ARCHIVO TEMÁTICO | CLIMA

Alberto Chimal cuentista

Por: Por Tatiana Maillard /Emequis/Fotografía: Eduardo Loza/El Mañana - 29 enero 2012

 
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“Lo que a mí me interesa, es el desconcierto”. Lo dice el escritor cuya imagen es desconcertante.

Las ojeras pronunciadas, como dos moretones dibujados por la acción de un puñetazo, y esos rasgos afilados que sobresalen de su vestimenta rigurosamente negra, dotan a Alberto Chimal del aura de un Nosferatu moderno.
Un vampiro amable que escribe.
Y que se ha consolidado como referencia del género fantástico en México.


Siempre fue la pieza que no encajaba.
De niño, por ser el que prefería leer libros raros que jugar futbol.
Cuando estudiaba la carrera, por leer libros raros en un ambiente de técnicos computacionales.
Y como fracasó dibujando cómics, se refugió en la solitaria escritura.


Pero apartarse de lo convencional tuvo sus ventajas: Chimal ha sido premiado por sus cuentos, los cuales forman parte de varias antologías; ya sacó su primera novela, Los esclavos; y este año se publicará en el país Ibérico Siete, una selección de sus mejores textos.


A costa de esto, el mundo perdió un técnico computacional… y no lo lamenta.
Seguro.


Este año lo ha iniciado con el pie derecho.
Publican Siete, que reúne material de varios libros míos y también de textos inéditos.
Será mi primera publicación fuera de mi país.
Y en México publico El viajero en el tiempo.
Sobra decir que estoy contento.

Regresa al cuento después de haber incursionado en la novela con Los esclavos, escrita para no estancarse en lo que le resultaba cómodo.

Cuando empecé esa novela estaba haciendo otra, que es un proyecto más extenso y complicado y me tomó años.
Apenas la terminé el año pasado.
Estaba yo tan estancado con aquella novela, que decidí hacer un alto y dedicarme a otra cosa para sentir que podía empezar y terminar un proyecto.

Uno de los temas de Los esclavos, es la presencia del poder en las relaciones amorosas humanas.
¿En qué momento el amor muta en opresión?
Es un límite que se traspasa muy rápido.
En la relación de pareja, como en la política, el acercamiento y la seducción tienen como finalidad atrapar a la otra persona.
Por ejemplo, con Enrique Peña Nieto se vende la imagen de un tipo joven y bello a cierto sector de la población, al cual se encanta con la belleza física, que no tiene nada qué ver con la capacidad política. A la hora de escribir Los esclavos me interesaba que, a pesar de que los seres humanos tenemos ciertas propensiones a usar la razón y buscar la paz, la concordia y la armonía, también poseemos impulsos asesinos y pulsiones autodestructivas. Y eso tal vez no venga de nuestra formación social, sino de la naturaleza de nuestro cerebro. Tenemos la corteza cerebral, que es el asiento de nuestra razón. Pero en el interior, en el centro del cerebro, habita nuestra parte más instintiva, asesina y territorial. Tenemos que lidiar con estas confrontaciones en nuestra propia mente. En periodos electorales, como el que viviremos este año, los políticos se aprovechan de estas contradicciones y fingen un discurso racional, cuando la política apela a lo más irracional de nosotros. Más que convencer, lo que buscan es seducir nuestra parte animal con la belleza, la apariencia del bienestar. ¿Cómo lidia usted con su parte irracional, instintiva? Con muchas dificultades. Todos lo hacemos. Durante el siglo XX, cierta parte del pensamiento de Occidente mantuvo la linda afirmación de que la especie humana podía mejorar, trascender sus dificultades, sus contradicciones y refinarse. En la segunda mitad del siglo XX esta esperanza colapsó y ahora nos encontramos con que el ser humano no sólo no es perfectible, sino que prácticamente es una criatura salvaje que, a lo único que puede aspirar, es a ser todavía más inclemente. Pero yo creo que si la civilización humana puede subsistir, lo hará sin rendirse totalmente a la rapacidad que ampara el comportamiento de las grandes corporaciones que destruyen el ambiente y la economía global. Si logramos sobrevivir, dependerá de la labor constante de resistencia. Luchar contra lo peor de nosotros mismos para mantenernos a flote. ¿Cómo se relaciona con el poder? No me relaciono mucho. Ni con el cultural ni con el literario, si es que todavía existe tal cosa. Encuentro terrible esta idea de que, para que el artista se valide, necesariamente debe tener una interlocución con el poder. Los intelectuales del siglo XX se definen como los grandes artistas que dedican su trabajo a influir en la élite. ¡Esa idea nos ha dañado!, porque los artistas resultan cada vez más alejados de la gente. Lo que se hace en la literatura no es para los lectores sino para los colegas, para acumular puntos y sacar becas. Y los ciudadanos de a pie se quedan con un vacío, pues nadie hace cosas para ellos. Yo trato de no hacerlo así. ¿La parte irracional puede emerger con mayor prestancia en el anonimato? Para hacer esta novela usted visitó chats eróticos, donde todo es anónimo. ¿Qué cosas salieron a flote? No sé si se pueda afirmar que en estos espacios la gente se muestra tal como es. Sospecho que no, porque tendríamos que conocer a esta gente en todas las circunstancias. El hecho de que Juan sea un amable padre de familia no suprime que, a la vez, sea el tipo que a ciertas horas del día obtiene su satisfacción sexual de situaciones que jamás pasaría delante de su esposa e hijos. Ambas son diferentes facetas de Juan. Lo que sí ves en un chat, es que se revelan asuntos ocultos y reprimidos del comportamiento humano; las fantasías, el complemento más poderoso de sus frustraciones e insatisfacciones cotidianas. La fantasía es la compensación de todo lo desagradable de la vida, condensada en historias que se cuentan o se imaginan. Descubrí que en las fantasías que se manifiestan en conversaciones o en juegos con cierta carga teatral, emergen cosas que no podrían salir de otra manera porque no pueden expresarse abiertamente. Ahí es donde las personas encuentran, con más honestidad, lo que son. Es algo sorprendente y desalentador, porque encuentras una gran variedad de posibilidades de la mente humana, pero también de posibilidades que jamás podrán salir a la luz y expresarse sin culpa ni neurosis. Entonces te preguntas si la sociedad y el pensamiento humano hubieran podido ser distintos y así permitir a las personas otra existencia. No puedo responder, sólo especular. Ha dicho que, de alguna manera, ser un inadaptado le dio la posibilidad de ver el mundo desde otra perspectiva. ¿A partir de qué momento ocurrió esto? Desde la primaria. A mí me influyó desde muy temprano el interés por la lectura y, sobre todo, por las historias. Cuando cursé la primaria y secundaria, mis amigos se quejaban de que siempre estaba con un libro en la mano, que es la clásica imagen del nerd, del que no está ocupado ni en el futbol o en deplorar a la autoridad… Y yo la deploraba, pero no del mismo modo que los demás. Con los años, esta separación del resto de la gente se ha hecho mayor. Mi experiencia más profunda fue descubrir que la lectura y la escritura sirven para entender el mundo de otra forma. No necesariamente ayuda a tener visiones, pero ¡existe la escritura visionaria! que es una cosa muy extraña. La lectura sirve para articular conscientemente el mundo y con eso, cambia tu percepción de lo más cotidiano e inmediato. No nos hace más exitosos ni más sexys, pero nos permite un grado mayor de reflexión del mundo y de nuestra propia identidad. Pero esta percepción se vuelve una dificultad, porque es intransferible de cualquier forma que no sea escribiendo, y cuando uno escribe, nada más entiende una pequeña parte de la realidad de la que está escribiendo. Es una experiencia muy particular de quien escribe: encontrar ese pequeño espacio donde puede entender el mundo con más lucidez. Y encontrar ese espacio es hallar lo que llaman “la voz” del escritor. Lo que hay que decir y el modo de decirlo. Aquellos autores que encuentran el punto desde el cual ven el mundo de otro modo, son los que pueden comunicarnos una visión más particular y distinta y memorable. No sucede a menudo. Por eso no tenemos más que unos pocos autores que se convierten en emblemas de muchas personas. ¿Y si Chimal no hubiera sido el nerd del libro? ¿Si hubiera sido el de los cómics? ¿O el de las películas? Antes de hacer cuentos o novelas, yo quería hacer cómic. Pero nunca aprendí a sostener el lápiz correctamente, entonces me dolía mucho la mano y me salían unos garabatos horrorosos. Desistí en la primaria. El cine me gusta; para mí, muchas de las grandes obras no son literarias, sino cinematográficas. También son las que me influyen más. Pero no tuve oportunidad por los recursos. Me habría gustado. ¿No desistió del cómic demasiado pronto? Intentaba hacer cómic, pero no conseguía lo que buscaba. Al mismo tiempo incursioné en la literatura, así que mi perseverancia se fue a la escritura, por lo que parte de mi infancia y adolescencia transcurrió dándome de frentazos con eso. Mi interés era contar historias como fuera y resulta que, para mí, la mejor manera de conseguirlo era escribiendo. De ingresar al cine, ni hablar. No había manera: yo vivía en Toluca, que de alguna manera es una ciudad mucho más remota del DF que Guadalajara o Monterrey. En ese tiempo Toluca era el páramo, el vacío total. Me habría ido mejor naciendo en Tijuana, que tenía otro tipo de contactos, que no eran el DF. Lo que digo es que me pegué unas friegas horribles tratando de escribir, ya no digamos haciendo todo lo demás. Mi aprendizaje fue totalmente sin guía. No conocí a nadie en mi familia a quien le interesara lo que yo hacía. De hecho, en casa todavía no saben bien qué hago. Saben que escribo, pero no han leído mucho de lo que he escrito. Yo conocí las historias porque en la infancia temprana es socialmente necesario comprar cuentos a los niños. Y éstos eran, básicamente, adaptaciones de las películas de Disney. Una vez que acaba esa etapa, se supone que el niño pasa a hacer otras cosas y los libros dejan de leerse… Yo tuve suerte porque, aunque en mi casa no había interés por la lectura, había un librero entero y el único que leyó todo lo que había en él fui yo. De hecho me metí en un problemón, porque alguna vez encontré una pequeña colección de Herman Hesse, barata, que mis padres iban a regalar a alguien. Yo llegué, la desenvolví y empecé a leer. Mi madre la había puesto en el librero con la idea de que nadie hurgaría ahí. Mentira. ¿Y aun así causó sorpresa en su familia la decisión de ser escritor? ¿Por qué deseaban que usted estudiara computación? Porque cosas como escribir no rinden, no dejan dinero. La verdad, no me fue tan mal como a otros amigos que se dedicaron al teatro o la danza y para los que el regaño de la familia venía con críticas muy agresivas relacionadas con su sexualidad… ¡Yo lo vi! En mi caso, había presión para que no me dedicara a escribir en serio. Haber cedido ante mi familia no me parece algo de lo que pueda estar orgulloso. Fue una circunstancia desafortunada. El mayor error que cometí en la vida fue ceder esa presión y estudiar una carrera técnica. Perdí tiempo. Fue remar contra corriente, tratar de hacer las cosas que me interesaban en una circunstancia desfavorable y también aumentar mi sensación de rareza (risa). No me iba mal en la carrera, pero seguía siendo el tipo raro, que leía cosas impropias y escuchaba música que no era la habitual. No tenía mucho tema de conversación con mis compañeros. ¿Ha vuelto a renunciar a algo para complacer? No. Fue la primera y la última vez. Pero algo aprendió de convivir con técnicos en computación. ¡Muchas cosas! Uno aprende de todas partes, y si no lo hace está en serios problemas. Las experiencias han salido de muchas formas en mis textos. En una novelita corta que se llama Shanté, la mentalidad de los personajes la retomé de mis compañeros. Porque años después de acabada la carrera, volví a encontrarme a una amiga de aquella etapa. Me enseñó su departamento y a pesar de que tenía dos años viviendo ahí, los muebles estaban envueltos en plástico, la estufa sin instalar y el refrigerador desconectado. La única parte habitada de la casa era su habitación. No vivía ahí, sólo usaba ese departamento para dormir y el resto del día era trabajar. Eso lo cuento tal cual en el texto. Esos fueron los primeros años del sacrificio de la educación integral para abrazar una más técnica que orientara a la gente a realizar una sola labor. Ya desde 1991 me tocaba ver la misma frivolidad de un poder autoritario, una visión del mundo cerrada e ignorante que se consideraba virtuosa. Me tocó verlo desde mucho antes de que se hablara de eso. Por otro lado, usted debe ser la única persona en México que tiene una esposa con un implante de imán en el dedo… Tuve mucha suerte. Raquel, mi esposa, siempre ha sido muy comprensiva. Ella misma está muy interesada desde pequeña en la lectura y también escribe. A mí me encantó que se pusiera un imán, porque me parece totalmente inútil, ¡qué maravilla! No tiene ninguna aplicación práctica, sólo sirve para levantar monedas sin tocarlas. Es un acto que se relaciona con lo que a mí me interesa: el asombro, el desconcierto, lo que no es convencional. En la medida en que todavía resulten chocantes ese tipo de cosas, son necesarias. ¿Y usted no se ha hecho modificaciones corporales? Tengo la idea de hacerme un tatuaje. Pero todavía no sé qué. Durante mucho tiempo pensé en un laberinto. En parte, porque me gusta la obra de Borges. Quería un laberinto similar a los chinos o medievales. Ya ves que en algunas catedrales hay trazados laberínticos… un poco como las que aparecen en la película El nombre de la rosa. Pero no me he decidido porque en años recientes esos laberintos tienen connotaciones esotéricas. Y no. No quiero traer El Código Da Vinci en la espalda.

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