ARCHIVO TEMÁTICO | CLIMA

Wixárika 2.0 La generación de indígenas abogados

Por Tatiana Maillard/Guadalajara, Jalisco/emeequis/El Mañana -18 febrero 2012

El guitarrista del emblemático grupo musical de la “movida madrileña” de los años 80 Radio Futura, Enrique Sierra, falleció en esta capital a los 55 años de edad, informó Televisión Española (TVE). El artista (Madrid, 1957) es coautor de unas de las principales canciones de esa banda: “Escuela de calor”, y de otras menos conocidas como “La flor negra”, “La estatua del jardín botánico” en la carrera de radio Futura entre 1979 y 1992. En sus primeros años, Sierra coincidió con otros representantes de esa nueva moda musical en España como Olvido Gara “Alaska”, Carlos Berlanga, Nacho Canut y otros. En los años 90 incursionó como solista y en 1997 creó el grupo Klub, junto con su pareja Pilar Román y el también ex Radio Futura, Luis Auserón. De su etapa como productor, Sierra ganó dos premios Grammy Latino, en 2002 por el sonido en los discos de Rosario Flores “Muchas Flores”, y el siguiente en 2004 “Mil colores”.

Su abuela la nombró Aukwe, que significa “Flor”.
Sus padres le dieron por nombre Sofía.
Y en este pálido mediodía de invierno, Sofía García Mijares parece un ave multicolor que flota en las cercanías de la Catedral de Guadalajara.
Su larga falda rosa se balancea a cada paso.
Lleva al hombro su ktsiri, un morral bordado con flores rosas y azules, donde guarda su laptop.
Decora sus muñecas con pulseras y en el lóbulo de sus orejas germinan dos flores de chaquira que ella misma ha hecho.
La primera impresión que causa Sofía es que la desconfianza ante los extraños no es lo suyo.
Al contrario, ríe sonoramente, en pequeñas cascadas, como si acabara de escuchar el mejor chiste de su vida.

El cabello cae como una negra cortina sobre unos hombros cubiertos por el vibrante azul turquesa de su blusa.
Toda ella es una explosión de colores.
Un arcoiris nacido en otras tierras, en el pueblo wixárika de San Andrés Cohamiata hace 21 años, y que ahora alumbra esta ciudad, porque aquí es donde ella se encuentra estudiando la licenciatura en derecho.
En tres años habrá concluido y regresará a su pueblo a defender con argumentos jurídicos, y no sólo con indignación moral, su tierra y sus costumbres.

“Los jóvenes estamos tomando en cuenta otras formas de defender la comunidad, desde lo legal”, argumenta Auwke.
Sentada en la mesa de un café en el centro de Guadalajara, come con abierto gozo un pastel de zarzamora.
Le matan los dulces y una que otra fritanga enchilada.

Lo suyo es, sin duda, la palabra.
Puede hablar con efusividad de papitas con chile y, un momento después, de la necesidad de defender los sitios sagrados: “No sólo se trata de Wirikuta.
Hay más lugares de los que no se habla”, comenta.
“En Chapala, la Isla de los Alacranes.
Ahí realizamos ceremonias, pero resulta que ahora está rodeada de restaurantes, la gente deja basura y, además, tiran nuestras ofrendas.
Lo mismo ocurre en San Blas, en La Isla del Virrey”.

Respetar la tierra y las costumbres de los pueblos originarios en este siglo XXI.
¿Es mucho pedir? Sofía cree que no, por eso ha decidido contribuir a que nadie pase por encima de los derechos de su comunidad y de su gente, para lo cual se enroló en el estudió del derecho.

No es la única que dio ese paso.
Otros 41 jóvenes han tomado la misma decisión y hace tres meses dejaron sus comunidades en Santa Catarina, San Andrés, San Sebastián y Tuxpan de Bolaños, en la sierra del norte de Jalisco, para estudiar en Guadalajara, alentados y becados por el Centro Educativo Nueva Cultura Social (Cencus).

Desde los primeros días de este 2012, todos ellos dedican sus días a incursionar en los laberintos del derecho, la computación, la oratoria y los derechos humanos en la escuela ubicada sobre la calle Federalismo.

Todos habitan la Casa Niuweme, un albergue donde estos jóvenes wixaritari vivirán los tres años que dure la licenciatura.

El caso de Sofía es inusual porque no sólo estudia derecho.
Está a punto de concluir la carrera de ciencias de la comunicación en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), la universidad jesuita donde también fue becada.
Ahora divide su tiempo entre el ITESO y el Proyecto Niuweme.

Este ritmo no le causará conflicto porque desde pequeña ha sido protagonista de un constante ir y venir entre su comunidad, en San Andrés, Puerto Vallarta y Guadalajara.

“A mi madre la casaron con su primer marido cuando tenía 12 años y ella no quería que a mí me pasara lo mismo”.
Por eso, y por el maltrato físico que recibía, la madre se separó de su segundo esposo, el padre de Sofía, y partió con sus tres hijos a Puerto Vallarta.

Fue ahí donde Sofía estudió la secundaria, a la par que realizaba artesanía en chaquira que posteriormente era llevada a otros estados para comercializarla.
Su madre entendía poco del mundo occidental.
Y sin embargo, es una mujer sabia que domina la historia de la comunidad.
De su boca, Sofía aprendió las historias del pueblo wixarica.
La importancia de las peregrinaciones y la preparación previa que uno debe cumplir, antes de ser parte de las celebraciones.

La vida en la ciudad no ha robado la esencia de Sofía, quien con maestría trabaja la chaquira y el bordado.
“Los sueños son importantes.
Cuando un sabio de la comunidad tiene un sueño, lo plasma en la chaquira”.
Entonces sus manos morenas toman el collar de chaquira que pende de su cuello: “Lo llevo siempre conmigo, yo lo hice.
En él plasmé los elementos más importantes para los wixaritari”.
En el collar se aprecian flores y venados, águilas, maíz y El Ojo de Dios.

Pertenece Sofía a ese reducidísimo grupo de mujeres wixaricas que han abandonado sus comunidades para estudiar.
“Somos más independientes; nuestros padres y abuelos van entendiendo que el otro modelo, donde la mujer se queda en casa, ya no funciona”.
Ella, como todas las chicas que a fines del año pasado dejaron su hogar para unirse al Proyecto Niuweme, ha establecido un compromiso con su asamblea comunal, que es la instancia que otorga el permiso para dejar la comunidad y salir a prepararse.
Pero el permiso no es gratuito.
Si los jóvenes salen, es para superarse.
Y todo el conocimiento que obtengan deberán usarlo en favor de la comunidad, a la que están obligados a regresar.
Para que no lo olviden, la comunidad realiza una ceremonia en la que los muchachos hacen un juramento.

“La comunidad y nuestros padres ponen de su parte cuando nos apoyan para venir a prepararnos aquí.
En nosotros queda no defraudarlos”.

–¿Y si alguno decide no regresar?
–Ni pensarlo, porque serás sancionado.

Sofía niega con la cabeza.
Los compromisos no se toman a la ligera.

***
Un pesado bloque de cielo grisáceo cae sobre la calle Ocampo, en el centro de Guadalajara.
La calle es angosta y el paso de los autos es lento, acompañado por el graznido de un claxon atormentado por uno que otro automovilista exasperado.
La calle exhibe extravagantes estampas, como el puesto de tacos y lonches pintado de rosa, que, con letras metálicas, anuncia: “Tacos Gay”.
Otros elementos poseen una discreción total, como la casa ubicada en el número 315.
Una alta y maciza construcción de fachada blanca y puerta metálica pintada de café que carece de anuncio aloja a la Casa Niuweme, donde 42 estudiantes wixaricas duermen, comen, conviven, lavan, cocinan y realizan tareas escolares.

Son las nueve de la noche de un martes de enero.
Los muchachos han retornado del Cencus, donde la última clase vespertina acabó a las seis de la tarde.
Llega la oscuridad y la casa cobra vida con el trajín de jóvenes cuyas edades van de los 18 a los 24 años.

A unos les toca preparar la comida, otros se encargan de mantener el orden y la limpieza en sus espacios.
Cualquier inconformidad, se discute en lo que podría ser una mini asamblea.
“En sus comunidades, las asambleas duran hasta seis días”, dice Cecilia Barrón, encargada de la Casa Niuweme, una mujer pequeña y redonda de pequeños ojos que ha dedicado su vida a atender a grupos vulnerables en la ciudad.

Esta es la primera vez que trabaja con jóvenes provenientes de los pueblos originarios.
“Aquí también realizan sus asambleas.
Y así como pueden durar unos minutos, pueden extenderse por horas.
A veces, simplemente me retiro.
Son asuntos que ellos solucionan por su cuenta”.

Es la hora de la cena y la mayoría está en el comedor, o en las enormes habitaciones donde se apilan literas de tres camas en medio de un caos ordenado de ropa, zapatos, ktsiris y sombreros.
En la recepción de la casa, otros muchachos se sientan frente a su laptop, para checar Facebook o realizar tareas.
Desde la puerta entreabierta de uno de los cuartos, emerge el sonido de un violín que canta un par de notas antes de parar abruptamente.
Estallan las risas.
Los chicos hablan en su lengua madre.
¿Cuál fue el chiste? Quién sabe.
Son misterios vedados para la gente de ciudad.

En esas andamos, cuando, con pasos firmes, un hombre recio se acerca.

–¿De dónde nos visitan? –la pregunta es amable, pero cautelosa.
Frente a él están dos desconocidos con cámaras y grabadoras que llegaron sin cita.
Cuando recibe las debidas explicaciones, el hombre, impecablemente trajeado, junta con delicadeza las palmas de las manos, las coloca a la altura de su pecho, apuntando al cielo, y dice:
–¿Así que les gustaría hablar con los muchachos? Bien, pero hay un par de cosas que debo recomendarles previamente.

Su nombre es Alfonso Barrón, creador del Proyecto Niuweme y tercer visitador de la Comisión de Derechos Humanos de Jalisco.
Tiene una nariz gruesa, como también lo es el tono de su voz.
Una voz como de arcilla, que moldea a su gusto.
A veces el tono es potente y otras adquiere la tersura de un susurro.
Todo depende de la intención que quiera impregnar a sus palabras.
Por ejemplo, cuando quiere enfatizar lo que no se debe hacer, baja el tono de voz al grado de la confidencia y mira directamente a los ojos, con los dedos de cada mano unidos apenas por las puntas.

–¡Por favor, por favor! –suplica-advierte–.
No les digan huicholes.
Es un término despectivo.

Alfonso se inclina hacia delante y remata con un tono bajo, pero lo suficientemente contundente como para no pasarlo por alto:
–Ellos son nuestros hermanos wixarixari.

***
Así habla un hermano wixarita:
“Me llamo Librado Benítez de la Cruz.
Mi nombre wixárika es Etsiekame, que significa ‘Sembrado’.
Yo quiero mucho ese nombre, porque me lo puso mi abuela paterna.
Hace unos días, tomé protesta en la asamblea para prometer que me iba a preparar, e iba a volver para ayudar a la comunidad.
Llegué apenas ayer.
Lloré.
Mi abuela también lloró.
A ella le faltan dedos.
Todos los dedos de la mano derecha.
Antes de eso, ella era muy trabajadora.
Sembraba.
Bordaba.
Preparaba comida típica.
Limpiaba.
Un día, ella estaba trabajando en el campo y había un señor malo que aún vive.
Él la quería a ella.
Ella no lo quería a él, porque ya tenía a su marido.
Yo no creo en brujerías, lo considero una debilidad de la conciencia.
Pero me cuentan que él le hizo daño y a ella se le empezaron a hinchar los dedos.
Ya no podía hacer nada, todo le dolía.
La carne se le empezó a caer, como si tuviera lepra.
Y le tuvieron que cortar los dedos.
Ver sus dedos, sin su mano, le dio tristeza.
Pensó que ya no podría hacer nada.
Pero no pasó eso.
Ella sigue trabajando.
Hace bordados, hace chaquira, ¡hace todo! No sé cómo agarra la aguja.
Yo, teniendo buenos dedos, no puedo hacer tal cosa.
Ella hace cosas impresionantes”.

Qué melodiosa suena la voz de Librado cuando relata historias.
Sus ojos, grandes y negros, destacan en el afilado rostro donde crece el bigote.
Es el segundo hijo de una familia de nueve hermanos del rancho El Huizache, en la comunidad de San Andrés.
“Mi papá se casó muy joven, le fue difícil mantenernos.
Mis hermanos y yo crecimos casi con puros chones, nunca tuvimos ropa buena.
Y casi todo sigue igual, pero no me quejo.
Los lujos no me importan”.

Su dedo índice toca su coronilla.
“Lo importante es lo intelectual, lo que yo tengo y puedo compartir”.

A los 14 años, con la ayuda de un padre franciscano, Librado fue becado en la Universidad de Monterrey.
Desde entonces sabe lo que es la vida en las grandes ciudades.
Esta es la segunda ocasión que abandona su pueblo para estudiar.

–¿Cómo trata la ciudad a los recién llegados?
–Es difícil vivir en este modelo.
En nuestra comunidad, la vida es más libre.
Sales a donde tú quieras.
Hay aire fresco.
Aquí ves edificios en vez de árboles y difícilmente hallarás una persona que te diga “Hola, buenos días”.
En vez de compartir algo, recibes discriminación.
O peor: que alguien se tape la nariz cuando pasas.

Por un momento, invirtamos los papeles.
Imaginemos a un joven de 20 años que es sustraído de la ciudad, del ruido y la luz eléctrica; del vaivén interminable de los coches, de la conexión a Internet, del uso de aparatos eléctricos y de la comida congelada de los supermercados.
Este joven debe quedarse tres años en la sierra.
¿Cómo? Si no sabe nada, ni cuidar ganado, ni conoce cuándo es buen tiempo para la siembra.
Tampoco domina cómo torcer el cuello a las gallinas para preparar un caldo.
No entiende la lengua que se habla.

Así se podría explicar lo que ocurrió con Librado.
En la sierra, si tienes hambre, la tierra te da de comer.
En la ciudad, hasta el agua tiene un precio.
¿Cómo acostumbrarse a eso?
“Nuestra cultura se ve constantemente amenazada, pero no voy a hablar mucho de eso”, dice, cortante, Librado.

No es ningún desdén.
La razón es sencilla: sólo las autoridades wixaricas pueden hablar en nombre de la comunidad.
Si los muchachos lo hacen, sería como si hablaran en nombre de todo el pueblo.
Y no están autorizados para hacerlo.
Pero Librado es buen narrador.
Su hablar pausado, sus frases cortas, le dan a sus historias un ritmo casi hipnótico.

“Mis papás siempre me han contado muchas cosas y resulta que antes, los hermanos wixaritari habíamos vivido en conjunto, compartido nuestra riqueza.
Pero llegó el No Indígena y empezó a dividir nuestro territorio: tal cantidad tuya, tal cantidad de otro.
De ahí surgen los conflictos.
Peleamos entre hermanos.
Dicen que las leyes provocan estas divisiones.
Pero aquí, conociendo la ley, vamos a defender nuestra unidad”.

* * *
De los 42 estudiantes becados por el Proyecto Niuweme, 10 son mujeres.
Una es Sofía, la flor de risa estrepitosa.
Otra es Leticia Robles González, de 18 años.
Sus abuelos la nombraron Hakaima, “Flecha sagrada”.
Y aunque es amiga de Sofía, sus personalidades son radicalmente opuestas.
Mientras Sofía es ruidosa, como un coro de cascabeles, Hakaima irradia seriedad y quietud.
Sofía domina el arte en chaquira, Leticia lo conoce, pero no es su pasión.
“Es demasiado trabajo”.

“Son muchas cosas las que pasa una mujer para salir adelante.
Para mí fue difícil dejar mi comunidad, en la Mesa del Tirado, porque tuve que separarme de mi hija”.

Y sin que uno haya pedido más explicaciones, Hakaima arquea la espalda y aclara: “Soy madre soltera y me siento orgullosa de serlo”.

No importa si son escandalosas o calladas, todas las mujeres comparten el orgullo no sólo por sus raíces, sino por lo que están logrando como género.
“Soy la primera mujer de mi familia que estudia una carrera”, es una frase que se escucha en todos los labios.
En los de Sofía, cuya madre no tuvo esa oportunidad.
En los de Hakaima, de cuyas cinco hermanas es la única que estudia.
Y en los de Juanita, una mujer de 18 años que, con mejillas ruborizadas y redondas, todavía parece una niña.
Al tacto, su mano es suave, así como su apretón.
Pocas veces hace contacto visual, como si padeciera un exceso de timidez.
Y cuando habla, lo hace con la mirada perdida al frente, en trance.

“Nadie de nuestra familia estudia, por eso decidí hacerlo yo.
Mis tres hermanas estudiaron hasta la primaria, pero luego se juntaron.
Mi padre no me iba a ayudar, porque no me quiere.
Mi madre no quería que yo estudiara, porque se iba a quedar sola.
Mi padre tiene otros hijos, con otra mujer, y a ellos sí los apoyó, pero ninguno lo aprovechó: todos se juntaron”.

A ella, en cambio, su padre la corrió de la casa junto con su madre.
“Me dolió, porque yo lo quería mucho.
Me daba tristeza, lloraba y de tanto pensar estaba enferma.
Por eso mi madre me mandó curar.
Hace unos meses, en la asamblea de Tuxpan, de donde soy, hablaron de traer jóvenes a la ciudad a superarse.
Mi cuñado decidió venir.
Y yo me vine con él, sin permiso de mi madre.
En noviembre, el día que partió mi cuñado, fue a mi casa.
Yo estaba dormida.
‘Vámonos mija, vámonos a estudiar’, me dijo.
¿Pero cómo iba a dejar a mi mamá, si ella no quería? Él me dijo: ‘¿Qué es más importante? ¿Tu mamá o el estudio?’.
Entonces le dije “me voy contigo”, y tomé el dinero que tenía por dar clases a los niños de la comunidad.

–¿Cómo te recibió la ciudad?
Juanita no deja que salga su risa, se la traga.
Se contiene.
“Bien, me trató bien”.
Ni ella misma lo ha creído y entonces sí, se permite reír.

–La verdad es que no sabía qué hacer, me daba miedo.
Nunca había estado aquí, pero cuando llegó el camión, me volteé con mi cuñado y le dije: “¡Esto es Guadalajara!”.
Nunca pensé que iba a ver tantos carros.
Pensé que no iba a salir adelante.

–¿Por qué?
Juanita, por primera vez, mira a los ojos.

–Porque siempre, la primera vez, una persona tiene un pensamiento negativo.
Pero estoy confiada, porque seré la primera mujer en mi familia que estudiará una carrera.
En mi comunidad hay problemas de terrenos, se los quitan unos a otros y cuando yo regrese, será para solucionar esas cosas.


***
Se enciende Alfonso Hernández, director del Proyecto Niuweme: “¡Vamos a quitarles lo indio!”, exclama con los puños cerrados.
Su voz va en crescendo.
“¡Quitémosle su sentido de identidad!, ¡hagámoslos como nosotros!”.
Hace una pausa dramática y tuerce su boca en una sonrisa irónica.
“Eso es lo que muchos suponen que se debe hacer cuando se trata de ayudar a nuestros hermanos de pueblos originarios”.

Él mismo forma parte de los pueblos originarios.
“Mi lengua materna es otomí, pero no la conservo.
Recuerdo una que otra palabra que me enseñó mi abuela, y nada más”.
Ahora, que no sólo gestiona el Proyecto Niuweme, sino que imparte clases, Alfonso está aprendiendo wixarica.

Sus padres, Cecilia Barrón y Javier Hernández, se han dedicado a la defensa de los derechos humanos.
Hace 15 años fundaron Cencus, donde originalmente trabajaban con los grupos vulnerables de Guadalajara.
El año pasado, consiguieron el registro de validez oficial de la Secretaría de Educación de Jalisco, y ahora es el único centro de enseñanza que imparte la licenciatura en derecho, con especialidad en derechos humanos.
Alfonso conoce bien la sierra y ha tejido lazos fuertes con las comunidades wixaritari.
“En uno de mis viajes a la sierra que hice el año pasado, me encontré con el mismo escenario que vi la primera vez.
Cuando bajas de la sierra caminando, ahí están las reces muertas.
No llovió.
La percepción es que por más que te esfuerzas, no incides.
Es como si estuvieras corriendo sobre una banda sin fin”.

Aquel fue un viaje muy accidentado.
“Te enfrentas con retenes de grupos fuera de la ley y los caminos son cada vez más peligrosos”.

Por eso, al finalizar la asamblea comunal de Tuxpan en septiembre, Alfonso informó a la comunidad que el Cencus estaba por iniciar el Proyecto Niuweme y que ofrecería 20 becas para los jóvenes que quisieran estudiar derecho.
La misma invitación se hizo en las comunidades de San Andrés, Santa Catarina y San Sebastián.

La demanda creció y tuvieron que elevar su oferta.
Ahora hay 42 jóvenes en Guadalajara que no piensan abandonar su lengua, sus costumbres y vestimentas, para mimetizarse con el entorno.
Al contrario, lo manifiestan con un orgullo desbordado.


***
“En esta ciudad hay mucha ignorancia en cuanto a nuestra cultura.
Creen que los wixaritari somos bailarines, o músicos, o artesanos de chaquira”.

El que habla es Nicolás Chema Guzmán, camisa de manga corta y pantalones de mezclilla.
Cruza los brazos sobre el pecho, como si erigiera una barrera entre él y los desconocidos.
En su rostro de 22 años emerge una ligera arruga cuando tensa el rostro.
“A veces veo los videos que suben a YouTube sobre lo que son los huicholes y me digo: ‘¡Qué bárbaro! ¿Quién subió eso? No entienden nada’”.

Nicolás proviene de Tuxpan de Bolaños y todavía no se acostumbra a la desafinada melodía de la ciudad.
“Es imposible dormir con tanto ruido”, se lamenta con la nariz fruncida y fastidio en la mirada: “Toda la noche se escuchan los autos.
A las cinco pasa el camión y por si fuera poco, ¡enfrente de esta casa hay un antro!”.

Echa la espalda hacia atrás y con la palma de la mano plancha su frente.
“Al principio me frustraba no descansar, pero ya me acostumbré”.

Como a todos los niños wixaritari, sus abuelos lo bautizaron con un nombre en lengua materna: Uxamitre, “El elegido de nuestras deidades”.
Nicolás no se toma a la ligera el significado de su nombre.
Quizá sí haya sido el elegido para ayudar a su comunidad.
La vocación de servicio se le da desde pequeño.
“Cuando tenía seis años me enfermé y mi padre me llevó con un sacerdote franciscano que me aconsejó.
Ya entonces me gustó esa labor de ayudar a quienes sufren espiritualmente”.

Por eso pensó en ser sacerdote.
Ayudar a los necesitados, aconsejarlos, guiarlos.
“Pero la religión me estaba alejando de mi cultura.
Cuando me invitaron a formarme como seminarista, me prometieron que me darían permiso de regresar a las ceremonias de mi pueblo, y no fue así”.

Si se deja de prestar atención a la desafiante rigidez que recorre el cuerpo de Nicolás, si se pasa por alto la dureza con la que expone sus pensamientos, no queda más que su voz.
Una voz suave e introspectiva.
“De niño quería saber quién era Dios.
Lo fui descubriendo en las enseñanzas de los padres franciscanos, pero sin descuidar lo que me inculcaba mi familia.
Yo soy cristiano, pero amo mi cultura.
Para no volverme loco entre las enseñanzas cristianas y las de los wixaritari, necesito pensar que si bien son dos cosas distintas, ambas buscan el mismo fin, que es lograr el bien”.

El bien es una idea que le obsesiona.
A los 21 años se dio cuenta de que si el sacerdocio le impedía vivir en comunión con sus tradiciones ancestrales, entonces no era para él.
Por eso, cuando sus padres regresaron de la reunión ordinaria de la asamblea comunal, la noche del 4 de septiembre de 2011, y le dijeron que Alfonso Hernández había convocado a los jóvenes de la comunidad para estudiar derecho en Guadalajara, no tuvo que pensarlo dos veces.
“Acepté prontito.
Era la oportunidad para lograr lo que quiero”.
Se despidió de sus tres hermanas y sus tres hermanos, de su padre y de su madre, y tomó el camión.

Llegará el tiempo de regresar.
Como casi todos los estudiantes de Niuweme, Nicolás enfatiza que los problemas más severos que enfrenta la comunidad son las invasiones de las tierras y la violencia intrafamiliar.
“Preparado, podré dar soluciones desde lo jurídico, pero sin perder la cosmovisión.
Tal vez podríamos valernos de abogados externos, pero ellos no comparten nuestras tradiciones.
Sólo van a hacer su trabajo para ganar su dinero.
Por eso es necesario fortalecernos desde dentro”.


* * *
–¿Por qué es despectivo usar la palabra huichol? –se le pregunta a Sofía.

–Es despectivo porque así nos llamaban los españoles.
Nosotros somos wixaritari.

No muy lejos de Guadalajara, a un costado de la Catedral de Zapopan, se adaptó un espacio para erigir una modesta exhibición permanente de artesanía wixarica.
En el dintel, un letrero anuncia: “Museo Huichol”.
Dos chicas se encargan de atender a los visitantes, que, para ser honestos, son sólo dos.

Se le comenta a Sofía que cuando se les preguntó si los wixaricas estaban de acuerdo con la palabra huichol, ellas aseguraron que sí.
Que ya estaban acostumbrados.

“¡De ninguna manera!”, responde sin manifestar ofensa.
Su seriedad pesa.
Hay cosas que no se pueden aceptar.
La imposición de un término incorrecto para nombrar a todo un pueblo es una de ellas.

Pero una vez hecha la aclaración, Sofía regresa a su estado natural: el de mujer de risa franca que, en medio de una mañana pálida, en el corazón de una ciudad de prisas y coches, se mueve con paso ligero en el centro de Guadalajara, de dónde un día partirá hacia su comunidad, porque así lo prometió.

Y una promesa no se toma a la ligera.

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