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72 horas de caza a la familia de El Mencho: la última batalla del Gobierno contra el narco más buscado

La detención de la esposa del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación desata la furia de su hija, que ordena el secuestro de dos marinos, y la respuesta del Ejército, con un municipio sitiado y la persecución de su núcleo más cercano

72 horas de caza a la familia de El Mencho: la última batalla del Gobierno contra el narco más buscado

La operación de caza a la familia de El Mencho se ha producido en un contexto fundamental para las relaciones entre Estados Unidos y México. El despliegue militar se ha ordenado solo tres días antes de que se sentaran a negociar sobre seguridad y migración los presidentes de los dos países y Canadá. Y en la misma semana en la que se han difundido las cifras récord de muerte por sobredosis —en su mayoría por fentanilo— en Estados Unidos. Los informes de la Agencia Antidrogas estadounidense (DEA) señalan desde hace años a dos principales cárteles mexicanos involucrados en una de las epidemias, la muerte por opiáceos, que avanza con más fuerza que el coronavirus. El cartel de Sinaloa y el de Jalisco Nueva Generación son los verdugos de una tragedia que se ha convertido en prioritaria para Washington, donde la estrategia pacífica del mandatario mexicano, Andrés Manuel López Obrador contra los capos de la droga — “Abrazos y no balazos”, es el eslogan— no ha sido bien recibida, especialmente entre los republicanos.

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López Obrador prometió detener la cacería de los capos de las organizaciones criminales a su llegada al poder. Pues la guerra contra el narco, que emprendió Felipe Calderón en 2006 y que continuó Enrique Peña Nieto (de 2012 hasta 2018) ha sembrado de cadáveres el territorio nacional y ha dejado casi 100.000 desaparecidos. Descabezar a los principales cárteles ha pulverizado el crimen organizado en microcélulas que desatan el terror en todo el territorio nacional, con cifras récord de homicidios que rondan un centenar cada día. Pero esta estrategia ha tomado un nuevo giro, al menos esta semana. El Mencho, uno de los hombres más buscados por Estados Unidos, por quien la DEA aumentó el año pasado una recompensa de 10 millones de dólares, se ha convertido en el nuevo objetivo prioritario.

El secuestro del personal de la Marina ha desatado una batalla que creían ganada con la captura de Rosalinda González. El narco se ha atrevido a amenazar a la institución mejor valorada por los ciudadanos, la que consideran menos corrupta y eficaz. Y el Gobierno ha respondido con una persecución dirigida hacia el núcleo familiar del capo. Una decena de casas cateadas estos días y el cerco a través de helicópteros militares sobrevolando Zapopan bajo para dar con los presuntos autores materiales de semejante afrenta al Estado: Laisha Oseguera y su novio, Christian Gutiérrez. Los dos marinos todavía continúan desaparecidos.

Un despliegue militar para cercar a El Mencho, que hasta ahora se había movido con aparente tranquilidad mientras su negocio crecía. Excepto por las operaciones de inteligencia financiera en su contra, diseñadas por la DEA en colaboración con el Gobierno mexicano, el congelamiento de cuentas y la captura de parte de sus operadores financieros, Los Cuinis —hermanos de su esposa—, encargados del blanqueo de dinero, la localización del líder del cartel o de su núcleo más cercano no había sido una prioridad del Gobierno mexicano. Como tampoco lo ha sido la captura de sus rivales, los líderes de Sinaloa: Ismael  El Mayo Zambada —el único capo fundador con más de 40 años de carrera criminal que nunca ha sido detenido— y los hijos y herederos del imperio de Joaquín  El Chapo Guzmán, apodados  Los Chapitos, Iván Archivaldo, Alfredo y Ovidio Guzmán. Tampoco el histórico narco sinaloense, Rafael Caro Quintero, por el que la DEA ofrece la recompensa más alta de la historia, 20 millones de dólares, después de que quedara libre en 2013 por un conveniente defecto de forma en una sentencia.

Mientras la caza a la familia de El Mencho sitiaba una de las zonas más exclusivas de Jalisco, el gobernador, Enrique Alfaro, asistía como anfitrión al Torneo de Maestras de tenis, celebrado en Guadalajara esta semana. Y se enteró de que Zapopan estaba tomado por el Ejército por las redes sociales. Otro golpe, esta vez político, del Gobierno de López Obrador a uno de los mandatarios estatales opositores que encabeza una alianza conservadora contra la agenda del presidente. “Nosotros estamos en comunicación permanente, pero esos son operativos que organiza el Ejército sin avisar, de manera independiente por razones que todos entendemos”, ha reconocido Alfaro este jueves ante la polémica por su escasa participación en el caso.

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El cerco de Zapopan, un rincón residencial donde los empresarios y los narcos se cruzan en el centro comercial, comparten jardín o llevan a sus hijos a las mismas escuelas, recuerda a la época más turbia del narcotráfico en Jalisco. El doctor en Derecho de la Universidad de Guadalajara y miembro del Observatorio de Seguridad y Justicia estatal —y uno de los pocos que decide dar su nombre ante un diario estos días—, Rubén Ortega, señala que Guadalajara ha sido siempre una capital gobernada por el narco, con una impunidad casi total: “Aquí detuvieron a Félix Gallardo, aquí hacía su vida Rafael Caro Quintero y aquí viven e invierten en muchos negocios los narcos más poderosos del país. Las escenas de estos días recuerdan a los peores tiempos de los ochenta y noventa. Pero el poder del narco en la zona no se ha detenido”.

Ortega señala la última emboscada a un capo mexicano justo en esta zona privilegiada de las afueras de Guadalajara. Ignacio,  Nacho, Coronel, conocido también como el  Rey del cristal, fue el  número tres del cartel de Sinaloa, debajo del Chapo y El Mayo. El Mencho trabajó para él en su época dorada, antes de fundar su propia organización. Coronel fue responsable del principal tráfico de metanfetaminas hacia Estados Unidos durante al menos 12 años, hasta que fue abatido el 29 de julio de 2010, justo en Zapopan durante un tiroteo con el Ejército mexicano.

El Estado de Jalisco, que encabeza la cifra negra de desaparecidos en el país, que tiene a sus instituciones forenses saturadas con miles de cuerpos sin identificar, que desde hace unos años sus barrios más pobres amanecen cada día con embolsados, fosas comunes, balaceras y narcomantas, vive ahora la última batalla del Gobierno contra uno de los cárteles más poderosos. Y los tanques no se han movido un milímetro de la ciudad, esperando una respuesta violenta de uno de los narcos más sangrientos de los últimos años.



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