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Tras las huellas de la emboscada

Por Patricia Dávila y J. Jesús Esquivel/Huitzilac, Mor./El Mañana -04 septiembre 2012

Con la venia de Felipe Calderón, la Agencia Central de Inteligencia amplió su red de agentes en México: The Washington Post escribió: “En años recientes la CIA ha extendido significativamente su presencia en México como parte de un esfuerzo más amplio de Estados Unidos por apoyar a este país en el desmantelamiento de los cárteles del narcotráfico”.

Los disparos apagaron la quietud del caserío de Fierro del Toro a las 8 de la mañana del 24 de agosto.
Antes que los tiros había llegado el ruido de los motores de vehículos que avanzaban a gran velocidad: Una camioneta Toyota negra –en la que viajaban dos agentes de Estados Unidos y un miembro de la Marina de México– era perseguida por una Voyager verde y una X-Trail amarilla.

Con ayuda de los vecinos de este pueblo del Municipio de Huitzilac, cercano a Tres Marías, Proceso recrea la persecución de ese día.

El tiroteo comenzó en un extremo del pueblo, en la intersección de dos brechas de terracería: La que conduce al cerro El Pedregal y la que va a El Capulín, en el Municipio mexiquense de Xalatlaco.

La Toyota, con placas diplomáticas, venía del campo de entrenamiento de la Secretaría de Marina (Semar) en El Capulín.
En la confluencia de las dos brechas fue interceptada por la Voyager –que iba en dirección a El Capulín– cuyos tripulantes empezaron a disparar en ese lugar y a perseguir al vehículo diplomático.
Después la X-Trail llegó y se sumó a la persecución y al tiroteo.

La balacera comenzó a 200 metros de donde empiezan las casas de Fierro del Toro.
Desde sus milpas, casas o negocios los lugareños observaron el ataque; cuentan que al cruzar el pueblo, la Toyota ya tenía reventados los dos neumáticos del lado derecho.

Tras pasar el pueblo la Toyota se metió a un terreno de milpas y agostadero donde pudo perderse durante unos minutos.
Los perseguidores se dispersaron para buscarla; el vehículo diplomático retomó el camino pavimentado a unos 600 metros de donde empezó el ataque y ahí lo detectaron los tripulantes de la X-Trail, quienes reiniciaron los disparos y la persecución.
La Toyota les llevaba una ligera delantera.

El vehículo diplomático pudo alejarse un poco más de los agresores; había recorrido ya alrededor de 1.
4 kilómetros desde el punto de inicio del ataque.
Pero del lado izquierdo del camino estaba oculto un Chevy azul cuyo único tripulante empezó a disparar con una metralleta.
Pese a todo la Toyota siguió adelante.
El Chevy se sumó a la persecución.

Los dos estadunidenses y el marino avanzaron otros 800 metros hasta llegar a la carretera libre México-Cuernavaca y decidieron refugiarse en una gasolinería; se estacionaron frente al minisúper que está al fondo de la misma.

Hasta ahí llegaron también la X-Trail y la Voyager, que se detuvieron frente a la estación de gasolina.
Las empleadas del minisúper se dieron cuenta de que se trataba de una persecución y se tiraron al piso.
Afuera, los despachadores de combustible buscaron refugio, algunos corrieron a la parte de atrás del establecimiento, donde están las oficinas.

El Chevy, en cambio, se colocó en el punto en el que las salidas de la gasolinería llevan a la carretera México-Cuernavaca.
Un hombre vestido de civil se bajó del Chevy con un arma larga, se colocó en posición de disparar y esperó.
Los testigos calculan que la Toyota estuvo inmóvil unos cinco minutos.

Fuentes de la Procuraduría General de la República (PGR) indican que en esos momentos un superior del marino, con el que éste se comunicó por radio, le ordenó avanzar hacia Cuernavaca.
La Toyota reanudó la marcha tan súbitamente que sorprendió a los tripulantes de la Voyager y de la X-Trail, pero no al del Chevy que disparó varias ráfagas al lado derecho y a la parte trasera del vehículo.
Volvió luego al auto y continuó la persecución seguido de las dos camionetas, aunque en este tramo no dispararon.

Testigos pudieron ver que a bordo de la Voyager iban seis hombres armados y vestidos de civil; la X-Trail tenía vidrios polarizados que ocultaban el interior.

Unos 10 minutos más tarde los testigos vieron pasar tres pick ups de la Policía Federal (PF) en la misma dirección de la persecución.
Luego pasaron siete patrullas de la misma corporación.

Hasta aquí se recogen los testimonios de 13 habitantes de Fierro del Toro y de seis empleados de la gasolinería, quienes la mañana del mismo día fueron llevados a declarar ante el Ministerio Público Federal adscrito a la PGR en Morelos.
Mientras esperaban su turno de rendir testimonio vieron cómo eran resguardados cuatro vehículos de la PF y el Chevy azul.

DE TESTIGOS A INDICIADOS
El mismo 24 de agosto 12 policías federales se presentaron a declarar como testigos a la delegación de la PGR en Morelos.
Ahí su estado cambió al de indiciados.
Son Héctor Francisco Martínez Leyva, José Uriel Garrido Franco, Gerardo Ramírez Garduño, Rafael Rivera Córdova, Tomás Romanillo Armenta, Ranulfo Ruelas López, Carlos Sánchez Durán, Raúl Sánchez Fonseca, Francisco Humberto Segovia Domínguez, Ángel Mauricio Sotelo Martínez, Emir Suárez García y Jorge Alberto Vargas Camacho.

El 27 de agosto la procuradora general, Marisela Morales anunció el arraigo por 30 días otorgado por un juez por los delitos de homicidio en grado de tentativa, daño en propiedad ajena, lesiones, abuso de autoridad y uso indebido de la función pública.

Los familiares de los agentes bloquearon los accesos de la dependencia para evitar su traslado al Centro Nacional de Arraigos en el Distrito Federal.
Se quejaron de la falta de apoyo de los mandos de la SSP y del mismo Felipe Calderón:
“Es mentira que el día del incidente portaban ropa de civil: Lo vi el domingo (26 de agosto) a las tres de la mañana y estaba con su uniforme y sus botas.
Él está muy defraudado porque Genaro García Luna y Luis Cárdenas Palomino les dieron la espalda”, declararon Alba y Georgina, esposa y hermana de uno de los detenidos.

“¿Qué hubiera pasado si los muertos hubieran sido ellos?”, pregunta Georgina.

El 24 de agosto peritos de la PGR cerraron el acceso a Fierro del Toro e iniciaron la búsqueda de evidencias.
Cinco días después, el 29 de agosto, un equipo de 20 peritos estadunidenses los obligaron a acompañarlos en un segundo rastreo de zona.
Tomaron videos y fotografías.
Con gis marcaron los lugares donde encontraban evidencias.

Los peritos extranjeros iniciaron el rastreo alrededor de las 10 de la mañana, desde la entrada al camino a El Capulín hasta la carretera; estuvieron en la zona unas seis horas durante las cuales la Semar cerró el acceso principal a Fierro del Toro.
Hacia las 15:00 horas los marinos también bloquearon la carretera libre México-Cuernavaca.

Una vez en la delegación de la PGR en Morelos, los peritos estadunidenses fotografiaron las patrullas federales y el Chevy azul.

AGENTES DE LA CIA
Los dos estadunidenses que viajaban en la Toyota, Jess Hoods Garner y Stan Dove Boss, pertenecen a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de su país, según se reveló en Washington.
Ambos tenían aproximadamente dos años en México.
Son especialistas en operaciones encubiertas de contrainteligencia e integran al equipo que colabora con la Marina y el Ejército en investigaciones relacionadas con el narcotráfico.

El día del ataque, según una fuente del gobierno estadunidense, iban a dar un curso de contrainteligencia a miembros de la Marina; el capitán que los acompañaba era el oficial de enlace.

Desde su llegada a México los dos agentes se dedicaron al entrenamiento de marinos y ya habían ayudado a la Semar a diseñar algunas operaciones encubiertas; una de ellas fue la que localizó y mató a Ignacio Coronel en Zapopan en julio de 2010.

Siempre de acuerdo con la fuente de Washington, ligada al área de inteligencia del gobierno, una de las líneas de investigación que se sigue en Estados Unidos (que por el momento no se hará pública pues no quieren admitir las acciones de la CIA en México) es que los atacantes de la Toyota habían “identificado” dentro de ese vehículo a El Capitan, presunto miembro del cártel de los hermanos Beltrán Leyva.

Estados Unidos descarta la posibilidad de que los atacantes supieran que los dos extranjeros fueran agentes de la CIA.
Cuando se vieron bajo fuego, éstos intentaron desenfundar sus armas para defenderse, dice la fuente, pero el marino se los impidió.
Washington cree que ese hecho les salvó la vida.

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