado con una novia. Se reencontraron en el Conalep durante la preparatoria, pero no se hablaban más que para lo imprescindible. No fue sino hasta poco antes de decidir que viajarían a la semana de prueba en Ayotzinapa desde su natal Amolonga, que los dos amigos de la infancia se reencontraron. Marco Antonio Gómez Molina, El Tuntún, es uno de los normalistas desaparecidos del Estrella de Oro 1568.

La mañana del 26 de septiembre de 2014 el grupo de Relax, el C, tuvo su primera clase del año lectivo, de 9:00 a 12:00. Después de clase, a los seis activistas de su grupo la Cartera de Higiene los envió a trabajar en los basureros. Debían recolectar las botellas de Pet para reciclarlas, una práctica cotidiana de la Normal. Los activistas del grupo C que acompañaron a regañadientes a Relax hasta el basurero fueron Patrón y Ometepec, así como los desaparecidos Luis Ángel Abarca Carrillo, El Amiltzingo; Jorge Álvarez Nava, El Chabelo, y Jhosivani Guerrero de la Cruz, también conocido como El Coreano. 

Del salón de clases se dirigieron hasta el almacén de la Cartera de Higiene por los rastrillos para barrer y, así, sin muchas ganas, Relax y los otros se metieron al basurero de la Normal, detrás de la zona de lavaderos.

Qué asco, dijo Relax.

Podría estar peor, paisa, dijo Jorge Álvarez. Podrían ser los chiqueros.

Peor que esto imposible, dijo Jhosivani.

Ya, paisas, dijo Patrón, siempre imperativo. A trabajar. Entre más rápido terminemos, mejor.

La basura les llegaba hasta las rodillas y debían caminar alzando pesadamente las piernas como astronautas en la Luna. Llevaban rastrillos de aluminio para barrer hojarasca que ellos utilizaban para segregar los desperdicios en busca del valioso plástico de reciclaje. Era tan denso el mar de basura que, en el lapso de una hora, tres de los rastrillos se rompieron. Cada hallazgo lo gritaban. Iban echando en cajas las botellas de Pet y otros se encargaban de trasladar las cajas llenas a los contenedores más grandes.

Aunque jamás rehuían del trabajo, Jorge y Jhosivani fueron los dos activistas de nuevo ingreso que más padecieron entre los desperdicios. Eran de los más aprehensivos. Jhosivani caminaba entre la basura con su porte de practicante de artes marciales, cuello largo y estilizado, de carácter nervioso e introvertido. Visto de lejos, Jhosivani parecía un tímido Bruce Lee de Omeapa practicando tai-chi entre la basura. Cuando parecía que reía, Jhosivani en realidad se moría de nervios.

Jorge Álvarez, por su cuenta, no dejaba de cantar mientras rastrillaban los papeles, las latas y la porquería para alegrarles la mañana a sus colegas. De hecho, casi nunca dejaba de cantar. Lamentaba cada día no haberse llevado al internado su guitarra Yamaha. Cuando los activistas empezaron a tararear la letra de la misma canción que cantaba Jorge, supo que lo había conseguido. El buen Jorge. Así era. Amable y empático. Por eso era tan querido entre los de primero.

Una hora y media más tarde, olorosos desde los pies hasta la coronilla, los activistas corrieron a bañarse. Normalmente hubieran tenido que hacer una enorme fila para tomar un turno en las regaderas, pero ese día el baño de la Casa del Activista era todo para ellos. Se tomaron su tiempo y se lavaron a conciencia. Tendrían una reunión más tarde con un COPIS, pero nunca llegó. El resto del día lo tuvieron libre.

A las 13:40 se reencontraron los activistas en el comedor. En pocos minutos, ya eran veinte los muchachos repartidos en dos mesas. La imagen de Lenin, Lucio Cabañas y Marx a sus espaldas.

Por la tarde, alrededor de las 17:30, Relax corrió al estacionamiento de la Normal para la actividad de lucha de la tarde y no tuvo tiempo de cambiarse. Llevaba el pantalón de mezclilla azul desteñido con bolsas de cargo en los costados con el que había nadado entre los desperdicios. Olía de veras mal. Cuando se subió a uno de los dos autobuses Estrella de Oro que esperaban con los motores encendidos, los muchachos así se lo hicieron saber. Los que estaban a su lado se taparon la nariz o se alejaron.

¡Puercos!, gritó el Komander cubriéndose la cara con la camiseta cuando subió al camión. ¿Quién comió rata?

Relax se hundió en su asiento, abochornado.

Los miembros de la Casa del Activista de recién ingreso jamás se separaban. Los veinte subieron a los dos autobuses con el resto de los alrededor de setenta pelones. Ninguno de los activistas pensaba dejar a sus amigos.

Las actividades de lucha como aquella eran producto del consenso de las bases. Es decir, de los más de cuatrocientos alumnos de la Normal. Ningún profesor ni director tenía injerencia alguna sobre las actividades de los normalistas.

Esa noche, los normalistas se repartieron en el corazón de la terminal de Iguala en cinco camiones. El Relax, que llegó en el Estrella de Oro 1531, se tomó todo el movimiento con calma, por lo que no alcanzó a subir en los primeros dos Costa Line.

Miren allá, dijo uno de los activistas que seguían de pie en el patio de los andenes.

Relax y su grupo creyeron tener la mejor fortuna de todas cuando miraron hacia la dirección opuesta en que se desarrollaban las maniobras con los autobuses. Mientras los demás pelones corrían en desorden a tomar los dos Costa Line con números 2012 y 2510, el Relax, siempre sereno y sin prisas, divisó con sus compañeros un rutilante ómnibus Estrella Roja en el sector este de los andenes. Marchaba a vuelta de rueda y ya iba listo para partir por la puerta sur.

No podía creer semejante suerte.

Los otros cuatro autobuses se hicieron enredos para conseguir salir en fila por la puerta equivocada, la puerta de entradas, en dirección norte. El suyo saldría como en un día de campo. Ese tipo de placeres era lo que Relax disfrutaba más de la vida. Mayores resultados al menor esfuerzo.

Relax fue el último en subir al Estrella Roja 3278, quitarse la capucha y recostarse a pierna suelta sobre los dos asientos delanteros, justo detrás de la cabina del operador.

Buenas noches, chof, dijo Relax.

Buenas, muchacho.

Apóyenos con la causa.

¿Ayotzi?

¿Hay otra?

Arránquese pues, mi chof, dijo uno de los activistas.

El chofer obedeció de inmediato. Ah, la vida era buena.

En ese Estrella Roja viajaban, entre otros pelones de la Casa del Activista, el Fresco, el Mañas, Cartílago, Scrapy, el Soto, el Cacahuate, la Chiquis, la Jenny, Fox y el Corne. Creyeron que la noche para ellos había terminado. Le indicaron al operador que tomara rumbo a casa con la idea fija de que el resto del convoy los alcanzaría tarde o temprano. Pidieron al chofer que pusiera una película y los catorce normalistas se recostaron a sus anchas en dos asientos por cada uno.

Volvían contentos y con la misión cumplida.

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