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El futuro se vislumbra ‘verde’

“Los mejores placeres suelen ser verdes”, terminaba El Manifiesto Pacheco que Juan Pablo García Vallejo escribió en 1985. El texto que él mismo imprimía y repartía en toda convención para discutir la legalización de la mariguana, empezaba justo con una declaración de principios –“No hay peor mariguana que la que no se fuma”– y continuaba con una tesis: “El uso de la hierba debe ser un acto de libre conciencia”.

  • Por: Redacción
  • 09 / Noviembre / 2015 -
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México, D.F.

Por todo el país este Manifiesto fue leído y comentado durante tres décadas en una mezcla de chacoteo y suspiros por un futuro jamás vislumbrable: que la mota se fugara de los dos mercados, el ilegal-mafioso y el legal-estatizado. Que fuera un bien gratuito.

Eran los años en que “conectar” requería de plantarse entre las columnas de una plaza comercial medio derruida en espera de que llegara hasta ahí un dealer, necesariamente un cuarentón con colita de caballo que te entregaba un ladrillo de pasto envuelto en periódicos.

Tras un viaje nervioso por estar cometiendo un delito, se procedía a descubrir que la mitad de la briqueta verdosa contenía ramas, semillas y, a veces, papel de baño.

En los años en que el Manifiesto circuló de mano en mano, de humo en humo, se construyó un discurso que validaba la legalidad de este peculiar uso del cáñamo.

En contra de su uso abonaban los estereotipos del pacheco asociado a los soldados, al delito, la vagancia, y cuyos efectos no eran sólo personales sino colectivos.

A la mariguana se le ve como “puerta” para drogas más fuertes, una adicción y una enfermedad, y se clama por “la prevención” y “el tratamiento”. Las estadísticas, sin embargo, están del lado de los pachecos: cero muertes por consumo, 90% de los usuarios no desarrolla adicción y, bueno, en medio siglo de atizarle macizo, la esquizofrenia nunca aumentó del 1% de la población mundial.

Es hasta 2001 que el Manifiesto pasa a la manifestación. Con una convocatoria de boca en boca –de churro en churro–, la Alameda de la Ciudad de México congrega a más de 2 mil chavos que reivindican la libertad individual de “ponerse” y señalan en carteles hechos a mano el núcleo libertario de la elección personal:

“No queremos que nos protejan de nosotros mismos”.

Convocada por la Asociación Mexicana de Estudios de la Cannabis, dirigida por Leopoldo Rivera, Ricardo Sala, Jorge Hernández Tinajero y Julio Zenil, el acto de libertad es encender toques en la vía pública. Se reta así la decisión de la autoridad: “No somos adictos, somos usuarios”.

Pero el movimiento enfáticamente político es de los pachecos. Hay varias razones posibles: es una droga que se comparte, a diferencia de la cocaína, que se consume en su propio egoísmo; es una droga que ayuda a pensar el mundo más allá de los límites corpóreos y, además, se puede cultivar. No hay propuesta de cultivo para la cocaína porque se necesitaría un ingeniero químico para sintetizarla en la forma en que se extiende: en polvo.

Se le atribuye, por contraste, un valor cultural a la mariguana como opuesta a la cocaína, la piedra, el crack, las pastillas: es ancestral, liberadora, comunitaria. Da ataques de risa, de introspección, donde los enigmas de la existencia llegan a tener respuestas iluminadoras.

Es lo contrario de la experiencia neoliberal, de agentes de casas de bolsa, con la coca: competir, seguir hacia adelante, estar eufórico con la versión más sagaz de ti mismo, sí, de ése, al que ya se le trabó la mandíbula y retó a golpes al espejo. No, nuestra hierba ahora es orgánica, hidropónica –“de que te pone, te pone”–, y se empata con la preocupación por el calentamiento global, la epidemia de lo transgénico, el regreso a la tierra.

En México, el avance de las libertades no ha sido por la vía política, sino por la económica, y los antes llamados “mariguanos” hoy sólo son consumidores, clientes, usuarios. El humo en sus pulmones y el THC en las neuronas es el ejercicio del poder sobre uno mismo, el derecho a ver el mundo desde otro lugar.

Las elecciones de vidas lo son, también, de las propias muertes: comerse un kilo de sal, escalar una montaña, correr un coche de carreras son, a pesar de las leyes y prohibiciones, actos semejantes. Son elecciones conscientes, neuronales, de dopamina, endorfinas o adrenalina. Ninguna debería estar prohibida y, en esta marcha aletargada o eufórica, índica o sativa, se le reclama a la autoridad –opuesta a la justicia– que si no puede protegernos de los narcotraficantes, policías, militares, secuestradores, no intente tampoco salvarnos de nosotros mismos.

La “otra” vía contra el narcotráfico había ganado, en 30 años, su inteligibilidad como narrativa verosímil. Los usuarios ya no eran vagabundos con el cerebro trepanado sino profesionistas funcionales. Ya no era sólo un “problema de salud pública”, sino un estilo de vida. Como decía una de las pancartas en la última manifestación prolegalización (2009): “Mi libertad no es un delito”.

CONFIESO QUE HE INHALADO

Faltaba que la espiral subiera hasta la élite del país. En México la locura baja desde las altas esferas y la cordura sube, cuando lo logra, desde la sociedad civil. Los muy ricos eran ya los únicos que tenían los recursos para contratar un bufete de abogados influyentes, como el del exsecretario de Gobernación de un tercio del tóxico gobierno de Felipe Calderón, Fernando Gómez Mont.

Con Calderón estaban aterrados: pagaban “comisiones” a la extorsión de los empistolados, sufrían secuestros, amenazas, ya no había respeto por los apellidos compuestos. La alternativa a la vía armada contra el narco tenía una década de ser la demanda de la minoría consumidora y había que probarla, quizás no para darle el golpe, pero sí para fumarla.

Desde México Unido contra la Delincuencia, la élite privilegiada retoma los datos del CUPIHD (Colectivo por Una Política Integral Hacia las Drogas) para aterrizar la “otra” vía, la que no implicara el uso extensivo e impune de soldados y marinos.

En tres décadas, casi todo ha cambiado: los dealers ya son muchachos que se comunican por celulares o redes sociales (mensajes directos) con sus compradores; las hierbas desarrolladas en California rara vez contienen varas o semillas que limpiar y se conocen ya los porcentajes de THC en cada variedad; el “prensado paraguayo” –los ladrillos– y el hashish marroquí son rechazados a favor de mezclas genéticamente probadas, aunque más caras.

Lo único que no ha cambiado es la prohibición que estimula el narcotráfico: las penas por los delitos. Según datos del CUPIHD, dos de cada tres usuarios han sido extorsionados por la policía. Las penas estimulan la corrupción y el mercado negro: si te agarran con una dosis de drogas te pueden encerrar 10 meses, pero si tienes una planta en la maceta de tu azotea la sentencia es de 10 años.

Por eso los consumidores llaman por teléfono al número de su dealer (cada usuario en el DF conoce al menos seis distintos para evadir la persecución), se quedan de ver en lugares de mucho tránsito peatonal, lejos de las cámaras de circuito cerrado, aparentan ser amigos que se saludan y caminan en lo que se realiza el intercambio de dinero por mercancías, se despiden, y quizás no vuelvan a encontrarse.

Si las drogas fueran legales, los dealers serían “emprendedores” que tienen en la mente variedades, mezclas, unidades de medida (las “onzas” mexicanas no son de 28 gramos, sino de 25 “para redondear”), precios, pero que tienen que estar alertas de las distintas policías, los “cuatros” y los infiltrados.

En los gobiernos de Calderón y de Peña Nieto un promedio de 24 personas por día han sido remitidas por “delitos contra la salud”; 98% de ellas son un dealer y su comprador sorprendidos en pleno intercambio, nunca producto de una investigación a un llamado “cártel”.

Los consumidores son tratados como “narcomenudistas”, es decir, se toma la posesión –que incluso con la legislación vigente es legal– como tráfico. Con un gasto semanal promedio de 100 pesos, este mercado de mariguana, tan sólo en el DF, sería de 28 millones de dólares al año; nada comparado con las ganancias de los cárteles del mercado negro, las autoridades y hasta algunos comunicadores.

Llego hasta la tienda de huertos urbanos de Jorge Hernández Tinajero, uno de los iniciadores del movimiento a favor de la legalización de las drogas.

A Hernández Tinajero se le conoce por su labor ininterrumpida a favor de la legalización de las drogas, pero hoy, debajo de su gorra y detrás de sus lentes, se muestra cauto:

–La decisión de la Corte respecto del cultivo y el consumo es una victoria cultural. Promoviendo cuatro amparos más, lograremos alcanzar la jurisprudencia efectiva. Pero no es la legalización. Eso sólo se logrará si nos salimos de los tratados internacionales de control y prohibiciones.

–Entonces, ¿qué se logró? –le pregunto entre los transeúntes de la mañana siguiente a la decisión de la Suprema Corte de darle la razón legal a cuatro amparados que quieren cultivar mariguana para su consumo.

–Mucho. Hay que insistir en que la idea es el cultivo compartido; la constitución de asociaciones civiles, tipo clubes, con membresías para que ni los narcos ni la Philip Morris puedan enriquecerse de un negocio legal. Que sea una iniciativa de usuarios, sin intermediarios, sean mafiosos legales o no.

–No importa quién lo haya logrado al final. La victoria tiene muchos papás. La derrota siempre es huérfana –responde el activista con la mirada lánguida de las conquistas de tres décadas.

Mientras camino a pleno sol de otoño por la avenida pienso en el largo debate sobre nuestra forma de atención, percepción y distorsión. Veo un café y pido un express doble. De inmediato, mi vida en esta mañana se vislumbra como posible. 

(Fabrizio Mejia Madrid)


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