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Las madres

27 diciembre 2012

 
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Quiero decir públicamente que me encantó El Hobbit.
En serio.
Ojalá pudiera expresar cuánto.

Por eso es una lástima que me haya quedado dormida en el cine los primeros 20 ó 30 minutos (que son aburridísimos), porque no supe qué pasó en ese tiempo.

Es que no crean que fue una cabeceadita, caí profunda en “fase Delta” y cuando desperté necesitaba muchas respuestas: ¿Por qué hay tantos enanos? ¿A dónde van? ¿Por qué no la dirigió Guillermo del Toro?
Lo bueno es que mi hijo me contó el pedazo que me perdí con lujo de detalles (“llegan todo los enanos a la casa del Hobbit, mamá, y se comen todo”).

Dicho lo anterior, créanme, la cinta es preciosa.
Además, aunque confieso que no noté la diferencia, la película fue rodada en 48 fotogramas por segundo y eso es una gran cosa, porque las otras se han hecho en 24.

Claro, de haberlo sabido desde el principio, me habría esforzado en mantener el talante y no dormirme, porque me gusta mucho admirar los adelantos técnicos que hay en la vida.
Les digo que, al final, soy buena gente.

También debo decir que no todo es culpa de El Hobbit, no.
Es verdad que la primera parte es soporífera, pero últimamente me vence el sueño a la menor provocación.

En estas fiestas, por ejemplo, he dormido de más porque en la casa de mi madre lo que se hace en esta época navideña es comer, dormir y ver películas clásicas.
Lo de comer es tremendo y no hace falta explicarlo, cuando te das cuenta “ya diste de ti” y perdiste la forma y proporción.

Me pregunto si es así en casa de todas las madres.

Y cuando digo películas clásicas me refiero a las cintas viejas mexicanas de toda la vida, donde salen personas como Elsa Aguirre, Capulina, José Gálvez, Roberto Cañedo, Sergio Bustamante, Ignacio López Tarso y Silvia Pinal cuando eran muy jóvenes.

Vemos una tras otra, como maratón, y averiguamos si los protagonistas siguen vivos o ya están entre los muertos (ja ja).
Es una costumbre rara muy arraigada en nuestra familia.

El otro día vimos una de las películas favoritas de mi madre, que se llama La Edad de la Inocencia.
Pero no crean que la de Scorsese sino otra, donde salen Marga López, los títeres italianos “Piccoli de Podrecca” y una niña apodada “Pelusa”, que sufre un montón pero es súper positiva y cada vez que se despide suelta un animoso “piriripau”.
¿La han visto?
¿Alguna otra madre fan de esa película? Es aquella donde la hija de Marga se cae de la rueda de la fortuna y se hace cachitos.
No crean que mi santa madre es adicta al drama, claro que no.
Le importa poco el sufrimiento de los protagonistas; a ella lo que le gusta es el espectáculo de las marionetas: “Mira, esa película es buenísima, no sabes qué bien trabajan los títeres”, nos dice.

¡Vivan las madres!
Otra tarde, en programa doble nos tocó Vainilla, Bronce y Morir, una joya con López Tarso, quien sale de escultor bueno, pobre y guapo, y que se suicida porque su amada ha muerto.

Y, al terminar, otra de la Pinal, de la que nadie supo cómo se llamaba pero en la que doña Silvia aparece con poquísima ropa, bubis casi al aire y mata a balazos por diversión a todos los personajes.

Una maravilla.
¡Todos se mueren! Y nosotras, mi madre y su columnista, nos dormimos tan plácidamente después de verla.

“Ay, qué bonito era el cine de antes, ¿verdad?”.
Fantástico, madre.

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