Editoriales

El dueño del PT

  • Por: RAYMUNDO RIVA PALACIO
  • 07 AGOSTO 2011
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Entregado a Andrés Manuel López Obrador para que le inyecte oxígeno, dinamismo y seguidores al Partido del Trabajo, se le suele descalificar como un oportunista sin escrúpulos.
Pero la biografía política de Anaya es mucho más que esa caricatura de su vida; es la de una izquierda maoísta que ha sido autora de las turbulencias sociales más importantes en el país en los 15 últimos años.

Anaya no es un dirigente que salió de la nada, como si lo hubiera inventado Raúl Salinas de Gortari en los 70s y fuera una marioneta de su hermano, Carlos, el expresidente, con quienes tiene una relación personal, fluida y de cercana.
Anaya fue uno de los dirigentes de lo que los estudiosos de movimientos sociales en América Latina consideran una de las experiencias urbanas más importantes del Continente, que tuvo el apoyo directo del hoy repudiado mandatario, Luis Echeverría, quien estimuló y financió la creación de una izquierda social en México que hoy, como antes, toma como causa la lucha por los pobres.

Los 70s son el punto de inflexión entre una izquierda perseguida y asesinada, y una que encontró, al repudiar la vía de las armas, cauces legales para su desarrollo.
Anaya pertenece a esta última, cuyo núcleo intelectual surgió de la Facultad de Economía de la UNAM de la mano de la corriente Política Popular (PP), donde figuraban Hugo Andrés Araujo, Gustavo Gordillo y Rolando Cordera, bajo el liderazgo de Adolfo Orive, hoy coordinador del PT en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, y que fue guía ideológico de movimientos populares y armados, entre los que se incluyeron Tierra y Libertad en Monterrey, donde participó Anaya, y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas.

La PP surgió antes del Movimiento Estudiantil de 1968, y coincidieron en la UNAM con un grupo de personas que iniciaron su camino al poder: Carlos y Raúl Salinas, Manuel Camacho y Emilio Lozoya, con quienes se cruzarían nuevamente a mediados de los 70s.
La matanza de Tlatelolco y la represión del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz al movimiento, provocó la diáspora de ese grupo, mas no su disolución.
Anaya regresó a su natal Durango, donde fue un brigadista de la incipiente Línea de Masas, un movimiento campesino de corte maoísta que recibió el apoyo económico y político del entonces presidente Echeverría, de su secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia, y más adelante del expresidente José López Portillo.

Anaya llegó a Monterrey en 1971, donde una helada mañana del 28 de marzo de 1973, junto con mil 500 personas invadió unos terrenos entonces inhóspitos en las faldas del cerro Topo Chico en donde fundaron la colonia Tierra y Libertad, que sirvió como el centro coordinador del movimiento urbano que lleva su nombre.
No fue esa una primera invasión de tierras, ni el síntoma de un fenómeno social, sino la conclusión de la primera etapa de una revolución urbana.

Tierra y Libertad nació formalmente tras dos años de invasiones de tierras, realizadas principalmente por campesinos inmigrantes de Coahuila, San Luis Potosí, Tamaulipas y Zacatecas que tenían el sueño de cruzar a Estados Unidos.
No llegaron y no tenían donde vivir, pues las reformas echeverristas de vivienda para los más desprotegidos, fracasaron en sus objetivos finales ante la fuerza del Grupo Monterrey, que tenía políticas paternalistas de vivienda con sus sindicatos blancos, y con el sindicalismo oficial de la CTM y la CROC.

La invasión en Topo Chico fue la novena, y la que cambió el rumbo del movimiento urbano de posesionarios.
Orive estuvo en Monterrey en el adiestramiento ideológico, y algunos de sus alumnos abrieron brecha.
Araujo, diputado y senador del PRI, dirigente de la CNC durante el gobierno de Salinas, fue enviado por Orive a Coahuila, donde se convirtió en arquitecto del experimento comunista en Badiraguato, en la Comarca Lagunera, apoyado con trabajo y dinero por los hermanos Salinas.
Gordillo fue subsecretario de Agricultura y de la Reforma Agraria en los 90s, y hoy colabora con Camacho en el DIA, que coordina las fuerzas de izquierda, desde donde intentaron políticas que beneficiaran al campesinado.

Anaya utilizó la experiencia de la PP en la fundación de la Coordinación del Movimiento Urbano Popular, que es un gran paraguas de organizaciones de izquierda, varias de ellas radicales, donde coincidió con una dirigente de colonos de Iztapalapa, Clara Brugada, hoy delegada por el PT en esa delegación.
La Conamup, que es su acrónimo, nació en 1980 y prácticamente murió entre los escombros del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, donde vio en el surgimiento de una coordinadora de damnificados, con René Bejarano como uno de sus principales líderes, su relevo como articuladora de movimientos urbanos.

Anaya debió haber comenzado a eclipsarse en la parte final de los 80 y principios de los 90, cuando sus apoyos de Los Pinos con mandatarios que se identificaban con la izquierda social, dejaron el poder.
El presidente Ernesto Zedillo, que nunca abrazó ningún movimiento de izquierda, rompió lazos con ella, no sólo por definición ideológica, sino por desinterés.
Zedillo, paradójicamente, le dio viabilidad política a López Obrador, cuando obligó al PRI a no impugnar su candidatura a la jefatura de gobierno del Distrito Federal en 2000, pese a violar la ley electoral por carecer de residencia.

En López Obrador, quien cuando él movilizaba campesinos en Nuevo León con ideología maoísta, él era representante del Instituto Nacional Indigenista en Tabasco y colaborador de un gobernador salinista, con un corte de izquierda social, Enrique González Pedrero, encontró su vida transexenal.
Con sus viejos aliados fuera del poder y sin recursos para sobrevivir como partido, se recargó en López Obrador, heredero de toda esa cultura que emanó de las luchas sociales y urbanas de los 70s, a quien le entregó el Partido del Trabajo, que fundó en 1990 aún bajo los auspicios de los Salinas, y le encomendó su futuro.



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