Calderón, tal cual es…
Por Julio Scherer García / Proceso -15 febrero 2012
En su nuevo libro, Julio Scherer García utiliza las herramientas esenciales del periodismo – testimonios, entrevistas, documentos- para explorar el comportamiento público y la personalidad de Felipe Calderón. Con base fundamental en una serie de esclarecedoras conversaciones con el exdirigente panista Manuel Espino, la investigación del fundador de Proceso aporta elementos clave para entender rasgos sobresalientes –entre otros, su gen autoritario, su afición a la bebida, su proclividad a la ingratitud y la traición- del hombre que carga sobre sus espaldas una guerra de seis años y 50,000 muertos. Adelantamos fragmentos representativos del libro que en días próximos pondrá en circulación el sello Grijalbo de Random House Mondadori.
–Tercera y última parte–
—Al paso de los años, ¿lamenta usted la época vivida?
—Lamento algunos sucesos que se desencadenaron.
Pienso sobre todo en aquellos que tuvieron que ver con la candidatura de Carlos para el gobierno del Distrito Federal.
Carlos resultó electo por la convención nacional que votó abrumadoramente en su favor y 15 días después Calderón declaró: “Creo que nos hemos equivocado de candidato”.
Me limito a escuchar, detengo los ojos alternativamente en el rostro de Correa Mena y la grabadora, incesante:
“Ahí, en esa declaración, empezó el pesar de Carlos y el nuestro.
A mí me sigue pareciendo insólito, por decir lo menos, que un presidente nacional emita semejante frase.
Se trató de un error de kínder, elemental.
”
—Corre la versión de que al equipo de campaña de Carlos Castillo Peraza, el Comité Ejecutivo Nacional del PAN lo dejó sin dinero.
—No se trata de que le hubieran quitado el dinero, sino el control de los recursos más importantes, los que se invierten en medios de comunicación, en propaganda, en la elaboración y difusión de los spots.
Personalmente le reclamé a Calderón ese manejo, que me parecía equivocado.
Le expresé que a nadie emocionaban los mensajes y señalé un contraste: mientras la izquierda orientaba su campaña en torno a la candidatura de gobierno del Distrito Federal, el candidato panista debía someterse a los criterios del PAN nacional.
—¿Hasta qué grado les afectó la declaración de Felipe Calderón?
—Si yo no la olvido, si todavía me duele, no me atrevo a imaginar lo que Castillo Peraza sentiría.
Más aún, esos temas ni siquiera los tocábamos con él, conscientes todos de la hondura de su herida.
Si así marchaban los asuntos en el orden interno y si al exterior tu presidente te cuestiona y dice que no eres el candidato adecuado, de entrada te está dando un empujón, pero hacia un hoyo, no para adelante.
****
Hasta el fin de su vida, Carlos Castillo Peraza confió en Francisco Barrio Terrazas.
Sin conocer su eclipse en la embajada mexicana en Canadá, decía Castillo que le guardaba respeto.
Alguna vez le escuché: “Si Barrio asciende a la presidencia del PAN y toca el tam-tam, regreso al partido”.
Le pregunté a Espino si, en circunstancias parecidas u otras, estaría dispuesto a regresar a las huestes de su vida.
—No lo sé.
Castillo Peraza decía que él tenía vocación de político y no vocación de arqueólogo.
Yo pienso igual y sé bien que a mí no me gusta reconstruir ruinas.
Si se presentara la oportunidad de regresar, que podría ocurrir dentro de dos años, a lo mejor ya sería demasiado tarde.
Yo hice mi esfuerzo durante 33 años, y construí cuando me tocó construir.
“Ya en esta etapa de mi vida no quiero cambiar de profesión ni de oficio.
Seguiré siendo administrador y político.
Si en dos años existe la posibilidad de regresar al partido y participar en su reconstrucción, estaría dispuesto con el mejor ánimo.
Pero lo que no haré será perder tiempo en quejas y lamentaciones.
”
—¿Alguna vez usted fue llamado por el presidente Calderón para hablar acerca de la guerra contra el narco?
—Sí.
—¿Antes de declararla?
—Después.
Felipe Calderón no es de los que consultan antes de tomar decisiones.
No es así.
Es de los que piden opinión respecto a sus decisiones una vez que han sido implementadas.
“Calderón le declara la guerra al crimen organizado la primera quincena de diciembre de 2006.
Así lo dijo, aunque años después, ya padecidos sus estragos, quiso retractarse afirmando que no era una guerra, aunque él la hubiera denominado de esa manera.
En enero de 2007, siendo presidente de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), hice una gira por Europa.
Estuve en Madrid durante varios días.
Ahí, en el periódico La Razón, me preguntaron mi opinión respecto a la declaración de guerra de Felipe Calderón contra los criminales.
Dije lo mismo que había dicho antes en México y en otros países.
Aseguré que me sentía orgulloso de tener un presidente valeroso, resuelto, que había tomado la decisión de combatir con toda la fuerza del Estado a los criminales, y ejemplifiqué con una comparación: ‘No es el presidente de México como el de España, que aquí está negociando con los dirigentes de la ETA para dejar en libertad a algunos terroristas.
Allá en México no se negocia con criminales, se les combate’.
No dije más.
A los 11 días llegó el presidente Calderón a Madrid y un reportero del periódico Reforma le dijo, malicioso: ‘Presidente, ¿ya se enteró usted de que Espino estuvo aquí y le dejó la víbora chillando, criticó la política de seguridad de Zapatero?’
Cuando Calderón pronunció su discurso hizo una alusión a mi persona sin pronunciar mi nombre: ‘Yo no vengo aquí, como otros, a cuestionar la política de seguridad del presidente de este país, yo la respaldo, la avalo’.
Busqué a César Nava, entonces secretario particular del presidente, le dije lo que yo había declarado en Madrid y que no era correcto que hubiera dejado correr una versión equivocada.
El día que volvió Calderón a México lo vi en Los Pinos.
De inmediato le hice la aclaración pertinente y me dijo que todo quedaba claro.
Aproveché la oportunidad del encuentro y le comenté que había un suceso que me preocupaba.
Hice hincapié en la acción que había seguido a la lucha contra el narcotráfico.
Así lo recuerdo:
—Está bien que decidas la estrategia que quieras seguir —le dije a Calderón—.
Eres el presidente de México.
Es tu derecho.
Pero deja que la implemente el secretario de la Defensa o el de Marina, el procurador General de la República o el secretario de Gobernación.
Abre paso a tu gabinete de seguridad para que tome el asunto en sus manos y le declare la guerra a los narcos.
‘Me preocupa que seas tú y que te vistas de militar, más todavía si envías una señal para subrayar que personalmente te harás cargo de la estrategia en la lucha contra el crimen organizado.
Creo que como jefe de Estado tienes el deber de tratar por igual otros temas, como la educación, el rezago social, el crecimiento económico, la salud, y enfáticamente el de la seguridad.
Por razones políticas, diplomáticas, sociales o coyunturales, convendría que evitaras problemas que podrían sobrevenir en el futuro.
Un día podría ser necesario que bajaras la intensidad de la guerra y si así lo decides podrías mostrarte débil frente a la opinión pública.
En cambio, no te verás débil si le ordenas al general secretario de la Defensa o a la persona que hubieras designado para acometer la batida contra el narco que disminuyera su intensidad.
Deseaba verlo como jefe del Estado en plenitud.
—¿Cuál fue la respuesta del presidente a su planteamiento?
—No me dijo nada.
No se me ocurrió alguna pregunta pertinente, pero no hacía falta.
Espino prosiguió:
El presidente parece tener algún problema de audición.
En las ocasiones en que alguna persona le planteaba la revisión o la rectificación de su estrategia, solía responder: ‘Me están pidiendo dejar de combatir a los criminales, me proponen que cese en su persecución’.
Hasta el día de hoy no he escuchado a un solo mexicano que le pida dejar de combatir al crimen.
Lo que sí he escuchado es la sugerencia de que revise la estrategia, pues ésta ha sido fallida.
—¿De qué manera se enteró usted del inicio de la batalla contra el narcotráfico?
—Leí la noticia en los periódicos y la vi por televisión.
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Estaba empeñado en conocer al Felipe Calderón de los años que antecedieron a la posición eminente que ocupa ahora.
Recurrí a Alfonso Durazo, testigo en primera línea del asesinato de Luis Donaldo Colosio, como su secretario que fue, y autor de la carta pública que describió a Marta Sahagún como un ser deleznable (5 de julio de 2004), lastimoso el desenfreno de su ambición personal.
La vida cotidiana había sido el punto de partida de nuestra amistad.
Con el tiempo llegamos a la confianza mutua.
Me dijo que el día de la protesta de Colosio como candidato a la Presidencia, éste no permitió que Carlos Salinas de Gortari conociera con antelación su mensaje a la nación.
Para lograrlo, ordenó a Durazo que enviara el texto histórico simultáneamente al Monumento a la Revolución —la tribuna de Colosio— y a Los Pinos.
Para Salinas el momento debió de haber sido terrible.
Colosio, su hijo, así lo llamaba Octavio Paz, sibilinamente hacía pública su desconfianza al padre.
No era para menos.
Colosio habló contra el presidencialismo instaurado en el país.
Fue categórico:
Sabemos que el origen de nuestros males se encuentra en una excesiva concentración del poder que da lugar a decisiones equivocadas, al monopolio de iniciativas, a los abusos, a los excesos… Reformarel poder significa un presidencialismo sujeto estrictamente a los límites constitucionales de origen republicano y democrático.
Enseguida le propinó otro golpe a Salinas: “Yo veo un México con hambre y sed de justicia, un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían servirla”.
Secretario particular y vocero del presidente Fox de 2000 a 2004, le pregunté a Durazo:
—¿Cómo era el Calderón que conoció usted, don Alfonso?
Se detuvo un rato.
Luego dijo:
—Es coincidente la desmemoria de quienes lo tratamos desde Los Pinos.
Nadie recuerda un dato memorable de su paso por Banobras, la Secretaría de Energía y los distintos gabinetes en que participó.
Ni siquiera se recuerda su voz, algo digno de retener en la memoria, no obstante los álgidos temas del momento, como el desafuero de López Obrador.
Se le recuerda más bien inactivo y silencioso.
Llegaba, tomaba su lugar, distante siempre del presidente Fox, instalaba su computadora y empezaba a escribir, haciendo abstracción de la agenda que se desahogaba.
Recuerdo con claridad un solo desencuentro.
A mediados de diciembre de 2003 recibí una llamada urgente de Felipe Calderón, en ese entonces coordinador de la fracción parlamentaria del PAN en la Cámara de Diputados.
Deseaba saber si el presidente Fox asistiría a la cena de fin de año de los diputados panistas que se realizaría esa misma noche.
Le respondí que era la primera noticia que tenía sobre dicho evento y que en consecuencia no estaba en agenda.
—Lo que pasa es que no le toma la llamada a mis colaboradores —me reprochó Calderón con ánimo violento.
—Mira —le dije—, aun cuando ése fuera el caso, que estoy seguro de que no lo es, no te permito el tono grosero.
Un día cualquiera, después de una reunión informal que había tenido Fox con Calderón, me dijo el presidente:
—Es un tipo muy pesado.
Pero no sólo eso.
No es casual —agrega Durazo— que los propios diputados que coordinó Felipe Calderón en la Cámara Baja le hayan apodado el Erizo.
”
Apenas hay espacio para los silencios en el encuentro con Durazo.
Suelto, dice:
—La biografía política de Felipe Calderón lo ubica como un hombre desconfiado y arrogante que subordina su inteligencia a lo visceral y a lo inmediato.
Contrario a la opinión pública de que es un hombre de “mecha corta”, siempre he tenido la impresión de que no tiene mecha.
Es un sujeto de temperamento primario, se conduce por impulsos, no por razonamientos.
—¿Incapacitado para el poder, don Alfonso?
—Ésa es, ahora, la más evidente de sus numerosas limitaciones.
Así, el futuro del país quedaría atado a la capacidad de sus colaboradores.
Pero los complejos de Calderón le impidieron rodearse del talento de otros.
Su equipo cercano, íntimo, formado en la intriga, el cotilleo y el sensacionalismo político, ha vivido siempre inmerso en la política pequeña, en la política de pasillos y oídos… la ausencia absoluta de grandeza.
Ya en la despedida, Alfonso Durazo se duele de sus propias palabras:
—Algo estamos haciendo mal en nuestro país cuando un político intolerante, inexperto y explosivo se puede colar hasta la Presidencia de la República.





